"Los trabajos y los dias" por Hesiodo, escritor griego posterior a Homero, cuya fecha de nacimiento y muerte se ignoran pero se situan alrededor del siglo VIII antes de cristo. Obras conservadas: "Teogonia" "Los trabajos y los dias" "El escudo de Heracles" Quizas sea el primer manual de autoayuda de la historia :) "Los trabajos y los dias" por Hesiodo (~800 AC?) escaneado y corregido por: Jorge Gimenez trimegisto@infovia.com.ar LIBRO I Musas que ilustráis con vuestros cantos, venid de la Pieria, y loan- do a vuestro Padre Zeus, decid có- mo los hombres mortales son des- conocidos o célebres, irreprochables o cubiertos de oprobio, por la vo- luntad del gran Zeus. Porque eleva y derriba fácilmente, abate con faci- lidad al hombre poderoso y forta- lece al débil, castiga al malo y hu- milla al soberbio, Zeus que truena en las alturas y habita las moradas superiores. ¡Escucha, oh hombre que oyes y ves todo, y conforma nuestros juicios a tu justicia! Por lo que a mí res- pecte, procuraré decir a Perses unas cuantas verdades. No hay una causa única de di- sensión, sino que hay dos sobre la tierra: la una digna de las alaban- zas del sabio, la otra censurable. Obran en sentido diferente. Una es funesta; excita la guerra lamentable y la discordia, y ningún mortal la ama; pero todos le están sometidos necesariamente por la voluntad de los Inmortales. En cuanto a la otra, la oscura Nix la parió la primera, y el alto Cronida que habita en el eter la situó bajo las raíces de la tierra para que fuese mejor con los hombres, pues excita al perezoso al trabajo. En efecto, si un hombre ocioso mira a un rico, se apresura a labrar, a plantar, a gobernar bien su casa. El vecino excita la emu- lación del vecino, que se apresura a enriquecerse, y esta envidia es buena para los hombres. Con él, el alfarero envidia al alfarero, el obre- ro envidia al obrero, el mendigo en- vidia al mendigo y el aeda envidia al aeda. ¡Oh Perses! retén esto en tu es- píritu: que la envidia, que se re- gocija de los males, no desvíe tu espiritu del trabajo, haciéndote se- guir los procesos y escuchar las que- rellas en el ágora. Hay que conce- der poca atención a los procesos y al ágora cuando no se ha amonto- nado en la casa, durante la esta- ción, el sustento, presente de De- meter. Una vez saciado, entablarás, si quieres, procesos y querellas a las riquezas de los otros; pero entonces no te será ya permitido obrar así. Terminemos, pues, el proceso con juícios rectos, que son dones exce- lentes de Zeus; porque recientemen- te hemos repartido nuestro patrimo- nio, y me has arrebatado la mayor parte, con el fin de inclinar en tu favor a los reyes, esos devorado- res de presentes, que quieren juz- gar los procesos. ¡Insensatos! No sahen hasta qué punto la mitad a veces vale más que el todo, y hasta qué punto son un gran bien la mal- va y el asfodelo. Los Dioses, en efecto, ocultaron a los hombres el sustento de la vida; pues, de otro modo, durante un solo día trabaja- rias lo suficiente para todo el año, viviendo sin hacer nada. Al punto colgarías el mango del arado por encima del humo, y pararías el tra- bajo de los bueyes y de las mulas pacientes. Pero Zeus ocultó este se- creto, irritado en su corazón porque el sagaz prometeo le había enga- ñado. Por eso preparó a los hom- bres males lamentables, y escondió el fuego que el excelente hijo de Yapeto robara en una caña hueca abierta para dárselo a los hombres, engañando así a Zeus que disfruta del rayo. Entonces, Zeus que amoo- tona las nubes dijo indignado: -¡Yapetionida! Más sagaz que ninguno, te alegras de haber hurta- do el fuego y engañado a mi espí- ritu; pero eso constituirá una gran desdicha para ti, así como para los hombres futuros. A causa de ese fnego, les enviaré un mal del que quedarán encantados, y abrazarán su propio azote. Habló así y rió el Padre de los hombres y de los Dioses, y ordenó al ilustre Hefesto que mezclara en seguida la tierra con el agua y de la pasta formara una bella virgen semejante a las Diosas inmortales, y a la cual daría voz humana y fuer- za. Y ordenó a Atenea que le en- señara las labores de las mujeres y a tejer la tela; y que Afrodita de oro esparciera la gracia sobre su ca- beza y le diera el áspero deseo y las inquietudes que enervan los miem- bros. Y ordenó al mensajero Her- meas, matador de Argos, que le ins- pirara la impudicia y un ánimo fa- laz. Ordenó así, y los aludidos obe- decieron al rey Zeus Cronión. Al punto, el ilustre Cojo de ambos pies, por orden de Zeus, modeló con tie- rra una imagen semejante a una vir- gen venerable; la Diosa Atenea la de los ojos claros la vistió y la ador- nó; las Diosas Cárites y la venerable Pito colgaron a su cuello collares de oro; las Horas de hermosos ca- bellos la coronaron de flores prima- verales; Palas Atenea le adornó todo el cuerpo; y el Mensajero matador de Argos, por orden de Zeus re- tumbante, le inspiró las mentiras, los halagos y las perfidias; y finalmente el Mensajero de los Dioses puso en ella la voz. Y Zeus llamó a ésta mu- jer Pandora, porque todos los Dio- ses de las moradas olímpicas le dieron algún don, que se convirtiera en daño de los hombres que se ali- mentan de pan Tras de acabar esta obra perni- osa e inevitable el Padre Zeus en- hacia Epimeteo al ilustre Ma- tador de Argos, veloz mensajero de los Dioses, con ese presente; y Epi- meteo no pensó en que Prometeo le había recomendado que no acep- tara nada de Zeus Olimpico y le devolviera sus presentes, para que no trajesen desgracia a los morta- les. Y acepto el obsequio y no sin- tió el mal hasta después de haberlo recibido. Antes de aquel día, las genera- ciones de hombres vivían sobre la tierra exentas de males, y del rudo trabajo, y de las enfermedades crueles que acartean la muerte a los hombres. Porque ahora los mortales envejecen entre miserias. Y aquella mujer, levantando la tapa de un gran vaso que tenía en sus manos esparció sobre los hom- bres las miserias horribles. UÚnica- mente la Esperanza quedó en el vaso, detenida en los bordes, y no echó a volar porque Pandora había vuelto a cerrar la tapa por orden de Zeus tempestuoso que amontona las nubes. Y he aquí que se esparcen innu- merables males entre los hombres, y llenan la tierra y cubren el mar; noche y día abruman las enferme- dades a los hombres, trayéndoles en silencio todos los dolores porque el sabio Zeus les ha negado la voz. Y así es que nadie puede evitar la vo- luntad de Zeus. Pero, si quieres, oh Perses, te di- ré otras palabras buenas y sabias; retenlas en tu espíritu. Cuando al mismo tiempo nacie- ron los Dioses y los hombres mor- tales, primero los Inmortales que tienen moradas olímpicas crearon la Edad de Oro de los hombres que hablan. Bajo el imperio de Cronos que mandaba en el Urano, vivían como Dioses, dotados de un espíritu tranquilo. No conocían el trabajo, ni el dolor, ni la cruel vejez; guar- daban siempre el vigor de sus pies y de sus manos, y se encantaban con festines, lejos de todos los males, y morían como se duerme. Po- seían todos los bienes; la tierra fér- til producia por si sola en abun- dancia; y en una tranquilidad pro- funda, compartían estas riquezas con la muchedumbre de los demás hombres irreprochables. Pero, después de que la tierra hu- bo escondido esta generación, se convirtieron en Dioses, por volun- tad de Zeus, aquellos hombres ex- celentes y guardianes de los mor- tales. Vestidos de aire, van por la tierra, observando las acciones bue- nas y malas, y otorgando las rique- zas, porque tal es su real recom- pensa. Después, los habitantes de las moradas olímpicas suscitaron una segunda generación muy inferior, la Edad de Plata, que no era seme- jante a la Edad de Oro ni en el cuerpo ni en la inteligencia, Du- rante cien años, el niño era criado por su madre y crecía en su mora- da, pero sin ninguna inteligencia; y cuando había alcanzado la adoles- cencia y el término de la pubertad, vivía muy poco tiempo, abrumado de dolores a causa de la estupidez. En efecto, los hombres no podían abstenerse entre ellos de la inju- riosa iniquidad, y no querían honrar a los Dioses, ni sacrificar en los al- tares sagrados de los Bienaventura- dos, como está prescrito a los hom- bres por el uso. Y Zeus Cronida, irritado, los absorbió, porque no honraban a los Dioses que habitan el Olimpo. Después de que la tierra hubo escondido esta generación, estos mortales fueron llamados los Di- chosos subterráneos. Están en segun- da fila, pero se respeta su memoria. Y el Padre Zeus suscitó una ter- cera raza de hombres parlantes, la Edad de Bronce, muy desemejante a la Edad de Plata. Al igual de fres- nos, violentas y robustos, estos hom- bres no se preocupaban sino de injurias y de trabajos lamentables de Ares. No comían trigo, eran fe- roces y tenían el corazón duro como el acero. Era grande su fuerza, y sus manos inevitables se alargaban desde los hombros sobre sus miem- bros robustos. Y sus armas eran de bronce y sus moradas de bronce, y trabajaban el bronce, porque aún no existía el hierro negro. Dome- ñándose entre sí con sus propias manos, descendieron a la morada amplia y helada de Edes, sin ho- nores. La negra Tanatos los asi¢, a pesar de sus fuerzas maravillosas, y dejaron la espléndida luz de Helios. Después de que la tierra hubo es- condido esta generación, Zeus Cro- nida suscitó otra divina raza de hé- roes más justos y mejores, que fue- ron llamados Semidioses en toda la tierra por la generación presente. Pero la guerra lamentable y la re- friega terrible los destruyeron a to- dos, a unos en la tierra Cadmeida, delante de Tebas la de las siete puertas, en tanto combatían por los rebaños de Edipo; y a los otros, cuando en sus naves fueron a Tro- ya, surcando las grandes olas del mar, a causa de Helena la de her- mosos cabellos, Ios envolvió allí la sombra de la muerte. Y el Padre Zeus les dio un sustento y una mo- rada desconocidos de los hombres, en las extremidades de la tierra. Y estos héroes habitan apaciblemente las islas de los Bienaventurados, allende el profondo Océano. Y allí, tres veces por año, les da la tierra sus frutos. ¡Oh, si no viviera yo en esta quinta generación de hombres, o más bien, si hubiera muerto antes o nacido después! Porque ahora es la Edad de Hierro. Los hombres no cesarán de estar abrumados de tra- bajos y de miserias durante el día, ni de ser corrompidos durante la noche, y los Dioses les prodigarán amargas inquietudes. Entretanto, los bienes se mezclarán con los males. Pero Zeus destruirá también esta generación de hombres cuando se les tornen blancos los cabellos. No será el padre semejante al hijo, ni el hi- jo al padre, ni el huesped al hués- ped, ni el amigo al amigo, y el hermano no será amado por su her- mano como antes. Los padres viejos serán despreciados por sus hijos im- pios, que les dirigirán palabras in- juriosas, sin temer los ojos de los Dioses. Llenos de violencia, no res- tituirán a sus viejos padres el pre- cio de los cuidados que de ellos re- cibieron. El uno saqueará la ciudad del otro. No habrá ninguna piedad, ninguna justicia, ni buenas accio- nes, sino que se respetará al hom- bre violento e inicuo. Ni equidad, ni pudor. El malo ultrajará al me- jor con palabras engañosas, y per- jurará. El detestable Zelo, que se regocija de los males, perseguirá a todos los míseros hombres. Enton- ces, volando de la anchurosa tierra hacia el Olimpo, y abandonando a los hombres, Edo y Némesis, vesti- das con trajes blancos, se reunirán con la raza de los Inmortales. Y los dolores se quedarán entre los mor- tales, y ya no habrá remedio para sus males. Y ahora, diré un apólogo a los reyes, aunque piensan con su pro- pia sabiduría. Un gavilán habló así a un ruise- ñor sonoro al que haóía cogido en sus garras y se lo llevaba por las altas nubes. El ruiseñor, desgarrado por las curvas uñas, gemía; pero el gavilán le dijo estas palabras impe- riosas: -Desdichado, ¿por qué gimes? Ciertamente, eres presa de uno más fuerte que tú. Irás adonde yo te conduzca, aunque seas un aeda. Te comeré, si me place, o te soltaré. ¡Malhaya quien quiera luchar con- tra otro más poderoso que él! Se- rá privado de la victoria y abru- mado de vergüenza y de dolores. Así habló el rápido gavilán de an- chas alas. ¡Oh Perses! escucha la justicia y no medites la injuria, porque la in- juria es funesta para el miserable, y ni siquiera el hombre irreprocha- ble la soporta fácilmente; está abru- mado y perdido por ella. Hay otra vía mejor que lleva a la justicia, y ésta se halla siempre por encima de la injuria; pero el insensato no se instruye hasta después de haber su- frido. El Dios testigo de los jura- mentos se aparta de los juicios ini- cuos. La justicia se irrita, sea cual- quiera el lugar adonde la conduz- can hombres devoradores de presen- tes que ultrajan las leyes con juicios inicuos. Vestida de tinieblas, recorre, llorando, las ciudades y las mora- das de los pueblos, llevando la des- dicha a los hombres que la han ahuyentado y no han juzgado equi- tativamente. Pero los que hacen una justicia recta a los extranjeros, co- mo a sus conciudadanos, y no se salen de lo que es justo, contribu- yen a que prosperen las ciudades y los pueblos. La paz, mantenedora de hombres jóvenes, está sobre la tierra, y Zeus que mira a lo lejos, no les envía jamás la guerra lamen- table. Jamás el hambre ni la inju- ria ponen a prueba a los hombres justos, que gozan de sus riquezas en los festines. La tierra les da alimen- to abundante; en las montañas, la encina tiene bellotas en su copa y panales en la mitad de su altura. Sus ovejas están cargadas de lana y sus mujeres paren hijos semejantes a sus padres. Abundan perpetuamente en bienes y no tienen que navegar en naves, porque la tierra fecunda les prodiga sus frutos. Pero a los que se entregan a la injuria, a la husca del mal y a las malas acciones, Zeus que mira a lo lejos, el Cronida, les prepara un castigo; y con frecuencia es castigada toda una ciudad a cau- sa del crimen de un solo hombre que ha meditado la iniquidad y que ha obrado mal. El Cronión, desde lo alto del Urano. envía una gran calamidad: el hambre y la peste a la vez, y perecen los puehlos. Las mujeres no paren ya, y decrecen las familias. por voluntad de Zeus Olímpico; o bien les destruye el Cronión su gran ejército, o sus mu- rallas, o hunde sus naves en el mar. ¡Oh reyes! considerad por vos- otros mismos este castigo; porque los Dioses mezclados entre los hom- bres, ven a cuantos se persiguen con juicios inicuos sin preocuparse de los Dioses ni por asomo. Sobre la tie- rra mantenedora de muchos hay treinta mil Inmortales de Zeus que guardan a los hombres mortales; y envueltos de aire, corren acá y allá sobre la tierra observando los jui- cios equitativos y las malas accio- nes. Y la justicia es una virgen hija de Zeus, ilustre, venerable para los Dioses que habitan el Olimpo; y en verdad que, si alguien la hiere y la ultraja sentada junto al Padre Zeus Cronión, al punto acusa ella al es- píritu inicuo de los hombres, con el fin de que el pueblo sea cas- tigado por culpa de los reyes que, movidos de un mal designio, se apartan de la equidad recta y se nie- gan a pronunciar juicios irreprocha- bles. Considerad esto, ¡oh reyes de- voradores de presentes! corregid vuestras sentencias y olvidad la ini- quidad. Se hace daño a sí propio el hombre que se lo hace a otros; un mal designio es más dañoso para quien lo ha concebido. Los ojos de Zeus lo ven y lo comprenden todo; y en verdad que, si Zeus lo quiere, mira al proceso que se juz- ga en la ciudad. Pero no quiero pasar por justo entre los hombres, ni que pase por ello mi hijo, puesto que constituye una desdicha ser jus- to, y el más inicuo tiene más dere- chos que el justo. Sin embargo no creo que Zeus, que disfruta del ra- yo, quiera que las cosas acaben así. Oh Perses! retén esto en tu es- píritu: acoge el espíritu de justicia y rechaza la violencia, pues el Cro- nión ha impuesto esta ley a los hombres. Ha permitido a los peces, a los animales feroces y a las aves de rapiña devorarse entre sí, porque carecen de justicia; pero ha dado a los hombres la justicia, que es la mejor de las cosas. Si en el ágora quiere hablar con equidad alguno, Zeus, que mira a lo lejos, le colma de riquezas; pero si miente perju- rando, es castigado irremediable- mente: su posteridad se oscurece y acaba por extinguirse, en tanto que la posteridad del hombre justo se ilustra en el porvenir, cada vez más. ¡Te haré excelentes advertencias, insensatísimo Perses! Fácil es abis- marse en la maldad, porqoe la vía que conduce a ella es corta y estó cerca de nosotros; en cambio, para ejercitar la virtud los mismos Dioses han sudado; porque la vía es lar- ga, ardua y al principio está llena de dificultades; pero en cuanto se llega a la cúspide, se hace fácil en adelante, después de haber sido di- fícil. Más prudente es quien, experi- mentando todo por sí mismo, me- dita acerca de las accienes que se- rán mejores una vez llevadas a cabo. También es muy meritorio quien consiente que se le aconseje bien; pero quien no escucha ni a sí pro- pio ni a los demás, es un hombre inútil. Acuérdate siempre de mi conse- jo, y trabaja, ¡oh Perses, raza de Dioses! con el fin de que el ham- bre te deteste y de que Demeter la de la hermoso corona, la venerable, te ame y llene tu granero; porque el hambre es la compañera insepa- rable del perezoso. Los Dioses y los hombres odian igualmente al que vive sin hacer nada, semejante a los zánganos, que carecen de aguijón y que, sin trabajar por su cuenta, de- voran el trabajo de las abejas. Séate agradable trabajar útilmente, a fin de que tus graneros se llenen en tiempo oportuno. El trabajo hace a los hombres opulentos y ricos en re- baños, y trabajando serás más caro a los Dioses y a los hombres, por- que tienen odio a los perezozos. No es el trabajo quien envilece, sino la ociosidad. Si trabajas, no tardará el perezoso en tener envidia de ver que te enriqueces, porque la virtud y la gloria acompañan a las riquezas; y así serás semejante a un Dios. Por eso más vale trabajar, no mirar con espíritu envidioso las riquezas de los demás, y tener la preocupación de tu sustento, como te aconsejo. La mala vergüenza posee al indigente. La vergüenza viene en ayuda de los hombres o los envilece. La ver- güenza Ileva a la pobreza y la auda- cia lleva a las riquezas. Las rique- zas no adquiridas por el robo, sino otorgadas por los Dioses, son las mejores. Si alguien a causa de la pe- reza de sus manos ha arrebatado grandes riquezas, o con el ejercicio de su lengua ha despojado a otro -y estas cosas son frecuentes, por- que el deseo de ganancia turba el espíritu y la impudicia ahuyenta el pudor-, los Dioses arruinan fácil- mente a tal hombre; su raza decrece, y no guarda él sus riquezas sino po- co tiempo. Y es lo mismo el crimen de quien ofendiera con malos tratos a un suplicante o a un huésped, que el de quien subiera al lecho fraterno, cometiendo una acción impía por deseo de la mujer de su hermano, que el de quien, con el fraude, arrui- nara a niños huérfanos, y que el de quien abrumara con oprobios y pa- labras injuriosas a su padre al lle- gar éste al mísero umbral de la ve- jez. En verdad que Zeus se irrita contra ese hombre y le inflige un castigo terrible a causa de sus ini- quidades. En tu espírifu insensato absten- te, pues, de esas acciones. Antes bien, ofrece castamente e inocente- mente sacrificios a los Dioses in- mortales y quema muslos crasos. Aplácalos con libaciones y perfu- mes en el momento en que te acues- tes y cuando vuelva la luz sagrada, con el fin de que te sean benévo- los de espíritu y de corazón, y de que, sin vender su herencia, pue- das, por el contrario, comprar la de otro. Llama a tu amigo a tu fes- tén, y no a tu enemigo. Antes bien. invita voluntario al que habita cer- ca de ti; porque si te acaeciera al- guna necesidad doméstica; tus veci- nos acudirán sin cinturones, mien- tras tus parientes esten ocupados todavía en ceñirse los suyos. Un gran azote es un mal vecino, en tanto que un buen vecino es una fortuna. Encontrar un buen vecino es una buena suerte. Jamás morirá uno de tus bueyes, a no ser que tengas un mal vecino. Mide estric- tamente lo que recibas de tu veci- no, y devuélveselo exactamente, y aun con creces, si puedes, a fin de que más tarde halles pronto soco- rro en caso necesario. No aspires a ganancias ilícitas, porque equivalen a la ruina. Ama al que te ame, ayuda al que te ayude, da al que te dé; pero no des nada a quien no te dé nada. Se da, en efecto, al que da; pero nadie da a quien no da nada. Buena es la li- beralidad; pero la rapiña es mala y mortal. Si alguien da, aunque sea mucho, y por su propio impulso, se alegra de dar y está contento de ello en su corazón; pero el que ro- ba escudándose en su impudicia, aunque sea poco, queda con el co- razón desgarrado, porque si añades lo poco a lo poco, pero frecuente- mente, pronto lo poco se hará mu- cho. El que añade a lo que posee, evitará el hambre negra. Lo que es- tá seguro en casa no inquieta al amo. Más vale que esté todo en casa, ya que lo que hay fuera está expuesto. Dulce es gozar de los bienes presen- tes y, cruel desear los de fuera. Te aconsejo evitar todas estas cosas. Hártate de beber al principio y al final del tunel, pero no cuando está a la mitad. Vana es la economía donde ya no hay nada. Da siempre exactamente el salario convenido a tu amigo. Hasta cuando juegues con tu hermano, ten un testigo; la credulidad y la dcsconfianza pier- den por igual a los hombres. No seduzca tu espíritu con su dulce charla la mujer que adorna su des- nudez, porque anda buscando tu ha- cienda: y quien se fía de semejante mujer se fía del ladrón. Al hijo unico es a quien com- pete vigilar la casa paterna, y as¡ es como la riqueza se acrece en las moradas. ¡Ojalá mueras viejo y de- jes un solo hijo en tu lugar! Zeus otorga también grandes riquezas a las familias numerosas. Los esfuer- zos de muchosproducen bienes ma- yores. Asi, pues, si tu esp¡ritu desea riquezas, procede como te aconsejo y a¤ada trabajo al trabajo. LIBRO II Al salir las Pléyades, hijas de Atlas, comienza la recolección, y la labranza cuando ellas se oculten. Se ocultan durante cuarenta días y cua- renta noches; y cuando el año va co- rrido, aparecen de nuevo en el mo- mento en que se afila el hierro. Tal es el uso campestre entre los que cultivan las tierras fértiles de los profundos valles, lejos del mar re- tumbante. Debes estar desnudo cuando siembres, desnudo cuando labres, desnudo cuando coseches, si quieres Ilevar a cabo los trabajos de Demeter en el momento propicio, si quieres que cada cosa crezca en su estación, y si no quieres, care- ciendo de todo, ir a mendigar en moradas extrañas, sin recibir nada. Así fue como viniste a mí ya; pero yo no te daré cosa alguna, ni aña- diré más regalos. Trabaja, ¡oh insensato Perses! en la tarea que los Dioses destinaron para los hombres, no vaya a ser que, gimiendo tu corazón, con tu mu- jer y tus hijos, tengas que buscar el sustento en casa de tus vecinos, que te rechazarán. Acaso lograras éxito dos o tres veces; pero si vuelves a importunarlos, ya no lograrás nada; hablarás mucho en vano y será inú- til la multitud de tus palabras. Te aconsejo, pues, que empieces por pensar en el pago de tus deudas y en evitar el hambre. Ante todo, procura tener una ca- sa, una mujer, un buey de labor y una servidora soltera que siga a tus bueyes. Ten en tu morada todos los instrumentos necesarios, con el fin de que no hayas de pedírselos a otros y de que no carezcas de ellos si se te rehusan; porque entonces pasará el tiempo y el trabajo que- dará por hacer. No dejes nada para el día siguiente, ni para el otro día, porque el trabajo diferido no llena el granero. La actividad acrecerá tus riquezas, porque el hombre que difiere siempre las cosas lucha con la ruina. Cuando la fuerza del ardiente Helios disminuye y el cuerpo huma- no, por voluntad del gran Zeus, se torna más ligero durante las lluvias otoñales. Porque entonces la estre- lla de Sirio aparece menos tiempo sobre la cabeza de los hombres so- metidos a la Ker y brilla sobre todo en la noche; cuando la selva, tala- da por el hierro, se hace incorrup- tible, y caen las hojas y la savia ar- diente se detiene en las ramas, acuérdate de que ya es hora de cor- tar la madera. Talla un mortero de tres pies, un majadero de tres co- dos y un eje de siete pies. En ver- dad que esta es la mejor medida. Pero si el eje lo encuentras de ocho pies: podrás entonces cortar además un mazo. Corta también una rueda de tres palmos para una carreta que mida diez palmos y además, varios trozos de madera curvada. Lleva a tu morada, si lo encuen- tras en la montaña o en los cam- pos, una mancera de arado de ca- rrasca, que es la mancera más só- lida para hacer trabajar a los bue- yes. Un discípulo de Atenea la adaptará al timón y la fijará al den- tal con clavos. Entonces, trabajando en tu morada, dispán dos arados, uno acoplado y el otro compacto, que así es mejor. Porque si rom- pes uno, sujetaras al otro los bueyes. Los timones mas fuertes son de lau- rel o de olmo; el cuerpo del arado es de encina y la marecera de ma- dera de carrasca. Compra dos bueyes de nueve años. Cuando están en el término de la juventud, se hallan pletári- cos de fuerza y son excelentes para el trabajo. No se querellarán, rom- piendo el arado en el surco y de- jando la labor sin acabar. Que los siga un hombre de cuarenta años, habiendo comido cuatro partes de un pan cortado en ocho pedazos. Él cuidará de su labor y trazará un surco derecho, porque no mirará a sus compañeros y se entregará por entero al trabajo. Uno más joven no valdría para esparcir la semilla y para evitar tener que esparcirla dos veces, porque uno más joven desea en su corazón reunirse con sus com- pañeros. Escucha con atención el graznido de la grúlla que todos los años chi- lla desde lo alto de las nubes. Da la señal de ta labor y anuncia el invierno lluvioso. Entonces se desga- rra el corazón del hombre que no preparó sus bueyes. Alimenta en tu morada bueyes de cuernos curvos. Fácil es decir al ve- cino: "Préstame tus bueyes y tu ara- do"; pero fácil es responder: "Mis bueyes están trabajando". El hombre de espíritu fantasioso dice: "¡Cons- truiré ún arado!" Insensato, no sabe que para construir un arado son precisos cien trozos de madera, y que antes que nada se necesita ocu- parse en cogerlos de antemano y reunirlos en casa. Cuando llegue la época de labrar, ve con tus servidores, y desde por la mañana apresúrate a labrar la tierra húmeda o seca, a fin de que sean fértiles tus campos. Siembra tu campo cuando aún esté liviano por la sequía; limpia el suelo en la pri- mavera, a fin de que no te pese, si se labra de nuevo en verano. De esta manera sirve para apartar las impre- caciones y calmar el llanto de los ni¤os. Suplica a Zeus subterráneo y a la casta Demeter, con el fin de que maduren los frutos sagrados de ésta. Cuando comiences a labrar, te- niendo en la mano el extremo de la mancera del arado y pinchando con el aguijón el lomo de los bueyes que arrastran el timón con ayuda de una correa, vaya detrás un ser- vidor joven y dé que hacer a los pájaros, ocultando la semilla con ayuda de una azada. El orden es la mejor de las cosas para los mortales, y el desorden es la peor. Tus ricas espigas se curvarán hacia la tierra, si Zeus otorga un dichoso fin a tus trabajos. Ahuyentarás de tus vasos las telarañas, y espero que te rego- cijes de poseer la abundancia en tu casa. Alegre, llegarás a la blanca pri- mavera, y no tendrán envidia a los demás, y los demás te tendrán en- vidia. Pero si labras la tierra fértil solamente en el solsticio del invier- no, cosecharás sentado, recogiendo pocas espigas, sentado en el polvo y poco satisfecho. Cabrá todo en un cesto, y pocos serán los que te en- vidien. El espíritu de Zeus tempestuoso va de acá para allá, y es difícil para los hombres mortales comprenderlo. Si labras tardíamente, sin embar- go, hay un remedio a eso. Cuando el cuco canta en el follaje de la en- cina y encanta a los mortales en la tierra espaciosa, a veces desata Zeus una lluvia durante tres días aunque cesa antes de que el agua suba por encima de la pezuña de los bueyes. Así, la labranza tardía valdría tanto como la otra. Retén esto en tu es- píritu, y no lo olvides ni en el re- torno de la blanca primavera ni en la estación pluvial. No te detengas ante la fragua y la cálida Lesce en invierno, cuando el frío violento retiene a los hom- bres. Incluso entonces sabe acrecen- tar su bien el hombre activo. No te abrume, pues, el rigor del invierno y de la pobreza, mientras oprimas con tu mano delgada tu pie hincha- do. El perezoso que tiene hambre da siempre vueltas en su espíritu a una multitud de vanas esperanzas y de malos pensamientos. El que no tiene sustento suficiente queda sen- tado en la Lesce y no tiene buenos pensamientos. Hacia la mitad del estío, di a tus servidores: "No durará mucho el estío; preparad los graneros." Ponte al abrigo del mes Leneón, todos los días del cual son malos para los bueyes. Evita las heladas peligrosas que cubren la tierra al soplo de Bo- reas, cuando éste agita el mar vasto en la Tracia, mantenedora de ca- ballos; porque entonces mugen la tierra y la selva. Derriba las enci- nas de hojas altas y los pinos espe- sos, en las gargantas de la montaña, cayendo contra tierra, y a su im- pulso retiembla la selva toda. Se espantan las bestias feroces, y hasta aquellas que tienen pelaje espeso se recogen la cola bajo el vientre; pero el frío les penetra su pelaje espeso aunque cubran de vello sus pechos. Penetra el cuero del buey, y aun la piel de la cabra velluda pero no la lana de las ovejas. Y la fuerza del viento Bóreas encorva al anciano, aunque no llega al cuerpo delicado de la virgen que permanece en su morada junto a su cara madre, ig- norando los trabajos de Afrodita de oro, y que, tras de lavar y perfumar con aceite su hermoso cuerpo, duer- me por la noche, durante el invierno, en la morada, cuando el polípodo se roe los pies en su fría casa y sus tristes retiros. En efecto, Helios no le muestra ningún sustento que pue- da coger; porque Helios se vuelve entonces hacia los poblados y las ciudades de los hombres negros, y brilla más tarde para los panhele- nos. Entonces los habitantes de la selva cornudos y sin cuernos huyen, rechinando los dientes, por los ta- llares espesos; porque en sus ánimos no existe sino una preocupación: la de ir a buscar madrigueras secretas y cavernas pedregosas aca y allá. Entonces tambión los mortales ya parecidos a trípodes con los hom- broa caídos y baja la cabeza se arras- tran, van y vienen evitando la blan- ca nieve. Cubre tu cuerpo entonces, como te aconsejo, con un manto espon- joso y una larga túnica. Sobre la trama ligera de ésta aplica un es- peso forro; y póntela, a fin de que tus vellos no se te ericen a lo largo de tu cuerpo. Ata a tus pies san- dalias hechas con cuero de un buey muerto violentamente, y adáptate- las, con los pelos para adentro. Cuando Ilegue la estación del frío, échate a los hombros, y cuélgalas con una correa de cuero, pieles de cabritos recién nacidos, que te res- guardarán de la lluvia. Ponte a la cabeza un gorro labrado bien hecho que impida que se te humedezcan las orejas; porque es fría la mañana cuando cae Bóreas, y el viento de la mañana, al bajar desde el Urano estrellado a la tierra, se desparrama sobre los trabajos de los ricos. El aire vaporoso, emanado de los ríos de curso sin fin y alzado de la tie- rra por los remolinos del viento, a veces cae en lluvia al anochecer, y a veces sopla, en tanto que el tracio Bóreas deshace las nubes espesas. Prevenlo, y acabado tu trabajo, vuelve a tu morada, no vaya a ser que la tenebrosa nube uránica en- vuelva tu cuerpo y moje tus vestidos. Evita esto. Ese mes es el más duro del invierno, duro para los rebaños y duro para los hombres. Da enton- ces a los bueyes la mitad de su pas- to, pero aumenta el sustento de los hombres. Porque las noches largas bastan para fortalecer a los bue- yes. Pon atención durante todo el año en condicionar los alimentos a Ia duración de las noches y los días, hasta que la tierra mantenedora te prodigue de nuevo todo lo que pro- duce. Cuando, sesenta días después de la conversión de Helios, pone fin Zeus a los dias invernales, la estre- lla Arctiro, abandonando el curso inmenso de Océano, aparece la pri- mera y se alza al anochecer. Des- pués, la gemebunda golondrina, hija de Pandión, aparece por la mañana a los hombres, cuando ha comen- zado ya la primavera. Prevenla y poda tu viña, que así es mejor. Pe- ro, cuando salga del suelo el cara- col para subir a las plantas y huya de las Pléyades, no caves tus viñas, sino que debes afilar tu hoz y exci- tar a tus servidores. Huye de los retiros umbrosos y del lecho por la mañana, en la época de la recolec- ción, cuando Helios seca el cuerpo. Date prisa, levántate con el alba, y reúne las gavillas en tu morada, con el fin de que sea suficiente la cosecha. La mañana hace la terce- ra parte del trabajo, abrevia el ca- mino y activa la obra. En cuanto despunte la mañana, pon en movi- miento gran número de hombres y sujeta al yugo gran número de bueyes. Cuando el cardo florece y la so- nora cigarra, posada en un árbol, canta su canción armoniosa agitan- do las alas, en la cálida estación de estío, entonces están gordas las ca- bas, es excelente el vino, las mujercs se tornan más livianas y los hom- bres más voluptuosos, porque Sirio les abrasa la cabeza y las rodillas, porque tienen todo el cuerpo seco por el calor. Ojalá que entonces es- tén a la mano las rocas umbrosas, el vino de Biblos, el pan bien coci- do, la leche de cabras que no crían ya, la carne de ternera que no ha parido y la carne de cabritos tier- nos. Bebe vino negro, sentado a la sombra, y hártate de comer, con el rostro expuesto al soplo tibio del viento, al borde de un manantial que corra incesante y claro. Mezcla tres partes de agua con una cuarta parte de vino. Ordena a tus servido- res, cuando aparezca la fuerza de Orión, que muelan los dones sagra- dos de Demeter en un lugar descu- bierto y sobre una era bien redon- deada y muy plana. Mide correcta- mente el grano y mételo en tus de- positos. Luego, cuando hayas dis- puesto toda tu cosecha en tu mora- da, busca un servidor sin casa y una servidora sin hijos. La que tiene hi- jos es importuna. Alimenta a un pe- rro de dientes terribles y no le es- catimes el alimento, no vaya a ser que se lleve tus riquezas el ladrón que duerme de día. Haz también pro- visión de heno y de paja, a fin de alimentar con ello todo el año a Los bueyes y a tus mulos. Después, por último, dejen en reposo tus servi- dores sus rodillas y desúnzanse los bueyes. Cuando Orión y Sirio lleguen a la mitad del Urano, y cuando Eos la de los dedos rosados mire a Arctiro, ¡oh Perses! guarda tus uvas en tu morada; y exponlas a la luz de Helios durante diez días y otras tantas noches. Ponlas a la sombra durante cinco días, y al sexto, en- cierra en los vasos esos dones de Dionisos que inspira la alegría. Cuando las Pléyades, las Hiadas y la fuerza de Orión hayan desapa- recido, acuérdate de que ha llegado el momento de labrar, y así será consagrado todo el año a los tra- bajos de la tierra. Si se apodera de ti el deseo de la navegación peligrosa, teme la época en que las Pléyades, huyen- do de la fuerza terrible de Orion, caen en el negro mar. En verdad que entonces se desencadenan los soplos de vientos numerosos. No dejes ya mucho tiempo tus naves en el negro mar; acuérdate, antes bien, de trabajar la tierra, como te aconsejo. Arrastra tu nave al con- tinente y sujétala con piedras por todos lados, a fin de que éstas re- sistan a la fuerza de los vientos hú- medos y de que se vacíe la sentina, a fin de que la lluvia de Zeus no pudra la nave. Lleva todo el apa- rejo a tu morada, y pliega con cui- dado las alas de la nave que surca el mar. Cuelga el gobernalle sólido por encima del humo hasta que vuelva el tiempo de la navegación. Arrastra entonces al mar tu nave rápida y llénala de manera que re- portes un beneficio a tu morada. Así es como mi padre y tuyo ¡oh insensatísimo Perses! navegaba en sus naves, buscando una buena ga- nancia. En otro tiempo vino aquí, a tra- vés del inmenso mar, en una nave negra, abandonando Cima Eólida. Y no rehuía la opulencia ni las ri- quezas, sino la pobreza mala que Zeus inflige a los hombres. Y junto al Helicón, hábitó la mísera aldea Ascra, horrible en invierno, penosa en estío y jamás agradable. Por lo que a ti respecta, ¡oh Per- ses! acuérdate de escoger el tiempo propio para todos dos trabajos y so- bre todo para la navegación. Elo- gia la nave pequeña, pero no car- gues sino una grande. Cuanto más considerable es la carga, más con- siderable es la ganancia, siempre que los vientos retengan su soplo terrible. Si quieres orientar hacia el comercio tu espíritu imprudente, evitar las deudas y el hambre cruel, te enseñaré a conducirte en el mar de ruidos sin número, aunque no soy hábil en la navegación; porque nunca partí en nave para alta mar, a no ser para la Eubea desde Au- lide, donde, retenidos por el viento, los acayanos congregaron en otro tiempo su gran ejercito para ir des- de la santa Hélade a Troya la de hermosas mujeres. De allí fui a Cal- cis para los juegos del bravo Anfi- damas. Sus hijos magnánimos los habían instituido de todas clases. Me jacto de haber obtenido allí el pre- mio del canto, un trípode de dos asas que consagré a las Musas Heli- coniadas, en donde por primera vez me inspiraron el canto sonoro. So- lamente entonces fue cuando me aventuré en las naves construidas con ayuda de numerosos clavos. Pero, entretanto, te diré la vo- luntad de Zeus tempestuoso, por- que las Musas me enseñaron a can- tar el himno sagrado. Cincuenta días después de la con- versión de Helios, al final de la la- boriosa estación del estío, es la épo- ca de la navegación para los mor- tales. Entonces, ciertamente, no se romperá ninguna nave y no tragara el mar a ningún hombre, a menos que así lo quiera el sabio Poseidón que conmueve la tierra, o Zeus, rey de los Inmortales, porque de ellos dependen los bienes y los males. Entonces serán fáciles los vientos y el mar permanecerá tranquilo y sin peligro. Seguro de los vientos, arras- tra al mar tu nave rápida, después de cargarla bien; apresúrate luego a volver a tu morada. No aguardes al vino nuevo, a las lluvias otoña- les, a la proximidad del invierno y a los soplos terribles del Noto que, viniendo con las abundantes lluvias uránicas del otoño, revuelve el mar y lo hace impracticable. También es buena la navegación en primavera. Cuando aparecen las primeras hojas en la copa de la hi- guera, tan poco visibles como las huellas de una corneja que anda, es practicable el mar. Esta es la na- vegación de primavera; y no la apruebo; sin embargo, y no place a mi espíritu, porque es incómoda. Difícilmente evitarás el peligro. Pe- ro los hombres obran imprudente- mente, y el dinero es el alma de los míseros mortales. Como es la- * mentaba morir en las olas, te acon- sejo que medites en tu espíritu acer- ca de todo lo que te digo. No pon- gas en tus naves toda tu riqueza; deja la mayor parte y llévate la menor; porque tan lamentable es encontrar la muerte en los olas del mar como romper el eje de un ca- rro demasiado cargado, y perder así lo que contiene. Se prudente. Lo mejor en todo es escoger la ocasión. Cuando no tengas todavía treinta años o no ten- gas muchos más conduce a una es- posa a tu morada; esa es la edad que te conviene para el matrimo- nio. Sea nubil la mujer a los cator- ce años y cásese a los quince. Des- posa a una virgen a fin de ense- ¤arle las costumbres castas. Condu- ce sobre todo a tu morada a la que habite cerca de ti. Pon en esas co- sas la mayor atención, no vaya a ser que tu desposorio cause la irri- tación de tus vecinos. Una mujer irre- prochable es el mejor bien que puede caer en suerte a un hombre; pero la peor calamidad es una mujer amiga de festines que quema a su marido sin antorcha, por muy vigoroso que sea, y le arrastra a una vejez rápida. Observa el temor saludable a los Dioses inmortales. No hagas de tu amigo un igual a tu hermano; pero, si lo haces, no seas el primero en causarle ningun entuerto. No mien- tas únicamente por hablar. Si un amigo comienza a ofenderte con su palabra injuriosa o con la acción, acuérdate de castigarle por ello dos veces; pero, si vuelve a tu amistad y quiere ofrecerte una satisfacción, recibela, porque es un pobre hom- bre que tiene que ir de un amigo a otro amigo. Tu rostro revele tu pen- samiento. Que no te llamen huésped de muchos ni de pocos. No seas compañero de los malos, ni calum- niador de los buenos. No permitas jamás que insulten la mísera pobre- za que roe el alma y que es un don de los Dioses inmortales. Ciertamen- te, la lengua parsimoniosa es un te- soro excelente entre los hombres, y la gracia de las palabras está toda en su mesura. Si hablas mal se ha- blará de ti peor todavía. No asistas con aire huraño a los festines pú- blicos que se celebren a costa co- mún. En ellos es grandísimo el pla- cer y muy pequeño el gasto. Nunca hagas por la mañana con manos impuras libaciones de vino negro a Zeus o a los demás Inmortales. No te atenderán y rechazarán tus ple- garias. No orines de pie contra He- lios, y desde que se ponga hasta que salga, no lo hagas tampoco desnudo en medio o fuera del camino, por- que las noches son de los dioses. Un hombre prudente se retrae para no mostrar sus vergüenzas, o bien se arrima al muro de un co- rral. Tampoco exhibas tus vergüen- zas manchadas de semen dentro de tu casa. No siembres progenie cuan- do vuelvas de un funeral porque es de mal agüero, sino hazlo cuando re- greses de un convite de los Dioses. No atravieses jamás a pie el agua límpida de los ríos inagotables, an- tes de haber orado mirando su her- moso curso y de haberte lavado las manos en tan hermosa agua clara. Al que atraviesa un río con manos impuras, los Dioses le toman odio y le preparan calamidades para el porvenir. Durante el festín sagrado de los Dioses, no apartes jamás lo seco de lo verde con ayuda del hierro ne- gro, y no pongas la copa donde se beba en la crátera, porque eso se- ría una señal funesta. No dejes sin acabar la casa que edifiques, no sea que la corneja chi- llona vaya a posarse en ella graz- nando. No comas ni te laves en vasos no consagrados, porque te traería desgracia. No sientes a un niño de doce días sobre los muebles sagrados; no es bueno eso, en efecto, y sólo harías de él un hombre débil para engen- drar. Lo mismo ocurriría con un ni- ño de doce meses. Hombre, no laves tu cuerpo en el baño de las mujeres, porque al- gún día seguiría a esa acción un castigo terrible. Si te presentas en medio de un sacrificio, respeta los misterios, por- que se irritaría el Dios. No orines en la corriente de los ríos que van al mar, ni en las fuen- tes. Evita esto sobre todo. No sa- tisfagas allí ninguna necesidad, por- que no sería mejor la acción. Evita una mala fama entre los mortales. La mala fama es peligro- sa; se levanta facilmente, se sopor- ta con pena y se consigue difícilmen- te echar de sí. Cuando son pueblos numerosos los que difunden la fa- ma, no perece ésta nunca, porque es también Diosa. Observa los días de Zeus y en- seña su observancia a tus servido- res, con arreglo al buen orden. El trigésimo día del mes es el mejor para examinar los trabajos y pagar- les el salario, cuando los pueblos se conducen discriminando con verdad unos días de otros. He aquí los días del sabio Zeus: el primero, el cuarto y el séptimo, días sagrados, porque en esle último Latona parió a Apolo el de la es- pada de oro; el octavo y el noveno, dos días del mes que avanza, con- vienen a los trabajos de los morta- les; el undécimo y el duodécimo so- bresalen ambos, uno para esquilar las ovejas y otro para cortar las alegres espigas; pero el duodécimo es mejor que el undécimo, porque entonces la araña, suspendida en el aire, corre en pleno estío, en tanto que la prudente hormiga amonto- na sus provisiones. Es preciso que en tal día la mujer prepare su tela y comience su labor. Guárdate de sembrar en el deci- motercero día del mes comenzado; pero ese día es excelente para las plantaciones. El decimosexto no es muy favorable para las plantaciones de árboles, mas es propicio a la ge- neración de los varones, pero no a la de las hembras, tanto para que nazcan como para que se casen. Es un buen día para castrar a los ca- ballos y a los carneros y para ro- dear de una cerca el establo. Es bueno también para engendrar varo- nes; pero éstos amarán a las quere- llas, a las mentiras, a las palabras dulces y a las entrevistas secretas. En el octavo día del mes, castra al cerdo y al toro mugidor, y en el duodécimo, a los mulos pacientes. En el vigésimo, durante el mes de los días largos, el hombre prudente engendrará, porque su prole será de agudo entendimiento. El decimo es propicia a la generación de los varo- nes, y el decimocuarto a la genera- ción de las hembras. Tambien en este día aplaca, acariciándolos con la ma- no, a las ovejas, a los bueyes de cuernos torcidos y de pies curvos, al perro de dientes afilados y a los mulos pacientes, y domestícalos; se prudente, a fin de evitar las penas del ánimo durante el cuarto día del mes que crece o se acaba: porque esos días son enteramente perfectos. En el cuarto día, conduce una es- posa a tu morada después de con- sultar el augurio de las aves. Esta es la mejor adivinación para el ma- trimonio. Evita los quintos días, por- que son peligrosos y terribles. En- tonces, efectivamente, es cuando se- gún dicen, las Erinnias recorren la tierra vengando a Horco, a quien parió Eris para castigar el perjurio. En el decimoséptimo examina atentamente los dones sagrados de Demeter y aviéntalos en un aire tranquilo. Corta también la fuerza de las maderas destinadas a las ca- sas y a las naves. En el cuarto co- mienza a construir tus naves rápidas. El decimonono día del mes, por la tarde, es el mejor día para todo. El noveno día será libre de penas para los hombres; también lo es para plan- tar y para engendrar al hombre o a la mujer. Este no es jamás un mal día. Pero pocos saben que el vigésimo- nono es un día excelente para cala- fatear los toneles y someter los bue- yes al yugo, así como los mulos y los caballos rápidos; y también para arrastrar al negro mar una nave rá- pida de numerosos bancos de reme- ros; pero pocos lo saben. En el cuarto día, abre los toneles; si éste es del mes mediado, sabe que es el día sagrado por encima de todos. Algunos saben que el vigési- mocuarto día por la mañana es el mejor del mes; pero, por la tarde es menos bueno. Estos días son los más útiles a los hombres. Los demás son inse- guros, pues no presagian ni aca- rrean nada. Se alaba tanto a uno como a otro; pero pocos los cono- cen. La jornada es tan madrastra como madre. ¡Dichoso, dichoso aquel que, sabiendo todas estas co- sas, irreprochables ante los Dioses, se entrega al trabajo sin cometer fal- ta alguna; observa los augurios de las aves y huye de las malas ac- ciones. FIN de "los trabajos y los dias"