"Viaje a la luna" por Cyrano de Bergerac (1615-1655) Soldado y escritor Frances, de enorme nariz responsable de muchos duelos escribio las siguientes obras: La mort D' Agrippine (tragedia) 1654 Le Pedant Joue (comedia) 1654 Oeuvres diverses 1654 Voyage dans la Lune y L'histoire comique des etats et Empires du Soleil (póstuma 1657) murió de sífilis en 1655 Hay una obra de teatro de Rostand que lo tiene como personaje principal ("Cyrano de Bergerac"). El viaje a la Luna es una de las primeras novelas de ciencia ficcion y hace fuertes criticas a algunos dogmas de la religion ----------------------------------------------------------------------- Este archivo fue bajado de http://www.advance.com.ar/usuarios/trimegis ¨No tienes algun libro escaneado para compartir con nosotros? envialo a trimegisto@infovia.com.ar ----------------------------------------------------------------------- "Viaje a la luna" por Cyrano de Bergerac (1619-1655) Escaneada y corregida por Jorge Gimenez Estaba llena la Luna, el cielo descubierto y habían dado ya las nueve de la noche cuando, volviendo de Clamart, cerca de París (donde el señor de Cuigny, hijo, nos había agasajado, a varios de mis amigos y a mí), los diversos pensamientos que nos surgió esta bola de azafrán nos ocuparon durante todo el camino. De manera que los ojos perdidos en este gran astro, tan pronto uno lo tomaba por una ventanita del cielo por la que se entreveía la gloria de los bienaventurados; tan pronto otro, persuadido por las fábulas antiguas, se imaginaba posible que Baco tuviese una taberna allá arriba, en el cielo, y que hubiera colgado por cartel la luna llena. Otro aseguraba que era el platino de Diana que forma la golilla de Apolo; otro que podría ser el propio sol, que por la noche, despojándose de sus rayos, miraba por un agujero lo que pasaba en el mundo cuando él no estaba. -Y yo - quiero mezclar mi entusiasmo al de vosotros. Creo, sin entretenerme con las imágenes sutiles con las que vosotros perdéis el tiempo, para hacerlo pasar más rápido, que la Luna es un mundo como este, al que el nuestro sirve de luna. Algunos del grupo me obsequiaron con una gran carcajada. -Así, tal vez, se burlen en este mismo instante, en la Luna, de alguno que sostiene que este planeta es un mundo. Pero de nada sirvió que alegara que Pitágoras, Epicuro, Demócrito y, más cercanos, Copérnico y Kepler, habían sido de la misma opción. Tan sólo conseguí que se rieran con mas ganas. Sin embargo, este pensamiento, cuya audacia desviaba mi humor, afirmado por la contradicción, se hundió tan profundamente en mí que, durante todo el resto del camino, quedé henchido de mil definiciones de Luna a las que no podía dar forma: de tal manera que, a fuerza de apoyar esta creencia burlesca por medio de ese razonamiento casi serio, faltó poco para que cediese, cuando el milagro o accidente, la Providencia, la suerte o tal vez llamaríamos visión, ficción, quimera o locura si se quiere, me proporcionó la ocasión que me hizo emprender este discurso: Al llegar a casa, subí a mi gabinete, donde encontré sobre la mesa un libro abierto que yo no había puesto allí. Era el de Cardan ; y a pesar de que no tenia intención de leerlo, dirigi la vista como por fuerza, justamente sobre una historia de este filosofo, que dice que, estudiando una noche a la luz de una vela, vio entrar a través de las puertas cerradas, a dos altos ancianos quienes, luego de las muchas preguntas que les hizo, respondieron ser habitantes de la Luna y, al mismo tiempo, desaparecieron. Me quede sorprendido, ya por ver un libro que había llegado hasta alli por sus propios medios, como por el momento, y de la pagina en la que estaba abierto, que tomé todo este encadenamiento de incidentes como una inspiración para hacer conocer a los hombres que la Luna es un mundo. -¡Qué! -dije para mis adentros-, luego de haber estado hablando todo el día de una cosa, un libro que es quizás el único en el mundo en donde este tema es tratado tan particularmente, vuela de mi biblioteca a mi mesa, se hace capaz de razonar, para abrirse justamente en el pasaje de una aventura tan maravillosa, atrae mis ojos hacia el como por la fuerza, y provee enseguida a mi fantasía, las reflexiones, y a mi voluntad, los designios que cumplo!... Sin duda -seguí pensando- los dos viejos que se aparecieron a este gran hombre son los mismos que han movido mi libro, y que lo han abierto a esta pagina, para evitarse el trabajo de dirigirme la arenga que hicieron a Cardan. "Pero ..-agregué-, no podía sacarme esta duda hasta que no subiese hasta alli. -¿Y por qué no?- me respondí de inmediato . Prometeo fue en otro tiempo al cielo para robar el fuego. ¿Yo soy menos valiente que él? ¿Y tengo motivos para no esperar un éxito tar favorable ? A estas ocurrencias, que alguien llamaría tal vez acceso de fiebre alta, siguió la esperanza de lograr con éxito un viaje tan hermoso: de esa manera, me encerré para llevarlo a cabo en una casa de campo bastante alejada donde, luego de haber alimentado mi fantasía con medios proporcionados al asunto, he aquí como me lance hacia el cielo. Había sujetado alrededor de mi gran cantidad de frasquitos llenos de rocío, sobre los que el Sol lanzaba sus rayos tan violentamente que el calor los atraía como hace con las nubes más grandes, y me elevé tan alto que por fin me encontré por encima de la región media. Pero como esta atracción me hacia subir con demasiada rapidez y, en vez de acercarme a la Luna, como yo quería, me parecía que estaba más alejada que al partir, rompí varios de mis frasquitos hasta sentir que mi peso sobrepasaba la atracción, y que descendía hasta la Tierra. Mi opinión no fue en absoluto errónea, ya que caí un tiempo después y, contando a partir del momento en que había despegado, era medianoche. Sin embargo, me di cuenta de que el Sol estaba en lo más alto del horizonte y que era mediodía. Dejo a ustedes imaginar cuán asombrado quedé: en verdad lo estaba de tal modo que, no sabiendo a que atribuir el milagro, tuve la insolencia de imaginarme que, para favorecer mi audacia, Dios había vuelto a colocar el sol en el cielo para iluminar una empresa tan generosa. Lo que hizo crecer mi asombro fue el hecho de no conocer la región donde me hallaba, ya que me parecía que, habiendo ascendido verticalmente, debía caer en el mismo lugar donde había partido. Equipado, sin embargo como estaba, me encamine hacia una especie de cabaña, en la que veía humo. Estaba a un tiro de pistola de ella cuando me vi rodeado por un gran numero de hombres, completamente desnudos. Parecieron bastante sorprendidos al encontrarme, pues yo era el primero, por lo que creo, que veían vestido con botellitas. Y para complicar aún más todas las interpretaciones que pudiesen dar a ese atuendo, veían que al caminar, apenas tocaba la tierra: tampoco sabían que al más mínimo impulso que yo diese de mi cuerpo, el calor de los rayos del mediodía me levantaría con mi rocío y que, si mis frasquitos hubieran sido más numerosos había podido elevarme por los aires ante sus ojos. Quise abordarlos, pero como si el pánico los hubiera transformado en pájaros, en un momento los vi perderse en el bosque cercano. No obstante atrapé a uno cuyas piernas sin duda habían traicionado su corazón. Le pregunté, con gran.. esfuerzo (porque estaba casi sin aliento), a qué distancia estábamos de París, y desde cuando en Francia estaba toda la gente desnuda, y por qué, huían de mí con tanto terror. El hombre a quien hablaba era un viejito oliváceo que al principio se arrojó a mis pies y. juntando las manos en lo alto detrás de la cabeza abrió y cerró los ojos. Murmuró un largo rato entre dientes, pero no pude discernir ningún sonido articulado de manera que tomé su lenguaje por el balbuceo ronco de un mudo. Un momento después, vi llegar una compañía de soldados tocando el tambor y note que dos de ellos se separaban del grupo para reconocerme. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca como para que pudieran oirme, les pregunte dónde estaba. -Está en Francia -me respondieron-, pero ¿qué diablos lo ha puesto en ese estado? ¿Y de dónde viene que no lo conocemos? ¿Han llegado las naves? ¿Va a dar aviso de ello al señor Gobernador? ¿Y porque ha repartido su aguardiente en tantas botellas? A todo esto respondí que el diablo no me había puesto en este estado; que no me conocían porque nadie puede conocer a todos los hombres; que no sabía que por el Sena viajasen naves hacia París; que no tenia nada que avisar al señor Mariscal de l'Hospital; y que no estaba cargado de aguardiente. -¡Oh!, ¡Oh! - me dijeron, tomándome por el brazo- ¿se hace el bravucón? El señor Gobernador seguramente lo conocerá bien. Me llevaron hacia el grupo, donde me enteré que estaba verdaderamente en Francia, pero en la Nueva, de manera que al rato fui presentado al Virrey, quien me preguntó mi nacionalidad, mi nombre y mi título. Luego que lo hube satisfecho contándole el agradable éxito de mi viaje, ya sea porque lo creyó, ya porque simulé creerlo, tuvo la bondad de hacerme dar un cuarto en su casa. Sentí una gran felicidad al encontrar a un hombre capaz de tan elevadas opiniones, que no se sorprendió en absoluto cuando le dije que habría girado durante mi elevación; puesto que habiendo comenzado a subir a dos leguas de París, había caído en Canadá en línea casi perpendicular. Al día siguiente y otros posteriores, tuvimos conversaciones de naturaleza similar, pero como algún tiempo después las dificultades de sus asuntos se enfrentó a nuestra filosofia, volví a caer, con más ganas, en el deseo de llegar a la Luna. Desde que ella aparecía yo me iba soñando por los bosques con la conducción y el éxito de mi empresa, y, por fin, una víspera de San Juan, mientras se mantenían discusiones en fuerte para determinar si se socorrería a los salvajes del país contra los iroqueses, me fui solito por detrás de nuestras habitaciones, hasta la cima de una pequeña montaña, conde ejecuté lo siguiente: Había preparado una máquina que yo creía capaz de elevarme tanto como quisiese, en la que no me faltase nada de lo que yo creía necesario. Me senté dentro de ella y me precipité al aire desde lo alto de una roca. Pero, como no había tomado bien mis medidas, di una inmensa voltereta en el valle. A pesar de estar todo magullado, sin perder el ánimo volví a mi habitación y tomé un tuétano de buey con el que me unté todo el cuerpo, porque estaba maltrecho desde la cabeza hasta los pies; y luego de fortalecerme el corazón con una botella de cordial, volví para buscar mi máquina. Pero no la encontré, porque algunos soldados, que habían sido enviados al bosque a cortar madera para hacer las fogatas de San Juan, al encontrar(a por casualidad le habían llevado al fuerte, donde algunos, luego de varias explicaciones sobre lo qué podría ser y en cuanto descubrieron la invención del resorte, opinaron que se le debían atar cantidades de fuegos artificiales, para que cuando su rapidez la elevara bien alto y el resorte agitara sus grandes alas, no habría nadie que no tomara esta máquina por un dragón de fuego. La busqué, sin embargo, durante largo rato, pero al fin la encontré en medio de la plaza de Quebec cuando iban a prenderle fuego. El dolor de encontrar la obra de mis manos en tan gran peligro, corrí a detener el brazo del soldado que le estaba prendiendo el fuego. Le arranqué la mecha y me arrojé furiosamente dentro de mi máquina para romper el artificio del que estaba rodada; pero Ilegué demasiado tarde, porque apenas puse los pies en ella, me hallé elevado hacia las nubes. El horror que me constemó no alteró tanto las facultades de mi alma, como para que después no pudiese acordarme de todo lo que me sucedió en ese instante. Porque en cuanto la llama devoraba una hilera de cohetes, que había dispuesto de seis en seis, por medio de una atadura que ajustaba cada media docena, otra hilera se encendía, luego otra; de tal manera que la pólvora al arder alejaba el peligro acrecentando el fuego, no obstante la materia que ya había sido usada, hizo que el artificio fallase; y cuando ya no pensaba más que en dejar mi cabeza en la cima de esas montañas, sentí (sin que yo hiciese nada en absoluto) que mi elevación continuaba y que, mi máquina, despidiéndose de mí, volvía cayendo hacia la tierra. Esta extraordinaria aventura me llenó el corazón de una alegría tan poco común que, extasiado al verme libre de un peligro seguro, tuve la imprudencia de filosofar allá arriba. Como buscaba con los ojos y con el pensamiento cuál podía ser la causa, me di cuenta que tenía la carne hinchada y aún engrasada por la médula con que me había untado a causa de los magullones de mi tropiezo. Supe que, estando ahora en cuarto menguante, y como la luna en ese estado suele succionar la médula de los animales, estaba bebiéndose la que yo tenia encima con tanta fuerza que su globo estaba cada vez más cerca de mí y la interposición de las nubes no hacía disminuir su vigor. Cuando más había recorrido, según el cálculo que hice después, más de las tres cuartas partes del camino que separaba la Tierra de la Luna, me vi de golpe caer con los pies en alto, sin que yo me hubiese caído de ningún modo. Y no me habría dado cuenta si no hubiese sentido mi cabeza cargada del peso de todo el cuerpo. Comprendí en verdad que no volvía a caer hacia nuestro mundo porque, a pesar de encontrarme entre dos lunas y de darme cuenta de que me alejaba de una para dirigirme hacia la otra, estaba convencido de que la más grande era nuestro planeta; porque al fin de un día o dos de viaje las refracciones lejanas del sol terminaban por confundir la diversidad de los cuerpos y de los climas, y no me parecía más que una gran placa de oro, eso me hizo imaginar que descendía hacia la Luna; y confirmé mi opinión al recordar que me había dado vuelta a las tres cuartas partes del camino. -Porque -decía para mis adentros-como esta masa es menor que la nuestra, es necesario que la esfera de su actividad sea menos extensa y que, en consecuencia, yo haya sentido más tarde la fuerza de su centro. Por fin, luego de haber estado cayendo durante largo tiempo, según pensé (porque la violencia del precipicio me impedía notarlo), el recuerdo más remoto que tengo es que me hallé bajo un árbol enredado con tres o cuatro ramas bastante gruesas que había roto en mi caida y con la cara mojada por una manzana que se había aplastado contra ella. Por suerte, ese lugar era, como ustedes sabrán de inmediato, el Paraíso Terrenal, y el árbol sobre el que caí era justamente el árbol de la Vida. Así podrán darse cuenta de que, sin esa casualidad, habría muerto mil veces. A menudo, más tarde, reflexioné sobre lo que el vulgo dice. Que cayendo desde un lugar muy alto uno se ahoga al tocar la tierra y extraje, como conclusión de la aventura, que era una mentira; o bien que el jugo enérgico de esa fruta que había caido en mi boca habíame hecho recobrar el alma, que no estaba lejos de mi cadáver aún tibio y dispuesto para las funciones de la vida. En efecto, en cuanto estuve en tierra mi dolor se fue, incluso antes de dejar huellas en mi memoria; y con respecto al hambre, que me había molestado bastante durante el viaje, solamente me dejó en su lugar un ligero recuerdo de haberlo perdido. Apenas me hube levantado y observando el mas ancho de los cuatro ríos que forman un lago al desembocar, cuando el espíritu o alma invisible de los simples que respiran e estos parajes vino a alegrarme el olfato. Y supe que los guijarros no eran allí ni duros ni ásperos, y que tenían el cuidado de ablandarse cuando un camina sobre ellos. Primero encontré una estrella de cinco avenidas, cuyos árboles, por su altura excesiva parecían llevar hasta el cielo un parterre de alto follaje. Al elevar los ojos desde la raíz hasta la copa, y luego al precipitarlos desde la cumbre hasta el suelo, dudé si la tierra los soportaba o si acaso ellos mismos no llevaban la tierra colgando desde sus raíces. Su frente, soberbiamente elevada parecía también plegarse como por la fuerza bajo el peso de los planetas celestes, cuya carga, diría, sostienen gimiendo. Sus brazos tendidos hacia el cielo parecían al abrazarle pedir a los astros la bondad pura de sus influencias, recibirlas antes de perder su inocencia en el lecho de los elementos. Allí, por todas partes, las flores, sin haber tenido más jardineros que la naturaleza, exhalan un aliento tan dulce, casi salvaje, que despierta y satisface el olfato; allí, el encarnado de una rosa en el rosal silvestre y el azul brillante de una violeta bajo las zarzas, sin dejar en absoluto libertad de elección, hacen pensar que son las dos, una más bella que la otra; allí la primavera compone todas las estaciones; allí no germina ninguna planta venenosa sin que su nacimiento traicione su conservación; allí, los arroyos con un agradable murmullo cuentan sus viajes a los guijarros; allí, mil pequeñas gargantas emplumadas hacen resonar los bosques con el sonido de sus melodiosas canciones; y la aleteante asamblea de estos divinos músicos es tan general que parece que cada hoja del bosque ha tomado el lenguaje y la figura de un ruiseñor; incluso el eco se complace tanto con sus melodías que se diría, al oírlas repetir, que tiene ganas de aprenderlas. Al lado de este bosque se ven dos praderas, cuyo verde-alegre continuo parece una esmeralda hasta el horizonte. La mezcla confusa de las pinturas que la primavera pone en cien pequeñas flores pierde los matices de una en la otra con una confusión tan agradable que no sabemos si estas flores, agitadas por un dulce céfiro, corren más bien detrás de sí mismas en vez de fugarse para escapar a las caricias de este viento juguetón. Podría tomarse incluso esta pradera por un océano, porque es como un mar que no ofrece ninguna orilla, de tal manera que mi mirada, asombrada por haber llegado tan lejos sin descubrir el borde, envió vivamente hacia él a mi pensamiento, y mi pensamiento, dudando que fuera la extremidad del mundo, quería persuadirse de que estos lugares tan encantadores habían forzado al cielo a unirse a la tierra. En medio de un tapiz tan vasto y placentero corre con borbotones de plata una fuente rústica que corona sus bordes de un césped esmaltado de ranúnculos, de violetas y de otros cientos de pequeñas flores que parecen empujarse para ver quien se reflejará primero en las aguas. Está aún en la cuna, porque acaba de nacer, y su rostro joven y pulido no muestra ni una arruga. Los grandes círculos que forma, volviendo mil veces sobre sí misma, muestran que sale de su país natal con muchísimo pesar; y como si se sintiese avergonzada al verse acariciada cerca de su madre, rechazó murmurando mi mano que quería tocarla. Los animales que Ilegaban allí para aliviar su sed, más razonables que los de nuestro mundo, mostrábanse sorprendidos al ver que era completamente de día en el horizonte, en tanto que veían el sol en las antípodas y no osaban inclinarse sobre el borde por el miedo que tenían de caer en el firmamento. Es necesario confesar que a la vista de tantas cosas hermosas, me sentí estimulado por esos agradables dolores que dicen siente el embrión en la infusión de su alma. El viejo pelo se me cayó para hacer lugar a otros cabellos más espesos y más sueltos. Sentí mi juventud encenderse nuevamente, mi rostro sonrosarse, mi calor natural volverse a mezclar dulcemente con mi húmedo radical; finalmente, rejuvenecí alrededor de catorce años. Había caminado una media legua a través de un bosque de jazmines y mirtos, cuando descubrí, acostado a la sombra, algo que se movía; era un joven adolescente, cuya majestuosa belleza casi me forzó a la adoración. Se levantó para impedírmelo -¡No es a mí -gritó-, es a Dios a quien debes esas humildades! -Está viendo a una persona -le respondí-, consternada por tantos milagros que no sabe por dónde dar comienzo a sus admiraciones pues, viniendo de un mundo que ustedes seguramente toman por una luna, he creído llegar a otro que los de mi país Ilaman luna también; y he aquí que me encuentro en el paraíso, a los pies de un dios que no quiere ser adorado y de un extranjero que habla mi lengua. -Salvo la cualidad de Dios -me replicó-, del que no soy más que una criatura, lo que dices es cierto: esta tierra es la luna que ven desde tu planeta y este lugar por el que caminas es el paraíso, pero es el paraíso terrenal, al que sólo han entrado no más de seis personas: Adán, Eva, Enoch, yo que soy el viejo Elías, San Juan Evangelista y tú. Sabes bien cómo los dos primeros fueron desterrados de aquí, pero no sabes cómo llegaron a tu mundo. Debes saber, entonces, que luego de haber probado ambos la manzana prohibida, Adán, que temía que Dios, irritado por su presencia, recordase la promesa de castigarlo, consideró que la Luna, tu Tierra, era el único refugio donde podía ponerse al resguardo de las persecuciones del creador. "Ahora bien, en ese tiempo, la imaginación del hombre era tan poderosa que, porque no había sido corrompida en absoluto, ni por los excesos, ni por los alimentos crudos, ni por la alteración de las enfermedades, se excitaba por el violento deseo de alcanzar ese asilo, y su masa, habiéndose aligerado por el fuego de ese entusiasmo, fue arrebatada de la misma manera que se ha visto a los filósofos, cuando tienen la imaginación intensamente forzada hacia una cosa, ser elevados por los aires en arrobamientos que ustedes llaman éxtasis. Eva, a quien la t´aqueza de su sexo hacía más débil y menos cálida, sin duda, no habría tenido la imaginación tan poderosa para vencer, con la contención de su voluntad, el peso de la materia. Pero, como hacía poco que se había separado del cuerpo de su marido, la simpatía que aún ligaba esta mitad a su totalidad, la elevó hacia él a medida que subía, como el ámbar se hace seguir por la paja, como el imán vuelve al septentrión de donde fue arrancado, y atrajo a esta parte de sí mismo como el mar atrae a los ríos que han salido de él. En cuanto llegaron a la tierra, se instalaron entre la Mesopotamia y Arabia; los hebreos lo conocieron con el nombre de Adán; los idólatras con el de Prometeo, de quien los poetas dijeron que había arrebatado el fuego del cielo, ya que los descendientes que engendró estaban provistos de un alma tan perfecta como la que Dios le habia otorgado. "De esta manera, para habitar tu mundo, el primer hombre dejó este desierto; pero el Todopoderoso no quiso que una morada tan feliz quedase sin habitantes y permitió, pocos siglos después, que Enoch, hastiado de la compañía de los hombres cuya inocencia se corrompía, pudiese abandonarlos. Este santo personaje, sin embargo, no lo juzgó como un retiro seguro contra la ambición de sus parientes que ya se degollaban por el reparto del mundo, sino como la tierra bienaventurada, de la que anteriormente, Adán, su abuelo, le había hablado tanto. No obstante, ¿cómo llegar allí? ¡Todavía no se había inventado la escala de Jacob! La gracia del Altísimo lo ayudó, pues hizo que Enoch notase que el fuego del cielo descendía hacia los holocaustos de los justos y de los que eran agradables ante la faz del Señor, según las palabras de su boca: "El olor de los sacrificios del justo llega hasta mí". "Un día en que esta llama divina se dedicaba a consumir una víctima que ofrecía al Eterno, con el vapor que exhalaba llenó dos grandes jarras que cerró herméticamente y que se colocó bajo las axilas. De inmediato, el humo que tendía a elevarse derecho hacia Dios y que no podía sino por milagro penetrar el metal, empujó las jarras hacia lo alto, y de este modo se elevó con ellas este santo hombre. Cuando llegó hasta la Luna y posó la vista sobre este bello jardín, una expansión de alegria casi sobrenatural le hizo saber que era el paraíso terrenal donde su abuelo había vivido en otros tiempos. Desató rápidamente las vasijas que tenía ceñidas como alas alrededor de los hombros, y lo hizo con tanta fortuna que apenas estaba unos ocho metros encima de la Luna, cuando se despidió de sus aletas. Sin embargo, la elevación era bastante considerable como para herirse gravemente, si no hubiese sido por la amplitud de sus ropas, en las que el viento se precipitó y por el ardor del fuego de la caridad, que lo sostuvo hasta que hubo puesto los pies sobre la tierra. En cuanto a las dos tinajas, subieron hasta que Dios las engarzó en el cielo, donde permanecieron, y es lo que hoy llamamos La Balanza (Libra), que nos muestra todos los días que están aún llenas del olor del sacrificio de un justo, por las influencias favorables que inspiran sobre el horóscopo de Luis el Justo, que tuvo a Libra por ascendiente. "Enoch, sin embargo, no había llegado aún a este jardín, no llegó sino algún tiempo después. Fue entonces cuando desbordó el diluvio, porque las aguas, en las que tu mundo se sumergió, subieron hasta una altura tan prodigiosa que el arca bogaba por los cielos al lado de la Luna. Los humanos vieron el globo por la ventana, pero como el reflejo de este gran cuerpo opaco se debilitaba a causa de la proximidad del arca, que compartía su luz, todos creyeron que era una región de la tierra que no se había inundado. No hubo allí más que una hija de Noé, llamada Achab, quien, tal vez porque había notado que a medida que el navío se elevaba iban aproximándose a este astro, sostuvo a gritos que con seguridad se trataba de la Luna. Fue inútil explicarle que al arrojar la sonda no habían hallado más de quince codos de agua: respondió que el hierro había tocado el lomo de una ballena que tomaron por tierra y que, en cuanto a ella, estaba bien segura de que era la Luna en persona lo que iban a abordar. En fin, como cada uno opina según sus semejantes, todas las otras mujeres se le adhirieron de inmediato. Y así, a pesar de la prohibición de los hombres, lanzaron el esquife a la mar. Achab era la más temeraria: quería ser la primera en probar el peligro. Se lanzó alegremente dentro del bote y todas las de su sexo iban a seguirla, si no hubiera sido por que una ola separó al barco del navío. Por mucho que le gritaron, llamándola cien veces lunática, y protestando porque ella sería la causa de que un día se reprochase a todas las mujeres tener en la cabeza un cuarto de la luna, se burló de ellos, "Hela allí, bogando fuera del mundo. Los animales siguieron su ejemplo, ya que la mayoría de los pájaros que sintieron sus alas lo bastante fuertes para arriesgarse al viaje, impacientes por abandonar la primera prisión que hubo entonces limitado su libertad, partieron hacia allá. Unos cuadrúpedos incluso, los más valientes, se pusieron a nadar. Ya habían salido más de mil, antes que los hijos de Noé pudiesen cerrar los establos que el tropel de los animales que escapaban mantenían abiertos. La mayoría abordó el nuevo mundo. En cuanto al esquife, fue a dar contra una colina bastante agradable donde la generosa Achab descendió y, feliz de haber comprobado que en efecto esta tierra era la Luna, no quiso volver a embarcarse para reunirse con sus hermanos. "Habitó durante un tiempo en una gruta y un día, cuando paseaba, pensando si sentiría haber perdido la compañía de los suyos, o si se sentiría contenta de ello, vio a un hombre que recogía bellotas. La felicidad de semejante encuentro la hizo volar a abrazarlo, ella recibió abrazos recíprocos, porque hacía aún más tiempo que el viejo no veía un rostro humano. Era Enoch el Justo. Vivieron juntos y si no hubiera sido porque la naturaleza impía de sus hijos y el orgullo de su mujer lo obligara a retirarse a los bosques, habrían acabado de hilar juntos sus días con toda la dulzura con que Dios bendice el matrimonio de los justos. "Allí, todos los días, en los retiros más salvajes de esas espantosas soledades, este buen viejecito ofrecía a Dios, con espíritu purificado, su corazón en holocausto cuando, del árbol de la ciencia que sabemos que se halla en este jardín, una manzana que se había caído al río en cuya orilla está plantado el árbol, fue llevada a merced de las olas fuera del paraíso, hacia un lugar en el que el pobre Enoch solía pescar para sobrevivir. Esta bella fruta cayó dentro de su red, y él la comió. De inmediato supo dónde estaba el paraíso terrenal y por secretos imposibles de concebir en quien no hubiese comido como él la manzana de la ciencia, vino a morar aqut. "Ahora debo contar cómo llegué yo: No habrás olvidado, pienso, que me llamo Elías, porque ya te lo he dicho antes. Sabrás también que yo he estado en vuestro mundo y que vivía con Eliseo, un hebreo como yo, en las orillas del Jordán, donde llevaba entre los libros una vida bastante dulce para no extrañarla, aunque ya pasó. Sin embargo, cuanto más crecían las luces de mi espíritu, más crecía también el conocimiento de que no sabría nada jamás. Nuestros sacerdotes me recordaban al ilustre Adán sin que el recuerdo de su filosofía perfécta me hiciesen suspirar. Desesperaba de poder adquirirla, cuando un día, luego de haber hecho un sacrificio para la expiación de las flaquezas de mi ser mortal, me adormecí y el ángel del Señor se me apareció en sueños. En cuanto me desperté, me puse de inmediato a trabajar en las cosas que él me ordenara hacer; tomé aproximadamente dos pies cuadrados de imán que metí en un horno, luego, cuando ya había sido bien purgado, precipitado y disuelto, extraje el atractivo trozo calcinado y lo reduje al tamaño aproximado de una bola mediana. "Luego de estos preparativos, hice construir un carro de hierro bastante ligero y, varios meses después, cuando todas las máquinas estaban preparadas, entré en mi industriosa carreta. Posiblemente me preguntes para qué servían todos estos pertrechos. Debes saber que el ángel me había dicho en sueños que si quería adquirir una ciencia perfecta, tal como yo la deseaba, debía subir al mundo de la Luna, en donde encontraría, dentro del paraíso de Adán, el árbol de la ciencia. En cuanto hubiese probado su fruto mi alma se iluminaría con todas las verdades que una criatura humana es capaz de lograr. Ese es el viaje para el que había construido mi carro. AI final me subí y en cuanto estuve bien firme y bien instalado en el asiento lancé muy alto en el aire esa bola de imán. Entonces, la máquina de hierro que yo había hecho más maciza en el medio que en los bordes, se elevó de inmediato y en perfecto equilibrio, ya que se elevaba cada vez más rápidamente desde el centro. Así pues, a medida que llegaba hasta donde el imán me había atraído, volvía a lanzar la bola al aire por encima de mí. -Pero -interrumpí- ¿cómo hacíais para lanzar la bola tan rectamente por encima del carro, que no se encontraba nunca de lado? -No veo ninguna maravilla en esta aventura- me dijo-, ya que una vez lanzado el imán al aire atraía el hierro hacia sí y en consecuencia era imposible que subiera de lado. Incluso te puedo decir que, mientras tenía la bola en la mano, el carro no dejaba de ascender porque corría siempre hacia el imán que yo mantenía en alto, pero la arremetida del hierro por unirse al imán era tan violenta que me hacía doblar el cuerpo en dos, de manera que no me atrevía intentar más que una vez esta experiencia nueva. En verdad era un espectáculo bien asombroso, ya que el acero de esta casa volante que yo había pulido con mucho cuidado, reflejaba en todos los costados la luz del sol tan viva y brillantemente que yo mismo creía estar en medio del fuego. Finalmente, luego de haber lanzado la bola varias veces y haber corrido a su encuentro, llegué como tú a un punto a partir del cual comencé a caer hacia este mundo. En ese momento, mantuve la bola bien apretada entre mis manos, y mi máquina, cuyo asiento me empujaba para aproximarse al imán, no se separó de mí; el único temor que me quedaba era romperme el cuello, pero para evitarlo lanzaba la bola hacia atrás cada tanto, para que la violencia de la máquina fuese retenida por ella y aminorase su marcha, para que mi caída fuera menos dura, y así ocurrió, en efecto. Porque, cuando me vi a poca distancia de la tierra, lancé la pelota a todos los costados, ora para aquí, ora para allí, al nivel del carro, hasta que mis ojos descubrieron el paraíso terrenal. Inmediatamente la lancé de nuevo por el aire, por encima de mí, y como la máquina la siguiese, la abandoné y me dejé caer sobre la arena del otro lado, lo más suavemente que pude, de tal manera que el golpe no fue más violento que si hubiese caído de mi altura. "No describiré el asombro que me embargó a la vista de estas maravillas que están aquí dentro, ya que fue más o menos el mismo con el que acabo de verte consternado. Solamente diré que encontré al día siguiente el árbol de la vida, y que por medio de sus frutos ya no pude envejecer. Se consumió de inmediato e hizo salir a la serpiente hecha humo. Al oír estas palabras, dije: -Venerable y sagrado patriarca, me gustaría mucho saber qué entendéis por eso de que la serpiente fue consumida. Él, con rostro sonriente, me respondió así: -Olvidaba, hijo mío, descubrirte un secreto en el que seguramente nadie te ha instruido. Sabrás que desde que Eva y su marido comieron la manzana prohibida; Dios, para castigar a la serpiente que los habia tentado, la relegó dentro del cuerpo del hombre. No ha nacido después criatura humana que en castigo del crimen de su primer padre, no alimente a una serpiente en su vientre, nacida a su vez de esa primera. Ustedes las llaman tripas y las creen necesarias para las funciones de la vida, pero hay que saber que no son otra cosa que serpientes plegadas sobre sí mismas en varios dobleces. Cuando se oyen las entrañas sonar, es la serpiente que silba y que, siguiendo su naturaleza glotona con la que antiguamente incitó al primer hombre a comer demasiado, pide también de comer; porque Dios, que para castigarnos quiso hacernos mortales como los otros animales, nos hizo obsesionar por esta insaciable, a fin de que si le diéramos mucho de comer, nos ahogásemos, o bien que, cuando esté hambrienta y muerda el estómago con sus dientes invisibles al negársele su pitanza, grite, vocifere, vomite ese veneno que los doctores llaman bilis, y haga enardecer la sangre de tal manera, por el veneno que introduce en las arterias, que uno casi llegue a consumirse. En fin, para demostrar que las tripas son una serpiente que tienes en el cuerpo, recuerda que se encontraron unas en las tumbas de Escupalio, de Escipión, de Alejandro, de Carlos Martel y de Eduardo de lnglaterra, que aún se nutrían de los cedáveres de sus huéspedes. -En efecto-dije, interrumpiéndolo-, he notado como esta serpiente intenta siempre salir del cuerpo del hombre, y se ve la cabeza y el cuello salir por debajo del vientre. Pero Dios no ha permitido que el hombre fuese el único atormentado y ha querido que se dirigiese hacia la mujer para lanzarle su veneno, y que la hinchazón durase nuéve meses desde la picadura. Y para demostrarte que hablo siguiendo la palabra de Señor: El dijo a Ia serpiente, para maldecirla, que por mucho que hiciera tropezar a la mujer irguiéndose rígida ante ella, ésta, la mujer, le haría al fin bajar la cabeza. Quería continuar con estas tonterías, pero Elías me lo impidió: -¡Acuérdate, amigo mío -dijo-, que este es un lugar santo! *** Llegamos, al terminar esto, a una especie de ermita hecha de ramas de palmera ingeniosamente entrelazadas con mirtos y naranjos. Allí descubrí en un pequeño reducto unos montoncitos de un cierto filadiz tan blanco y delicado que habría podido pasar por el alma de la nieve. Vi también unas ruecas diseminadas por todas partes. Pregunté a mi conductor para qué servían: -Para hilar -respondió-. Cuando el buen Enoch quiere distraerse de la meditación, tan pronto prepara estos copos, como hila, como teje tela que sirve para cortar las camisas de las once mil vírgenes. Seguramente habrás visto alguna vez en tu mundo un no sé qué blanco que revolotea en otoño, cerca de la estación de la siembra; los campesinos lo llaman "algodón de Notre-Dame", pero es la borra que Enoch quita a su lino cuando lo carda. No nos detuvimos, ni nos despedimos de Enoch, a quien esta cabaña servía de celda, y lo que nos obligó a abandonarlo tan pronto fue que, cada seis horas, hacía oración, y hacía precisamente ese tiempo que había terminado la última. Supliqué en el camino a Elías que me contase la historia de las asunciones que había comenzado, y le dije que se había detenido, me parecía, en la de San Juan Evangelista. -Pues bien, como no tienes -me dijo- la paciencia de esperar a que la manzana de la sabiduría te enseñe mejor que yo todas las cosas, te las enseñaré de buen grado. "Resulta que Dios... En esto, no sé cómo se mezcló el Diablo; sea lo que fuere, no pude evitar interrumpir(o para bromear: -Me acuerdo -dije-. Dios notó un día que el alma de este evangelista estaba tan suelta que no la retenía más que a fuerza de apretar los dientes, y la hora en que había previsto que sería elevada hasta aquí ya casi había llegado, de manera tal que no teniendo tiempo de prepararle una máquina, se vio obligado a traerlo aquí rápidamente sin tener tiempo para conducirlo como correspondía. Elías, durante este discurso, me miraba con ojos capaces de matarme, si hubiese sido posible matarme de otro modo que de hambre. -Abominable-me dijo, retrocediendo-, tú que tienes la imprudencia de bromear sobre cosas santas, al menos no lo harías impunemente si el Todopoderoso no quisiese dejarte como famoso ejemplo de su misericordia ante las naciones. Vete lejos de aquí, impío, ve a publicar en este pequeño mundo y en el otro, ya que estás predestinado a volver allí, el odio irreconciliable que Dios siente por los ateos. Apenas hubo terminado esta imprecación, me agarró y me condujo ásperamente hacia la puerta. Pronto llegamos cerca de un gran árbol cuyas ramas cargadas de frutos se curvaban casi hasta tocar la tierra: -He aquí el árbol de la Sabiduría -me dijo-, del que habrías extraído luces inconcebibles si no fuera por tu irreligiosidad. No había terminado estas palabras, cuando fingiendo languidecer de debilidad me dejé caer sobre una rama de la que sustraje diestramente una manzana. Faltaban varios pasos para que pusiese el pie fuera de éste delicioso parque; sin embargo el hambre me apuraba con tanta violencia que me hizo olvidar que estaba en manos de un profeta enfurecido. Eso hizo que sacara una de esas manzanas con que había llenado mi bolsillo, en la que clavé los dientes. Pero en lugar de tomar una de las que Enoch me había regalado, mi mano agarró la manzana que había cortado del árbol de la ciencia y a la que, por desgracia no le había sacado la cáscara. Apenas la había probado cuando una espesa nube cayó sobre mi alma; no vi a nadie alrededor de mí, y mis ojos no pudieron reconocer en todo el hemisferio ni un rastro del camino que había recorrido, y con todo, no dejaba de recordar lo que me habia sucedido. Cuando más tarde reflexioné sobre este milagro, pensé que la cáscara del fruto que había mordido no me había atontado por completo, a causa de que mis dientes al atravesarla, sintieron un poco del jugo que recubría, cuya energía había disipado lo maligno de la cáscara. Quedé muy sorprendido al verme solo en medio de una región que no conocía en absoluto. Por mucho que pasease la mirada y recorriese todo el campo, ninguna criatura se ofrecía para consolarla. Por fin, resolví caminar hasta que la Fortuna me hiciese encontrar la compañía de algunos animales o bien, de la muerte. Esto me fue concedido, porque al cabo de medio cuarto de legua encontré dos animales bastante grandes, uno de los cuales se detuvo ante mí, y el otro se alejó ligeramente a su refugio (al menos eso creí yo), porque al poco tiempo lo vi volver acompañado por setecientos u ochocientos seres de la misma especie que me rodearon. Cuando pude distinguirlos de más cerca, comprobé que tenían la talla y el aspecto que tenemos nosotros. Esta aventura me hizo recordar a lo que antaño había oído contar a mi nodriza, sobre las sirenas, los faunos y los sátiros. De vez en cuando lanzaban gritos tan furiosos, causados sin duda por la admiración de verme, que creí casi haberme convertido en un monstruo. Finalmente, una de estas bestias-hombres, que me había agarrado por el cuello como hacen los lobos cuando se llevan a los corderos, me arrojó sobre su espalda y me llevó hasta la ciudad, en la que me asombré más que antes, cuando reconocí que en efecto, eran hombres, al ver que no había ni uno que no caminase en cuatro patas. Cuando esta gente me vio tan pequeño (ya que la mayoría de ellos miden doce codos de alto); y vio mi cuerpo sostenido sólo por dos pies, no pudieron creer que yo fuese un hombre, pues insistían en que, como la naturaleza le había dado al hombre dos piernas y dos brazos, éste debía servirse de ellos como las bestias. Y, en efecto, pensando entonces allá arriba, me di cuenta de que esta situación no era en absoluto tan extravagante, al recordar que los niños, cuando no tienen más instrucción que la de la naturaleza, caminan en cuatro patas, y no dejarían de hacerlo si no fuera por los cuidados de sus nodrizas que los enderezan en pequeños carritos y les atan unas bandas de cuero para evitar que caigan en cuatro patas, como si fuera la única sustentación en la que nuestra masa se inclina a descansar. También decían (algo que después me hice explicar) que, sin lugar a dudas, yo era la hembra del animalito de la reina. Así fui, en calidad de eso o de otra cosa, conducido directamente al palacio de la ciudad, donde noté, por el murmullo y los gestos que hacían tanto el pueblo, como los magistrados, que se consultaban sobre lo que yo podía ser. Cuando hubieron conferenciado durante largo tiempo, un cierto ciudadano que coleccionaba animales extraños, suplicó a los concejales que me pusieran bajo su custodia, esperando que la reina me enviase a buscar para vivir con mi macho. No opusieron ninguna dificultad, y este saltimbanqui me llevó a su alojamiento, donde me enseñó a hacer de bufón, a dar volteretas, a hacer monerías y por las noches hacía pagar en la puerta un cierto precio a quienes querían verme. Pero el cielo, condolido por mis penas y cansado de ver profanar el templo de su amo, quiso que un día, en que estaba atado a una cuerda con la que el charlatán me hacía saltar para divertir a los papanatas, uno de los que me miraban, luego de haberme observado muy atentamente, me preguntó en griego quién era yo. Quede muy sorprendido al oir hablar en ese lugar como en nuestro mundo. Me interrogó durante algún tiempo, le respondí y de inmediato le conté en general toda la empresa y el éxito de mi viaje. Me consoló y recuerdo que me dijo: -¡Y bien, hijo mío! Tú cargas finalmente el peso de las debilidades de tu mundo. Hay un vulgo aquí como allí que no puede resistir el pensamiento de cosas a las que no está acostumbrado en absoluto. Pero debes saber que te tratan del mismo modo como lo haríais vosotros si alguno de esta tierra subiera hasta la tuya, con el coraje de decir que es un hombre. Tus doctores lo harían ahogar como un monstruo o como un mono poseído por el diablo. De inmediato me prometió que advertiría a la corte sobre mi desastre y agregó que en cuanto había oído los rumores que corrían sobre mí, había venido a verme y había reconocido que yo era un hombre del mundo al que decía pertenecer, que mi país era la Luna y que yo era galo. Todo esto lo supo porque anteriormente él había viajado y vivido en Grecia, donde era llamado "el demonio de Sócrates"; después de la muerte de este filósofo, había gobernado, e instruido en Tebas a Epaminondas. Más tarde, se había trasladado entre los romanos y la justicia lo había relacionado con el partido del joven Catón; que después de su muerte, se habría entregado a Bruto. Al igual que todos estos personajes, no habiendo dejado en este mundo en sus lugares más que el fantasma de sus virtudes, se retiró con sus compañeros a los templos y las soledades. -Por fin -agregó-, el pueblo de tu tierra se volvió tan estúpido y grosero que mis compañeros y yo perdimos todo el placer que antes nos daba instruirlo. Con seguridad has oído hablar de nosotros, porque nos llamaban oráculos, ninfas, genios, hadas, dioses, hogares, lémures, larvas, lamias, duendecillos, náyades, íncubos, sombras, manes, espectros y fantasmas. Abandonamos tu mundo bajo el reinado de Augusto, un poco después de aparecerme a Druso, hijo de Livia, que guerreaba en Alemania, y a quien prohibí pasar más allá. No hace mucho que llegué por segunda vez; hace cien años, fui comisionado para hacer un viaje allí. Anduve bastante por Europa y conversé con personas que tal vez hayas conocido. Un día, entre otros, me aparecí a Cardan cuando él estudiaba. Lo instruí en cantidad de cosas y en recompensa me prometió que testimoniaría a la posteridad a quién debía el conocimiento de los milagros que pensaba luego describir. Vi a Agrippa, al abate Tritème, al doctor Fausto, a La Brosse, a César y a una cierta cábala de jóvenes que el vulgo ha conocido con el nombre de "Caballeros de la Rosa-Cruz". A éstos enseñé multitud de artificios y secretos naturales, que sin duda los habrán hecho pasar, ante el pueblo, por grandes magos. También conocía a Campanella, fui yo quien le aconsejó, mientras estaba en la Inquisición, en Roma, que acomodase su aspecto y su cuerpo a las posturas comunes de aquellos a los que debía sondear el interior, para excitar en sí por un mismo fundamento, los pensamientos que la misma situación había hecho nacer en sus adversarios, pues así manejaría mejor su alma cuando la conociese. Comenzó por pedido mío, un libro, que titulamos De Sensu rerum. He tratado igualmente, en Francia, a La Mothe Le Vayer y a Gassendi. Este es un hombre que escribe tanta filosofía como el otro la vive. Conocí una importante cantidad de otras personas, que tu siglo considera divinos, pero no encontré en ellos más que bastante cháchara y mucho orgullo. "Luego, cuando viajaba desde tu país hacia Inglaterra para estudiar las costumbres de sus habitantes, encontré a un hombre, vergüenza de su país, porque ciertamente es una vergüenza para los grandes del Estado reconocer en él, sin adorarla, la virtud que en el reina. Para abreviar su panegírico: es todo espíritu, todo corazón y tiene todas las cualidades, de las cuales una sola era suficiente para señalar a un héroe: era Tristán el Ermitaño. Tendría que haberme cuidado de nombrarlo, porque estoy seguro que no me perdonará nunca esta equivocación... pero, como no espero volver jamás a tu mundo, quiero rendir a la verdad este testimonio de mi conciencia. En realidad, es necesario que te confiese que, cuando vi una virtud tan elevada, temí que no fuese reconocida. Por eso traté de hacerle aceptar tres frasquitos: el primero estaba lleno de aceite de talco; el otro de polvo de proyección y el tercero de oro potable, es decir, esa sal vegetativa con la que los químicos prometen la eternidad. Pero los rechazó con un desdén más generoso que el que empleó Diógenes cuando no quiso aceptar los elogios de Alejandro que fue a visitarlo a su tonel. En suma, no puedo agregar nada más en elogio de ese gran hombre, sino que es el único poeta, el único filósofo y el único hombre libre que ustedes tienen. Esas son las personas considerables con las que he hablado; todas las otras, al menos las que he conocido, están tan por debajo del hombre, que consideraría a algunos animales un poco por encima de ellas. "En cuanto a mi, no soy originario de tu tierra ni de ésta: he nacido en el Sol. Pero como a veces nuestro mundo se encuentra demasiado poblado, a causa de la larga vida de sus habitantes pues está casi exento de guerras y de enfermedades, cada tanto nuestros magistrados envían colonias a los mundos de los alrededores. Yo fui encomendado para viajar al tuyo y fui declarado jefe de la colonia que enviaba conmigo. Luego vine a la Luna, por las razones que te he dicho, y lo que hace que siga viviendo actualmente aquí, es que los hombres son amantes de la verdad, no se creen pedantes, los filósofos no se dejan persuadir sino por la razón, y por que a la autoridad de un sabio, ni la mayoría puede ponerla por encima de la opinión de un trillador de grano cuando éste razona tan reciamente. En una palabra, en este país, no hay más insensatos que los sofistas y los oradores. Le pregunté cuánto tiempo vivían, y me respondió: -Tres o cuatro mil años. Y continuó así: -Para hacerme visible como lo soy ahora, cuando siento que el cadáver que habito está casi consumido o que los órganos ya no ejercen sus funciones con bastante perfección, me introduzco en un cuerpo joven recientemente muerto. "Aunque los habitantes del sol no son tantos como los de este mundo, el sol rebosa a menudo, a causa de que el pueblo, por ser de un temperamento bastante cálido, es movedizo y ambicioso y se desgasta mucho. "Lo que te digo no debe parecerte una cosa sombrosa, porque, aunque nuestro planeta sea vasto y el tuyo pequeño, aunque no muramos sino después de cuatro mil años y ustedes después de medio siglo, debes saber que de todas maneras no hay tantas piedritas como tierra hay, ni tantas plantas, ni tantos animales; así no debe haber tantos demonios como hombres, a causa de las dificultades que hay para la generación de un compuesto tan perfecto. Le pregunté si eran cuerpos como nosotros, me respondió que sí, que eran cuerpos, pero no como nosotros ni como alguna otra cosa que estimásemos como tal, porque nosotros Ilamamos vulgarmente "cuerpo" a aquello que podemos tocar; que por lo demás no hay nada en la naturaleza que no sea material, y aunque ellos mismos lo fuesen, estaban obligados, cuando querían hacerse ver por nosotros, a tomar cuerpos proporcionados a lo que nuestros sentidos son capaces de conocer y que era eso sin duda esto lo que había. hecho pensar a mucha gente que las historias que se contaban sobre ellos no eran más que una consecuencia de la fantasía de los débiles, ya que no aparecían más que de noche. Y agregó que como estaban obligados a construir apresuradamente ellos mismos el cuerpo del que debían servirse, a menudo no tenían tiempo más que para hacerlos capaces de influenciar un solo sentido: tan pronto el oído como las voces de los oráculos, tan pronto la vista como los fuegos fatuos y los espectros, tan pronto el toque como los íncubos y las pesadillas. Como esa masa no era más que un aire espesado de tal o cual manera, la luz, con su calor, los destruía, como solemos ver que se disipa una niebla al dilatarse el aire. Tantas cosas hermosas como me explicaba, me hicieron sentir curiosidad por preguntarle sobre su nacimiento y sobre su muerte, si en el país del Sol el individuo venia al mundo por la vía de las generaciones, y si moría por el desorden de su temperamento, el quebrantamiento de sus órganos. -Hay poca relación -me dijo-, entre vuestros sentidos y la explicación de estos misterios. Os imagináis que lo que no podéis comprender es espiritual o no existe en absoluto, pero esta conclusión es falsa y una prueba de que hay en el universo quizás un millón de cosas que, para ser conocidas, necesitarían que vosotros tuvieseis un millón de órganos completamente distintos. Yo, por ejemplo, percibo con mis sentidos la causa de la atracción del imán por el polo, la del reflujo del mar y lo que el animal pasa a ser después de su muerte; vosotros no podriais llegar a estas altas concepciones sino por medio de la fe, porque os falta las proporciones de esos milagros, así como un ciego no podría imaginarse la belleza de un paisaje, el colorido de un cuadro y los matices del arco iris; o bien se los figurará probablemente como algo palpable como la comida, como un sonido, o como un olor. Por lo tanto, si quisiera explicarte lo que percibo por los sentidos que te faltan, te lo representarías como algo que puede ser oído, visto, tocado, olido o saboreado, y sin embargo no es nada de esto. Estaba en medio de su discurso, cuando mi titiritero se dio cuenta de que la concurrencia empezaba a aburrírse de mi jerga que no entendían y que tomaban por gruñidos no articulados. Se puso a tirar de mi cuerda más fuerte para hacerme saltar hasta que los espectadores, ahogados por la risa y con la seguridad de que yo tenía casi tanto espíritu como los animales de su país, se retiraron cada uno a su casa. La dureza de los malos tratos de mi amo se vio endulzada por las visitas que me hacía este demonio oficioso, pues en cuanto a hablar con quienes venían a verme, aparte de que me tomaban por un animal de los más enraizados en la categoría de los brutos, ni yo sabía su lengua, ni ellos entendían la mía, y juzguen en qué proporción; porque es necesario que sepan que sólo dos idíomas se usan en este país, uno que sirve para los grandes y otro que es específico del pueblo. El de los grandes no es más que una diferencia de tonos no articulados, más o menos semejantes a nuestra música, cuando no se ha puesto letra al ritmo, y es ciertamente una invención de conjunto bien útil y agradable, porque, cuando están cansados de hablar o cuando desdeñan prostituir su garganta en este uso, toman un laúd u otro instrumento del que se sirven tan bien como de la voz para comunicar sus pensamientos; de manera tal que a veces se encuentran grupos de hasta quince o veinte que discuten un punto de teología o las dificultades de un proceso por medio del concierto más armonioso con que se pueda halagar a los oídos. El segundo, que está en uso entre el pueblo, se ejecuta por medio del meneo de los m¡embros, pero no como tal vez uno se lo figure, ya que ciertas artes del cuerpo significan todo un discurso. Por ejemplo, al agitar un dedo, una mano, una oreja, un labio, un brazo, un ojo, una mejilla, hacen cada uno en particular una oración o un período con todas sus partes. Otros no sirven más que para nombrar palabras. como un pliegue en la frente, los diversos temblores de los músculos, el dar vuelta las manos, sacudir los pies, contorsionar los brazos. De esta manera, cuando hablan, con la costumbre que tienen de ir completamente desnudos, miembros acostumbrados a gesticular sus conceptos, se sacuden tan intensamente que no parece un hombre que habla, sino un cuerpo que tiembla. Casi todos los días, el demonio venía a visitarme y sus maravillosas charlas me hacían pasar sin enojo las violencias de mi cautiverio. Por fin, una mañana vi entrar en mi jaulita a un hombre que no conocía, que luego de lamerme bastante me tomó suavemente por la axila y, sosteniéndome con una de sus patas por miedo a que me lastimase, me colocó sobre su espalda, donde me hallé tan cómodo y tan a gusto que, a pesar de la aflicción que sentía al ser tratado como un animal, no me dieron ganas de escaparme; además estos hombres que andan en cuatro patas van a una velocidad muy distinta de la nuestra, ya que los más lentos atrapan a los ciervos en plena carrera. Sin embargo, me afligía demasiado no tener ninguna noticia de mi cortés demonio, y la noche de la primera jornada, en cuanto llegué al refugio, me paseaba por el patio del hospedaje esperando que la comida estuviese lista, cuando un hombre bastante joven y bello vino a reírse en mis narices y lanzó sus pies delanteros hacia mi cuello. Luego de que lo hube observado bastante, me dijo en francés: -¿Qué?, ¿no conoces más a tu amigo? Les dejo a ustedes imaginar lo que me pasó entonces. Realmente mi sorpresa fue tan grande, que a partir de este momento me imaginé que todo el planeta de la Luna, todo lo que me había ocurrido allí y todo lo que estaban viendo, no era más que encantamiento. Este hombre-animal, que era el mismo que me había servido de montura, continuó hablando: -Me habías prometido que los buenos servicios que te había prestado no los olvidaría jamás y sin embargo, ¡parece como si no me hubieras visto nunca! Pero viendo que permanecía tan sorprendido, agregó: -Y bien, soy el demonio de Sócrates Estas palabras aumentaron mi sorpresa, pero para hacerme entender, me dijo: -Soy el demonio de Sócrates que te divirtió durante tu prisión y que, para continuar con mis servicios para contigo, me he revestido el cuerpo con el que te traje ayer. -Pero interrumpí-, ¿cómo se puede hacer todo esto, si ayer eras de un tamaño extraordinariamente grande y hoy eres pequeño; si ayer tenías una voz débil y cansada y hoy la tienes clara y vigorosa y que, ayer eras un viejo canoso por completo y hoy eres un hombrejoven? ¿Cómo entonces? En lugar de ocurrir lo que en mi país, en donde los animales van de su nacimiento hasta la muerte, los animales de aquí van de la muerte al nacimiento y rejuvenecen a fuerza de envejecer. -En cuanto terminé de hablar con el príncipe -me dijo-, luego de haber recibido la orden de conducirte a la corte, fui a buscarte adónde estabas, y al traerte aquí sentí que el cuerpo en que habitaba estaba tan fuertemente agotado por el cansancio que todos sus órganos se negaban a las funciones ordinarias. De manera que averigüé el camino hacia el hospital, donde, al entrar encontré el cuerpo de un hombre bastante joven que acababa de morir a causa de un accidente extraño y sin embargo muy común en este país. Me aproximé, fingiendo percibir en él algún movimiento, y protestando ante los presentes, diciendo que no estaba muerto y que, lo que suponían como muerte era sólo un simple letargo. Entonces, sin que lo notaran, aproximé mi boca a la suya y entré en ella como un soplo. Así, mi viejo cadáver cayó y como si yo hubiese sido ese joven, me levanté, vine a buscarte, dejando allí a los concurrentes mientras gritaban ¡milagro! Nos vinieron a buscar para que fuésemos a la mesa y seguí a mi conductor hasta una sala magníficamente amueblada en la que, no obstante, no vi nada preparado para comer. Una ausencia tan grande de comida cuando casi yo perecía de hambre, me obligó a preguntarle dónde habían puesto los cubiertos. No escuché lo que me respondió, ya que tres o cuatro muchachitos, hijos del dueño, se aproximaron en ese instante y con mucha cortesía me despojaron hasta de la camisa. Esta nueva ceremonia me asombró tanto que ni siquiera me atreví a preguntar la causa de ella a mis hermosos ayudas de cámara, y no sé cómo mi guía, que me preguntó por dónde prefería comenzar, pudo sacarme estas dos palabras: "Una sopa" Pero apenas las hube pronunciado, sentí el olor del más suculento potaje que jamás conmovió el olfato del malvado rico. Quise levantarme de mi sitio para seguir la pista de estos vapores agradables, pero mi guardián me lo impidió: -¿Dónde quieres ir? -me dijo-, ya iremos a pasear, ahora es tiempo de comer, termina tu sopa y luego haremos traer otras cosas. -¿Y dónde diablos está esa sopa? -respondí (casi enfadado)-, ¿han hecho una apuesta, para burlarse de mí durante todo el día? -Pensaba -replicó-, que habrías visto, en la ciudad de la que venimos, a tu dueño o a algún otro, tomar sus comidas. Por eso no te dije nada sobre la manera de alimentarse aquí. Como todavía lo ignoras debes saber que aquí no se vive más que de olores. El arte de la cocina consiste en encerrar en grandes vasijas moldeadas expresamente la exhalación que sale de las comidas al cocerlas y cuando se han reunido varias clases y diferentes gustos, según el apetito de los comensales, se destapa la vasija en que el olor está guardado, luego de esto se destapa otra y así hasta que los invitados estén saciados. A menos que no hayas ya vivido de esta manera, nunca creerías que la nariz, sin dientes y sin garganta, haga, para alimentar al hombre, las veces de boca, pero quiero hacértelo entender por medio de la experiencia. Apenas hubo terminado de hablar, sentí entrar sucesivamente en la sala tantos vapores agradables y tan nutritivos que en menos de medio cuarto de hora me sentí completamente saciado. Cuando nos levantamos, dijo: -Esto no es una cosa que te deba causar mucha admiración, ya que no puedes haber vivido tanto sin haber observado que en tu mundo los cocineros, los pasteleros y los asadores, que comen menos que la gente de otra profesión, están sin embargo mucho más gordos. ¿De dónde procede su gordura, para ti, si no es de los olores que sin cesar los rodean, y que penetran en sus cuerpos y los alimentan? Además las personas de este mundo gozan de una salud bastante menos interrumpida y más vigorosa, porque el alimento casi no engendra excrementos, que son el origen de casi todas las enfermedades. Posiblemente te has sorprendido cuando antes de la comida te desvistieron, porque esta costumbre no es propia de tu país, pero así es la moda de éste y aquí es así para que el animal sea más permeable a los olores. -Señor -repliqué-, hay apariencia de verdad en lo que dices, y yo mismo acabo de experimentarlo en cierta medida, pero le confesaría que, al no poder desbrutalizarme tan rápidamente, me alegraría mucho sentir un trozo palpable entre mis dientes. Me lo prometió, y sin embargo sería para el día siguiente, porque me dijo que comer inmediatamente después de la cena me produciría una indigestión. Conversamos todavía algún tiempo, y luego subimos a los cuartos para dormir. Un hombre en lo alto de la escalera se presentó a nosotros y, luego de observarnos atentamente, me llevó a una cámara cuyo piso estaba cubierto de azahares hasta una altura de tres pies, y llevó a mi demonio a otro cuarto lleno de claveles y jazmines. Viendo que yo parecía asombrado ante esta magnificencia, me dijo que esas eran las camas del lugar. Por fin, nos acostamos cada uno en su habitación, y en cuanto me extendí sobre las flores vi, al resplandor de una treintena de luciérnagas encerradas en un frasco de cristal (porque no se usan otras candelas), a esos tres o cuatro jovencitos que me habían desvestido á la hora de cenar. Uno de ellos se puso a acariciarme los pies, otro los muslos, otro los brazos y todos con tanta gracia y tantas del icadezas que en menos de un momento me sentí adormecer. *** Al día siguiente, vi entrar a mi demonio junto con el sol. -Quiero cumplir mi palabra -me dijo-: desayunarás más sólidamente que en la cena de anoche. Ante estas palabras, me levanté y me condujo de la mano por detrás del jardín de la casa, donde uno de los hijos del huésped nos esperaba con un arma en la mano muy parecida a nuestro fusiles. Preguntó a mi guía si yo quería una docena de alondras, porque los chimpancés (creía que yo era uno de ellos) se alimentaban de esa carne. Apenas respondí que sí, que el cazador descargó un tiro y veinte o treinta alondras cayeron a nuestros pies, completamente asadas. He aquí, pensé de inmediato, lo que en nuestro mundo es un proverbio, sobre un país en que ias alondras caen ya asadas. Sin duda alguien había vuelto de aquí. -No tienes más que comer -me dijo mi demonio-, aquí tienen la habilidad de mezclar entre la pólvora y el plomo cierto compuesto que mata, despluma, asa y condimenta la presa. Recogí algunas y las comí confiando en su palabra, y en verdad que en mi vida había probado nada tan delicioso. Luego de este desayuno, nos dispusimos a partir y con mil gestos de los que se valen para demostrar el afecto, el huésped recibió un papel de mi demonio. Le pregunté si era un pagaré por el valor del importe. Me respondió que no, que ya no le debía nada y que eso eran unos versos. -¿Cómo, versos? -repliqué-, ¿los tabemeros de aquí son aficionados a las rimas? -Es -me dijo- la moneda del país, y el gasto que acabamos de hacer se estima que asciende a una sextina, que acabo de darle. No temía quedarme corto, porque aunque hubiésemos hecho una comilona de ocho días no habríamos llegado a gastar un soneto, y de ésos tengo cuatro en mi poder, junto con dos epigramas, dos odas y una égloga. -¡Ah! ciertamente dije para mis adentros-, he aquí la moneda de la que Sorel hace servirse a Hortensio en Francion, lo recuerdo. Es de aquí, sin duda de dónde robó la idea; pero, ¿de quién diablos pudo haberlo aprendido? Debe ser de su madre, ya que he oído decir que era lunática. ¡Y plugiera a Dios, le dije, que esto ocurriera en nuestro mundo! Conozco allí a poetas muy dignos que se mueren de hambre, y que comerían muy bien si se pagara a los posaderos con esta moneda. Le pregunté si esos versos servían siempre, aunque se los transcribiese, me respondió que no y continuó así: -Cuando se ha compuesto algo, el autor lo lleva a la Casa de la Moneda, en la que los poetas- jurados del reino tienen su sede. Allí, esos versificadores oficiales ponen las piezas a prueba no según su peso, sino por su ingenio. Es decir que un soneto no siempre vale un soneto, sino según el mérito de la obra y así, cuando alguien muere de hambre, siempre se debe a que no es más que un asno; las personas de talento siempre tienen buena comida. Yo admiraba, completamente extasiado, el orden inteligente de este país y él continuó de esta manera: Además hay personas que manejan sus posadas de una manera totalmente díferente. Cuando uno se va de su casa piden, en proporción a los gastos, un comprobante para el otro mundo, y en cuanto uno se los ha dado, lo inscriben en un registro que llaman las cuentas de Dios, más o menos en estos términos: "Item, el valor de tantos versos entregados tal día, a Fulano, que Dios debe reembolsar tan pronto como reciba los primeros fondos que se encuentran allí". Cuando se sienten en peligro de muerte, hacen cortar estos registros en trocitos y los tragan, porque creen que si no son digeridos de esta manera, Dios no los podría leer y no los recompensaría en absoluto. Esta charla no impidió que continuásemos caminando: es decir, mi guía en cuatro patas y yo a horcajadas sobre él. No detallaré más las aventuras que nos detuvieron en el camino, ya que al fin terminamos en la ciudad donde el rey tenía su residencia. No hice más que llegar cuando me condujeron al palacio, donde los nobles me recibieron con muestras de admiración más moderada que la expresada por el pueblo cuando había pasado por las calles. Pero la conclusión de que yo era, sin duda, la hembra del pequeño animal de la reina, fue también la de los nobles como lo había sido del pueblo. Mi guía me lo tradujo así y sin embargo, él mismo no entendía en absoluto este enigma, y no sabía quién era ese animalito de la reina, pero de inmediato se aclararon nuestras dudas, ya que el rey, poco tiempo después de examinarme, ordenó que lo trajeran, y una media hora después, lo vi entrar en medio de un grupo de monos que vestian gola y calzas. Era un hombrecito constituido casi totalmente como yo, ya que caminaba sobre dos piernas. En cuanto me vio, me abordó con un "criado de vuestra merced" Respondí a su reverencia casi en los mismos términos. Pero ojalá no nos hubiesen visto hablar, porque sintieron que su corazonada era verdadera, y este hecho no podía producir otro resultado, ya que aquél entre los asistentes que opinaba más a favor de nosotros, insistía que nuestra charla eran gruñidos que la alegria de volver a encontrarnos, nos hacía emitir, por instinto natural. Este hombrecito me contó que era europeo, nativo de Castilla La Vieja, había encontrado el medio de llegar a la Luna, donde estábamos ahora, por medio de unos pájaros que lo remolcaron. Al caer en manos de la reina, ésta lo tomó por un mono, ya que, por casualidad, allí visten a los monos a la española, y como a su llegada lo vio vestido de esta manera, no le quedaron dudas de que pertenecía a la especie. -Es necesario admitir -repliqué- que, luego de haber probado toda clase de vestimenta no encontraron otra más ridícula, que es solamente por esta causa por lo que los visten así, pues no mantienen esos animales más que para divertirse. -Esto es desconocer -replicó-, la dignidad de nuestra nación, en favor de quien el universo no produce hombres más que para darnos esclavos y para quien la naturaleza no podría engendrar más que motivos de risa. De inmediato me suplicó que le enseñara cómo había osado aventurarme azarosamente hacia la Luna con la máquina de la que yo ya le había hablado. Le respondí que era porque él se había llevado todos los pájaros con los que yo pensaba llegar hasta allí. Sonrió por esta ironía y, aproximadamente un cuarto de hora después, el rey ordenó a los cuidadores de los monos que nos llevasen, con la orden expresa de hacernos dormir juntos, al español y a mí, para hacer multiplicar en su reinado nuestra especie. Se ejecutó, al pie de la letra la voluntad del príncipe, con lo cual me sentí muy contento por el placer que me daba tener a alguien con quien hablar durante la soledad de mi embrutecimiento. Un día, mi macho (ya que me tomaban por su hembra) me contó que lo que le había obligado recorrer toda la tierra y por fin abandonarla para dirigirse a la Luna, era que no había podido encontrar un solo país donde al menos la imaginación fuese libre. -Mira -me dijo-, a menos que Ileves mitra, cualquier cosa que digas, por hermosa que sea, si está en contra de los principios de los doctores de pacotilla, serás un idiota, un loco (o algo peor aún). En mi país han querido someterme a la Inquisición porque en las barbas de unos pedantes sostuve que existía el vacío en la naturaleza y que no conocía en el mundo ninguna materia que fuese más pesada que otra. Estas eran algunas de las cosas con las que nos divertíamos para pasar el rato, ya que este pequeño español tenía un alegre temperamento. Nuestra conversación, sin embargo, no tenía lugar más que de noche, ya que desde las seis de la mañana hasta el atardecer la gran muchedumbre que venía a contemplamos nos hubiera distraído; algunos nos lanzaban piedras, otros nueces, otros un poco de pasto. No se hablaba más que de los animales del rey. Nos servían nuestra comida todos los días a la misma hora y la reina y el rey venían en persona con frecuencia y se molestaban en palparme el vientre para controlar si engordaba, ya que ardían en deseos de tener una descendencia de estos animalitos. No sé si fue por haber estado más atento que mi pareja a sus muecas y a sus tonos, pero el asunto es que aprendí antes que él a entender su lengua y a balbucear un poco. Esto hizo que nos consideraran de otra manera, distinta a la de antes, y comenzó a correr por todas partes la noticia de que se había encontrado a dos hombres salvajes, más pequeños que los otros, a causa de la mala alimentación que habían tenido en la soledad, y que, por un defecto de la simiente de sus padres, no tenían las piernas delanteras lo suficientemente fuertes como para apoyarse en ellas. A fuerza de ser repetida, esta creencia se hubiera enraizado, si los sacerdotes del lugar no se hubieran opuesto a ella diciendo que era una terrible impiedad creer que no solamente unos animales, sino unos monstruos fueran de su especie -Habría más posibilidad-agregaban los menos apasionados- que nuestros animales domésticos participaran del privilegio humano de la inmortalidad por haber nacido en nuestro país, que un animal, monstruoso que se dice nacido, no sabemos dónde en la Luna; y además considerad la diferencia notable que hay entre nosotros y ellos. Nosotros andamos en cuatro patas, porque Dios no quiso confiar una cosa tan preciosa a una base tan poco firme y tuvo miedo de que, yendo de otra manera, le ocurriera al hombre alguna desgracia. Por eso se tomó el trabajo de asentarlo sobre cuatro pilares, para que no pudiera caer. Y desdeñando el ocuparse en la construcción de estos dos animales, los abandonó a los caprichos de la naturaleza, la cual, no temiendo la pérdida de tan poca cosa, no los apoyó más que sobre dos patas. "lncluso los pájaros -decían-, no fueron tan mal tratados como ellos, pues al menos recibieron plumas para compensar la debilidad de los pies y para lanzarse al aire en cuanto los despedimos de nuestras casas. Mientras que la naturaleza, al sacarle dos pies a estos monstruos, los ha puesto en estado de no poder escapar a nuestrajusticia. "Además; observen cómo tienen la cabeza vuelta hacia el cielo! Es la escasez de todas las cosas, en la que Dios los ha puesto, la que los ubica de esta manera, ya que esta postura suplicante testimonia que se quejan al cielo de Aquél que los ha creado, y que le piden permiso para vivir de nuestras sobras. Pero nosotros tenemos la cabeza inclinada hacia abajo, para contemplar los bienes que dominamos, como si no hubiese nada en el cielo por lo que nuestra feliz condición pudiese sentir envidia. Todos los días oía en mi alojamiento a los sacerdotes contar estos cuentos u otros parecidos. Finalmente sojuzgaron tan bien el espíritu de los pueblos sobre este punto, que fue decidido que yo pasaría de ser, como mucho, un loro sin plumas, ya que confirmaron a los persuadidos que yo, lo mismo que un pájaro, no tenía más que dos pies. Esto hizo que me pusieran en unajaula, por orden expresa del Alto Consejo. Allí, todos los días, el pajarero de la reina se tomaba el trabajo de enseñarme a silbar como se hace aquí con los estorninos. Estaba contento, realmente, porque no me faltaba comida. Entre tanto, con las tonterías con que los mirones me rompían los oídos, aprendí a hablar con ellos, de manera que, cuando estuve bastante acostumbrado al idioma como expresar mis opiniones, yo contaba las cosas más bellas. Y los asistentes no se entretenían más que con la gentileza de mis buenas palabras y con la estima en que se tenía a mi talento. Se llegó hasta el punto que el Consejo se vio obligado a publicar un bando en el que se prohibía creer que yo tuviese razón, con un mandato muy expreso a todas las personas, de cualquier calidad o condición que fuesen, para que pensaran que todo lo que yo pudiese lograr en el plano espiritual me era sugerido por el instinto. Sin embargo, la definición sobre mi ser partió la ciudad en dos fracciones. El partido que sostenía mi causa crecía día a día y finalmente a pesar del anatema y la excomunión de los profetas que intentaban por este medio asustar al pueblo, los que estaban a mi favor pidieron una asamblea de Estados, para resolver este problema religioso. Tardaron bastante tiempo en ponerse de acuerdo sobre la elección de los que opinarían; pero los árbitros pacificaron la animosidad designando un número de interesados igual al de ellos y ordenaron que me llevasen a la Asamblea. Así se hizo, y fui tratado tan severamente como pueda imaginarse. Los examinadores me interrogaron, entre otras cosas, sobre filosofia: expuse de muy buena fe todo lo que en otro tiempo mi preceptor me había enseñado, pero no tuvieron ningún problema en refutármelo por medio de razones verdaderamente convincentes. Cuando me vi completamente convencido, alegué como último argumento los principios de Aristóteles, que no me sirvieron mucho más que los sofismas; porque en dos palabras me descubrieron su falsedad. -Este Aristóteles-me dijeron-, de cuya ciencia te jactas tanto, acomodaba sin duda los principios a su filosofía, en lugar de acomodar su filosofía a los principios, y todavía debía probar que eran al menos más razonables que los de las otras sectas, cosa que no pudo lograr. Por lo cual el buen señor no se quejará si lo declaramos culpable. Por fin, cuando vieron que yo no murmuraba ya nada, sino que ellos no eran más sabios que Aristóteles, y como me habían prohibido discutir contra aquellos que negaban sus principios, concluyeron de común acuerdo que yo no era un hombre, sino posiblemente una especie de avestruz, porque llevaba como éste la cabeza en alto y caminaba en dos patas, y porque, finalmente, salvo un poco de plumaje, era parecido a él en todo. Tanto que ordenaron al pajarero que me llevase nuevamente a la jaula. Pasaba mi tiempo allí con gran placer, porque, como manejaba correctamente la lengua, la corte se divertía haciéndome hablar. Las doncellas de la reina, entre otros, ponían algunos restos en mi plato y la más amable de todas, que había Ilegado a sentir cierta amistad por mí, se sentía tan transportada de alegría, cuando en secreto, yo le descubría los misterios de nuestra religión, y principalmente cuando le hablaba de nuestras campanas y de nuestras reliquias, que me decía, con lágrimas en los ojos, que si alguna vez existiera la posibilidad de regresar a nuestro mundo, me seguiría de muy buena gana. *** Un día muy temprano, habiéndome despertado bastante sobresaltado, la vi golpear con los dedos los barrotes de mi jaula: -Alégrate -me dijo-, ayer en el Consejo se decidió concluir la guerra contra el Rey X. Espero que con el revuelo de los preparativos, mientras nuestro monarca y sus súbditos estén alejados, encontraré la ocasión de salvarte. -¿Cómo, la guerra? -la interrumpí-. ¿Hay enfrentamientos entre los príncipes de este mundo, como entre los del nuestro? Ah, te lo ruego: háblame de su manera de combatir. -Cuando los árbitros -respondió, elegidos al gusto de las dos partes, han designado el tiempo para armarse, el tiempo de la marcha, el número de combatientes, el día y el lugar de la batalla, y todo eso con tanta igualdad que no hay un solo hombre más en un ejército que en el otro. Los soldados tullidos de un bando están todos enrolados en la misma compañía y, en cuanto empieza la batalla, los mariscales de campo tienen el cuidado de enfrentarlos a los lisiados del otro bando. Los gigantes se enfrentan a los colosos, los esforzados a los hábiles, los valientes a los valerosos, los débiles a los endebles, los indispuestos a los enfermos, los robustos a los fuertes y si alguno intentara golpear a otro que no sea su enemigo señalado, a menos que pueda justificar que fue por equivocación, es condenado por cobarde. Luego de Ia batalla, se cuentan los heridos, los muertos, los prisioneros, ya que no hay en absoluto fugitivos. Si las pérdidas son iguales para unos y otros, se tiran a pajas, para ver quién se proclama vencedor. "Pero, aún cuando un reino haya vencido a su enemigo en la batalla, no ha avanzado casi nada, ya que hay otros ejércitos poco numerosos, de sabios y de personalidades de talento, de cuyos enfrentamientos depende enteramente el triunfo o la derrota de los estados. "Un sabio se enfrenta a otro sabio, un talentoso a otro talentoso y un inteligente a otro inteligente. Por otra parte, el triunfo que logra un estado de esta manera, se cuenta como tres victorias a fuerza abierta. Luego de la proclamación de la victoria se disuelve la Asamblea y el pueblo vencedor elige como rey al de los enemigos, o al suyo. No pude evitar reirme de esa manera escrupulosa de hacer las batallas y di como ejemplo de una política mucho más fuerte, las costumbres de nuestra Europa, donde el monarca no se preocupa de omitir ninguna de sus ventajas para vencer. Así me habló ella: -Explícame si tus príncipes -me dijo-, no justifican sus armamentos con el derecho de la fuerza. -Sí, lo hacen -repliqué-, y de la justicia su causa. -¿Por qué entonces -continuó-, no eligen árbitros no sospechosos; para ponerse de acuerdo? Y si se descubre que tiene tanto derecho uno como el otro, que se queden como estaban, o que jueguen a las cartas la ciudad o la provincia que disputan. Y a pesar de que hacen romperse la cabeza a más de cuatro millones de hombres que valen más que ellos, se quedan en sus gabinetes burlándose de las circunstancias de la masacre de esos papanatas. Pero me equivoco censurando así el valor de sus bravos súbditos; hacen bien al morir por su patria; ¡el asunto es importante, pues se rata de ser vasallo de un rey que lleva gola o de otro que usa cuello de encaje! -Pero -respondí-, ¿por qué todas esas circunstancias en el modo de combatir que tienen ustedes? ¿No es suficiente con que los ejércitos tengan el mismo número de hombres? -No tienes nada de juicio -respondió ella-. ¿Creerías, de verdad haber vencido en el campo a tu enemigo frente a frente, haberlo vencido en buena lid, si tuvieses una cota de malla y él no, si él no tuviese más que un puñal y tú un estoque; en fin, si él fuese manco y tú tuvieses dos brazos? No obstante, con toda la igualdad que tanto se recomienda a los gladiadores, nunca se batirán de modo parejo; ya que uno será alto y el otro bajo; uno será diestro, el otro no habrá nunca manejado una espada; uno será robusto, el otro débil; y aún cuando estas desproporciones sean leves, que sean tan hábiles y fuertes el uno como el otro, la lucha no será pareja, pues uno de los dos tendrá quizá más valor que el otro; y como este iracundo no considerará el peligro será bilioso, tendrá más sangre y el corazón más endurecido, con todas esas cualidades que hacen el coraje, como si no fuera lo mismo que una espada, que un arma que su enemigo no tiene. Entonces, en encargará de abalanzarse perdidamente sobre él, asustarle y quitarle la vida a este pobre hombre que preve el peligro, y cuyo calor se apagará en las mucosas, cuyo corazón es demasiado vasto como para unir las fuerzas necesarias para disipar el hielo que Ilaman "cobardía". Así, sueles alabar a un hombre por haber matado a su enemigo con ventaja, y al alabarlo por su valentía, lo alabas por pecado contra la naturaleza, porque su valor tiende a la destrucción. Y a propósito de esto, te diré que hace varios años se hizo una exhortación al Consejo de guerra, para que aportase un reglamento más circunspecto y más concienzudo en los combates. Y el filósofo que hizo el ínforme dijo esto: -Imagináis, señores, haber igualado totalmente las diferencias entre dos enemigos cuando los habéis elegido a ambos grandes, diestros, llenos de valor, pero aún no es suficiente, porque es preciso que el vencedor sobrepase por destreza, por fuerza, por suerte. Si ha sido por destreza, sin duda ha golpeado a su adversario en un lugar donde éste no lo esperaba o más rápidamente de lo que se podía esperar o, fingiendo atraparlo por un lado, lo ha atacado por el otro. Sin embargo, todo esto es hilar fino, es engañar, traicionar, y el engaño y la traición no deben formar parte del espíritu de un verdadero generoso. Si ha triunfado por fuerza, ¿diríais que su enemigo ha sido vencido, considerando que el vencedor ha usado la violencia? No, sin duda, como tampoco diríais que un hombre ha perdido la victoria porque lo agobió la caída de una montaña, porque no estaba en su poder detenerla. Del mismo modo aquél no ha sido sobrepasado, porque no se hallaba en ese Ànomento dispuesto a resistir las violencias de su adversario. Si ha sido por azar que dio con el enemigo por tierra, hay que coronar a la Fortuna y no a él: él no ha contribuido en absoluto, y rinalmente el vencido no es más culpable que un jugador de dados que, con dieciséis puntos, ve que otro logra dieciocho. "Le confesaron que tenía razón; pero que era imposible, según la esencia de lo humano, poner orden en eso, y que era preferible tolerar un pequeño inconveniente que abandonarse a otros cien de mayor importancia. Ella no me siguió hablando porque temía que la encontraran sola, conmigo, tan temprano. No porque en este país la impudicia sea un crimen; al contrario, excepto los culpables sentenciados, todo hombre tiene poder sobre toda mujer, y lo mismo una mujer podría llevar a un hombre ante la justicia si él la hubiese rechazado. Pero no se atrevería frecuentarme en público, según me dijo, porque los sacerdotes habían predicado durante el último sacrificio que eran principalmente las mujeres las que proclamaban que yo era un hombre, con el fin de cubrir con ese pretexto el deseo execrable que las quemaba de mezclarse con los animales, y de cometer conmigo sin vergüenza, pecados contra natura. Esto fue causa de que permaneciera largo tiempo sin verla y sin ver a ninguna otra muj er. Sin embargo, era evidente que alguien había avivado las discusiones sobre la definición de mi ser, ya que, cuando ya no esperaba más que morir en mi jaula, vinieron a buscarme una vez más para darme audiencia. Fui interrogado, en presencia de un gran número de cortesanos sobre algunos puntos de fisica, y mis respuestas, por lo que creo, no les satisficieron en absoluto, pues el que presidía me expuso bastante ampliamente sus opiniones sobre la estructura del mundo. Me parecieron ingeniosas, y si no fuera porque llegaba hasta su origen, que sostenía era etemo, yo hubiera encontrado su filosofia bastante más razonable que la nuestra. Pero en cuanto lo oí sostener una fantasía tan contraria a lo que la fe nos enseña, le pregunté qué podría responder a la autoridad de Moisés, y que ese gran patriarca había dicho expresamente que Dios había creado el mundo en seis días. Este ignorante no hizo más que reír en vez de contestarme. Esto me obligó a decirle que, ya que llegaban a ese extremo, yo comenzaba a creer que su mundo no era más que una Luna. -Pero-me dijeron todos-, estás viendo tierra, ríos, mares, ¿qué sería todo esto? -No importa-repliqué yo, Aristóteles asegura que esto no es más que la Luna, y si hubiérais dicho lo contrario en las aulas en las que yo estudié, los habrían silbado. Con esto soltaron una carcajada general. No hay necesidad de preguntarse si fue por su ignorancia. De todos modos, me condujeron a mi jaula. Los sacerdotes, entretanto, más furiosos que los otros, enterados de que me había atrevido decir que la luna de la que yo venía era un mundo, y que su mundo no era más que una luna, creyeron que esto les daba un pretexto bastante justo como para condenarme al agua: la manera de exterminar a los ateos. Para esto, fueron en grupo a presentar su queja al rey, quien les prometió justicia y ordenó que yo fuese puesto nuevamente en el banquillo de los acusados. Heme aquí, liberado por tercera vez. Entonces, el más anciano tomó la palabra y habló en mi contra. No me acuerdo ya de su discurso, porque estaba demasiado asustado como para recibir las palabras de su voz sin desorden y también porque para declamar utilizaba un instrumento cuyo ruido me aturdía: era una trompeta que había elegido especialmente, para que la violencia de ese sonido marcial enardeciese los ánimos a favor de mi muerte, y para que la emoción impidiese que el razonamiento cumpliese su oficio, como sucede en nuestros ejércitos, cuando el estruendo de las trompetas y de los tambores impide al soldado reflexionar sobre la importancia de su vida. Cuando terminó de hablar, me levanté para hacer mi defensa, pero fui dispensado de ello por una aventura que los va a sorprender. Apenas había abierto la boca, un hombre que con gran dificultad había logrado atravesar la multitud, se dejó caer a los pies del rey y se arrastró un largo rato sobre la espalda en su presencia. Este modo de actuar no me sorprendió, porque sabía que esa es la postura que adoptan cuando quieren hablar en público. Yo me guardé mi discurso y he aquí el que nos hizo oír él: -¡Justos! ¡Escuchadme! No podríais condenar a este hombre, este mono o este loro, por haber dicho que va Luna es un mundo de donde él venía, porque si este hombre aún cuando no hubiera venido a la Luna, ya que todos los hombres son libres, ¿no es también libre de imaginar lo que quiera? ¡Qué! ¿Podéis obligarlo a no tener sus visiones? Podríais forzarlo a decir que la Luna no es un mundo pero, sin embargo, él no lo creerá, ya que para creer algo es necesario que se le presenten a su imaginación ciertas posibilidades más grandes para decir que sí, que para decir que no. A menos que le facilitéis lo verosímil, o que venga por sí mismo a ofrecerse a su entendimiento, os dirá exactamente que cree, pero no por eso lo creerá. "Tengo los elementos necesarios para probarles que no debe ser condenado, si lo ubicáis en la categoría de los animales. "Porque, suponiendo que sea un animal sin razón, ¿tendríais vosotros razón de acusarlo de pecar contra ella? Ha dicho que la Luna era un mundo. Ahora bien, los animales no obran más que por instinto de la naturaleza, por lo tanto es la naturaleza la que le dice eso y no él mismo. Creer que esta sabia naturaleza que ha creado el mundo y la luna no sepa lo que es ella misma y que ustedes, que no tenéis más conocimiento que el adquirido de ella, lo sepáis con más certeza, sería bien ridículo. Pero, aún cuando la pasión os hiciera renunciar a los principios, y supusiérais que la naturaleza no guiara a los animales, al menos os debéis avergonzar por las inquietudes que os causan los caprichos de una bestia. En verdad, señores, si encontrárais un hombre de edad madura velando el orden de un hormiguero, ya para dar una bofetada a la hormiga que hace tropezar a una compañera, ya para encarcelar a otra que roba a su vecina un grano de trigo, ya para llevar a la justicia a otra que abandona sus huevos, ¿no estimaríais que es un insensato por ocuparse de cosas tan inferiores a él y por pretender someter a la razón a unos animales que no tienen uso de ella? ¿Cómo entonces, venerables pontífices, denominaríais al interés que tomáis por los caprichos de este animalito? ¡Justos, he dicho! En cuanto terminó, una especie de música de aplausos hizo resonar toda la sala, y después que todas las opiniones hubieran sido debatidas durante un largo cuarto de hora, el rey pronunció: Que de ahora en adelante, yo sería considerado hombre. Como tal, puesto en libertad, y que el castigo de ser ahogado sería modificado en una multa vergonzosa (ya que en ese país, no se habla de "multas honrosas"). La multa consistiría en desdecirme públicamente de haber sostenido que la Luna era un mundo, a causa del escándalo que la novedad de esa opinión podía originar en el alma de los débiles. Una vez pronunciada esta sentencia, me llevaron fuera del palacio, me vistieron, para mi ignominia, bastante magníficamente, me subieron a la tribuna de una magnífica carreta, y fui arrastrado por cuatro príncipes que se habían atado al yugo, y obligado a decir esto en las esquinas de la ciudad: "Pueblo, yo declaro que esta luna no es una luna; sino un mundo y que aquél mundo de allá no es un mundo sino una luna. Esto es lo que los sacerdotes estiman que debéis creer." Luego de haber gritado las mismas palabras en las cinco grandes plazas de la ciudad, vi a mi abogado que me tendía la mano para ayudarme a bajar. Me asombré mucho de reconocer, al mirarlo bien, a mi demonio. Estuvimos abrazándonos durante una hora. Al día siguiente, a eso de las nueve, vi entrar a mi demonio, que me dijo que venía del palacio, donde Z, una de las damas de la reina, lo habia mandado llamar. Le había preguntado por mí, insistiendo en que persistía en la idea de hablar conmigo, es decir, que de buena gana me seguiría si yo quisiera llevarla conmigo al otro mundo. -Lo que más me entusiasmó -continuó diciendo es que reconocí que el motivo principal de su viaje es hacerse cristiana. Así, le prometí ayudarla en su intento con todas mis fuerzas e inventar para ello una máquina capaz de transportar a tres o cuatro personas, en la que podrán irsejuntos hoy mismo. Voy a dedicar me seriamente a la ejecución de esta empresa: por eso, para que te diviertas mientras yo no estoy contigo, te traje un libro que aquí te dejo. Lo traje hace mucho de mi país de origen, se llama Los Estados e Imperios del Sol, con un agregado de La Historia de la Centella. Te doy también este otro libro, que estimo mucho más, es la gran Obra de los Filósofos, que ha sido escrita por uno de los seres más inteligentes del Sol. Prueba en ella que todas las cosas son verdaderas y explica la manera de unir físicamente las verdades de cada contradicción, como por ejemplo que el blanco es negro y el negro es blanco; que se puede ser y no ser al mismo tiempo; que puede haber una montaña sin valles, que la nada es algo y que todas las cosas que, existen no existen. Pero hay que notar que prueba todas estas insólitas paradojas sin ninguna razón capciosa o sofística. Cuando te hayas aburrido de leer, podrás pasear o conversar con el hijo de nuestro huésped. Su talento tiene muchos encantos, lo que no me gusta de él es que es impío. Si llegase a escandalizarte o a hacer, por medio de cualquier razonamiento, tambalear tu fe, no dejes de venir inmediatamente a contármelo, yo te resolveré las dificultades. Otro te ordenaría evitar su compañía cuando quiera filosofar sobre estos temas, pero como es extremadamente vanidoso estoy seguro de que tomaría esa fuga como una derrota y supondría que nuestras creencias no tienen fundamentos, si te niegas a escuchar las suyas. Recuerda que vives libremente. Me dejó diciéndome estas palabras, porque ese es el adiós con que en este país uno se despide de alguien, así como el "buen día" o "Soy su servidor" se expresan por medio de este cumplido: "Amame, sabio, porque yo te amo" Apenas salió, me puse a examinar atentamente mis libros y sus envases, es decir sus tapas, que me parecieron admirables por su riqueza, una estaba tallada en un único diamante, incomparablemente más brillante que los nuestros; la segunda parecía una monstruosa perla de este país partida al medio. Como no tengo ningún ejemplar, voy explicar el aspecto de esos dos volúmenes. Al abrir la caja, encontré dentro un mecanismo de metal casi igual al de nuestros relojes, lleno de no sé cuántos pequeños resortes y de máquinas imperceptibles. Es un libro en verdad, pero es un libro milagroso que no tiene ni hojas ni letras; en fin, es un libro donde para aprender, los ojos son inútiles, no se necesitan más que los oídos. Entonces, cuando alguien quiere leer, conecta con una gran cantidad de pequeños nervios esta máquina, luego gira la aguja sobre el capítulo que desea escuchar, y al mismo tiempo salen, como de la boca de un hombre o de un instrumento de música, todos los diferentes tonos que sirven, a la nobleza lunar, para expresar su lenguaje. Cuando más adelante reflexioné sobre ests milagrosa invención de hacer así los libros, no me sorprendí al ver que los jovencitos de ese país poseían, a la edad de dieciséis y dieciocho años, más conocimientos que las barbas grises de nuestro mundo, ya que, sabiendo leer al mismo tiempo que hablar, nunca les faltan lecturas. En su casa, de paseo, en la ciudad, de viaje, pueden tener en el bolsillo o colgados de la cintura una treintena de estos libros. Y no tienen más que conectar un resorte para oír sólo un capítulo, o bien varios, si tienen ganas de escuchar todo un libro: así uno tiene, eternamente alrededor de sí, a todos los grandes hombres, muertos y vivos, que os hablan a viva voz. Examinar el regalo me llevó más de una hora, luego salí a pasear, colgándome los libros en las orejas a modo de pendientes. Pero no había llegado a la esquina, cuando encontré un grupo bastante numeroso de personas tristes. Cuatro de ellos Ilevaban sobre los hombros una especie de féretro envuelto en un paño negro. Pregunté a uno de ellos qué significaba esa procesión parecida a las pompas fúnebres de mi país. Me respondió que ese malvado W.., marcado por el pueblo con una señal en la rodilla derecha, había sido hallado culpable de envidia e ingratitud, muriendo el día anterior. El Parlamento lo había condenado hacía más de veinte años a morir de muerte natural y en su lecho, y a ser enterrado después de su muerte. Me puse a reír ante esta respuesta y como me preguntó por qué, dije: -Me asombra usted, al decir que lo que es un signo de bendición en nuestro mundo, como la larga vida, la muerte apacible, una sepultura honorable, sirva aquí de castigo ejemplar. -¡Qué! ¡Ustedes toman la sepultura como un signo de bendición! -respondió este hombre-. ¡Y por la fe!, ¿pueden concebir algo más horroroso que un cadáver en mano de los gusanos que lo devoran, a merced de los sapos que le muerden las mejillas, en fin, la peste revestida con el cuerpo de un hombre? ¡Por Dios! ¡La sola imaginación de tener, aún estando muerto, eI rostro cubierto por una sábana y sobre la boca un poco de tierra me dificulta la respiración! Este miserable que ves llevar, además de la infamia de ser arrojado a una fosa, fue condenado a ser acompañado en su funeral por ciento cincuenta de sus amigos. A éstos, en castigo por haber amado a un envidioso e ingrato, se les ordenó asistir al sepelio con el rostro triste; y si los Jueces no hubieran sentido piedad, les habrían ordenado llorar. Excepto a los criminales, aquí se quema a todo el mundo: una costumbre muy decente y razonable, porque creemos que, una vez que el fuego separa lo puro de lo impuro, el calor se asimila, por simpatía, al calor natural que tiene el alma y, uniéndose con ella, le da la fuerza de elevarse constantemente. Así, subiendo hasta algún astro, tierra de pueblos más inmateriales que nosotros y más intelectuales, porque su temperamento debe responder y participar de la pureza del planeta donde habitan, y cuando esa llama radical se haya purificado más aún por la sutileza de los elementos de ese mundo, pasa a ser parte de uno de los habitantes de ese país ardiente. "De todas maneras, no es nuestro modo más bello de sepultar. Cuando uno de nuestros filósofos llega a una edad en que siente que su espíritu se reblandece y que el hielo de los años entorpece los movimientos de su alma, reúne a sus amigos en un banquete suntuoso. Luego de explicar los motivos que lo hacen resolverse abandonar la naturaleza y la poca esperanza que le queda de agregar algo a sus bellas acciones, se le otorga gracia, es decir, se le ordena la muerte o bien se le da una severa orden de vivir. Cuando, por pluralidad de votos, su soplo vital queda en sus propias manos, anuncia a sus seres más queridos el día y el lugar: éstos se purgan y se abstienen de comer durante veinticuatro horas. Cuando llegan a la casa del sabio y luego de hacer un sacrificio al sol, entran a la habitación en la que el generoso los espera, tendido en un lecho suntuoso. Todos quieren abrazarlo, y cuando llega aquél a quien más ama, luego de besarlo tiernamente, lo apoya sobre el vientre y juntando su boca con la del otro, con la mano derecha se clava un puñal en el corazón. El amante no separa sus labios hasta que lo siente expirar. Entonces, retira la daga de su seno y, cerrando con su boca la herida, traga la sangre hasta que otro toma su lugar, luego un tercero, un cuarto; finalmente todos los asistentes. Cuatro o cinco horas más tarde, se les presenta a cada uno una jovencita de dieciséis o diecisiete años y, durante los tres o cuatro días que pasan disfrutando de los placeres del amor, no se alimentan más que de la carne del muerto, que deben ingerir totalmente cruda, para que, si de estos abrazos nace un hijo, estén seguros de que es su amigo que revive. Interrumpí este discurso, diciendo al que hablaba que esas costumbres se parecían mucho a las de cierto pueblo de nuestro mundo, y continué con mi paseo, que fue tan largo que cuando regresé hacía ya dos horas que la cena estaba lista. Me preguntaron por qué había llegado tan tarde. -No ha sido mi culpa -respondí al cocinero que se quejaba-, pregunté varias veces por las calles qué hora era, pero nadie hizo más que abrir la boca, apretar los dientes y ladear la cara de costado. -¡Qué! -exclamaron todos-, ¿no sabías que esa es la manera en que te decían la hora? -¡Cielos! -respondí-. Por mucho que expusieran la nariz al sol, ¡yo no me enteraba! -Es una comodidad-me explicaron-, que sirve para vivir sin relojes. Con los dientes hacen un cuadrante tan justo que cuando quieren decir la hora a alguien, abren los labios y la sombra de la nariz que cae sobre los dientes, señala la hora exacta que el curioso quiere saber. Ahora, para que sepas porqué en este país todos tienen la nariz tan larga, entérate de que, en cuanto la mujer ha parido, la matrona lleva al bebé al prior del seminario y, justamente al cabo de un año, cuando se reúne los expertos, si su nariz es más corta que una cierta medida que tiene el síndico, se lo considera chato y es puesto en manos de una persona que le castra. Me preguntarás la causa de esta barbarie y cómo puede ser que nosotros, entre quienes la virginidad es un crimen, establezcamos continencias por la fuerza. Pero debes saber que lo hacemos después de haber observado, durante treinta siglos, que una gran nariz es el signo de un hombre espiritual, cortés, afable, generoso y liberal, y que una pequeña es señal de lo contrario. Por eso a los ñatos se los hace eunucos, porque la república prefiere no tener hijos antes que tenerlos semejantes a ellos. Aún estaba hablando cuando vi entrar a un hombre totalmente desnudo. Me senté de inmediato y me cubrí para honrarlo, porque esas son las señales de mayor respeto que se puedan dedicar a alguien en ese país. -El reino -dijo- desea que antes de regresar a tu mundo, adviertas a los magistrados, porque un matemático acaba de prometer al Consejo que, una vez que estés en tu mundo, y si quieres construir una máquina que él te mostrará, con ella podrá atraer tu planeta y unirlo a éste. Prometí que no iba a dejar de asistir. -Eh, te ruego -dije a mi huésped, cuando el otro se fue- que me digas por qué este enviado llevaba en un cinturón esas partes pudendas hechas en bronce. Esto yo ya lo había visto varias veces mientras estaba en la jaula, pero sin atreverme a preguntar, porque siempre estaba rodeado de las doncellas de la reina y temía ofenderlas si, en su presencia, llevaba la conversación sobre un asunto tan grosero. De modo que me respondió: -Las hembras de aquí, así como los machos, no son tan ingratas como para enrojecer a la vista de aquél que las ha forjado; y las vírgenes no tienen vergüenza de amar en nosotros, en memoria de su madre naturaleza, la única cosa que lleva su nombre. Debes saber además que la faja con que se ha honrado a este hombre, de la que cuelga, como medalla, la figura de un miembro viril, es el símbolo del gentilhombre, y la señal que distingue al noble del plebeyo. Esta paradoja me pareció tan extravagante que no pude retener la risa. -Esta costumbre me parece bastante extraordinaria-respondí-, porque en nuestro país la señal de nobleza es llevar la espada. Pero mi huésped, sin emocionarse, gritó: -¡Oh, mi pequeño hombrecito! ¡Qué! ¿los grandes de tu mundo están orgullosos de mostrar un instrumento que señala al verdugo, que no es forjado más que para destruirnos y que es el enemigo declarado de todo lo que vive? ¿Y esconden, al contrario un miembro sin el cual seríamos de la categoría de lo que no existe, el Prometeo de todo animal y el reparador infatigable de las debilidades de la naturaleza? Desgraciada región, en la que las marcas de la generación son ignominiosas y las de la destrucción son honorables. Además ustedes llaman a este miembro "partes pudendas", ¡como si hubiese algo más glorioso que dar la vida y nada más infame que quitarla! Durante todo este discurso no dejamos de comer, y en cuanto nos levantamos, salimos al jardín a tomar un poco de aire. La conversación y la belleza del lugar nos entretuvieron durante un rato pero como el más noble de los deseos que me cosquilleaba era el de convertir a nuestra religión a un alma tan elevada por encima del vulgo, lo exhorté mil veces a no llenar con cosas materiales ese hermoso genio que el Cielo le había proporcionado, a destacarse de la turba de los animales con ese espíritu capaz de Ia visión de Dios. En fin, que pensara seriamente en ver unirse algún día su inmortalidad al placer, más que a la pena. -¡Cómo! -me replicó, reventando de risa-, ¿crees que tu alma es inmortal a diferencia de la de los animales? Sin mentir, mi gran amigo, tu orgullo es bastante insolente. ¿Y con qué argumentáis esa inmortalidad humana, en perjuicio de la de los animales? ¿Será porque estamos dotados de razonamiento y ellos no? En primer lugar, te lo niego y te probaré cuando quieras que razonan como nosotros. Pero aunque fuese cierto que la razón nos hubiera sido distribuida como atributo y que fuese un privilegio solamente reservado a nuestra especie, hay que pensar que por eso Dios enriquece al hombre con la inmortalidad, porque ya le ha prodigado la razón? ¿Debo entonces, según esto, dar hoy a este pobre un ducado porque ayer le di un escudo? Tú mismo ves con claridad la falsedad de esta conclusión, y que, por el contrario, si soy justo, antes que dar una moneda al que ya le he dado un escudo, debo dársela al otro, puesto que nada ha recibido de mí. Es necesario pensar, mi querido compañero, que Dios, mil veces más justo que nosotros, no habrá entregado todo a unos, para no dejar nada a los otros. Si alegas el ejemplo de los primogénitos en tu mundo, que llevan en su herencia casi todos los bienes de la casa, te diré que es una debilidad de los padres que, queriendo perpetuar su nombre, saben que de este modo no se pierde o se desvanece en la pobreza. Pero Dios, que no es capaz de error, se cuidó mucho de cometer uno tan grande, y además, como no existe en la eternidad de Dios ni un antes ni un después, allí los segundones no son más jóvenes que los primogénitos. Confieso que este razonamiento me hizo vacilar. -Me permitirás -le dije- interrumpir en este punto, porque no me siento suficientemente seguro como para responderte. Voy a consultar la solución de este problema con nuestro común preceptor. Subí de inmediato, sin esperar su respuesta, a la habitación del hábil demonio y sin preámbulos, le expuse lo que acababan de objetarme con respecto a la inmortalidad de nuestras almas. He aquí lo que contestó: -Hijo mío, este joven alocado se apasiona por persuadirte de que no es posible que el hombre sea inmortal porque Dios sería injusto, El, que se dice padre común de todos los seres, por haber aventajado a una especie y abandonado en general a todas las otras a la nada o al infortunio. En realidad, estas razones son un poco confusas. ¿Y yo podría preguntarle cómo sabe que lo que es justo para nosotros también es justo para Dios? ¿Cómo sabe que Dios se mide con nuestra vara? ¿Cómo sabe que nuestras leyes y nuestras costumbres, que han sido instituidas para remediar nuestros desórdenes, sirven también para delimitar la omnipotencia de Dios? Iré más allá de estas cosas, con todo lo que tan divinamente han respondido los Padres de tu iglesia y te descubriré un misterio que aún no ha sido revelado. "Sabes, oh hijo, que cuando de la tierra se hace un árbol, del árbol un cerdo; del cerdo un hombre, no podemos entonces dejar de creer, ya que todos los seres en la naturaleza tienden a lo más perfecto, que aspiran a ser hombres, siendo esa esencia el logro de la más bella mezcla y de lo mejor imaginado que hay en el mundo, porque es lo único que logra la unión de la vida brutal y la angélica. Hay que ser pedante para negar que estas metamorfosis ocurren. ¿No vemos que un ciruelo, por el calor de su germen, como si tuviese una boca, succiona y dirige el césped que lo rodea, que un cerdo devora esa fruta y la hace parte de sí mismo, y que un hombre, al comer el cerdo. renueva el calor de esta carne muerta, la une a la suya y hace revivir a este animal bajo una especie más noble? Así ese gran pontífice que ves, con la mitra sobre la cabeza, tal vez hace sesenta años sólo era un montoncito de hierba en mi jardín. Entonces, siendo Dios el Padre común de todas sus criaturas y amándolas a todas igualmente, ¿no es bastante creíble que, después de que por esta metempsicosis más razonable que la pitagórica, todo lo que siente, todo lo que vegeta, toda la materia haya pasado por el hombre, entonces llegará el día del gran Juicio en el que los profeta toman como término de los secretos de su filosofia. Descendí muy satisfecho al jardín y comencé a recitar a mi compañero todo lo que nuestro maestro me acababa de enseñar, cuando llegó el cocinero para llevamos a cenar y luego a dormir. En cuanto me levanté, al día siguiente, fui a despertar a mi antagonista. -Es un milagro tan grande -le dije, abordándolo-, encontrar a un gran espíritu como el tuyo envuelto en el sueño, tan grande, como ver un fuego que no quema. Sufrió con este mal halago. -Pero -gritó, con una cólera apasionada de amor-, ¡aleja ya de tu boca y de tu razón esos términos fabulosos de "milagros"! Debes saber que esas palabras difaman el nombre de la filosofia y que como el sabio no ve nada en el mundo que no conciba y que no juzgue pueda ser concebido, debe aborrecer todas esas expresiones de milagros. de prodigios y de acontecimientos contra la naturaleza que han inventado los estúpidos para justificar las debilidades de su entendimiento. Creí entonces verme obligado a tomar la palabra para desengañarlo. -Aunque -le repliqué-, no creas en los milagros, éstos no dejan de ocurrir, y a menudo. Yo mismo he vísto algunos con mis propios ojos. He conocido a más de veinte enfermos curados milagrosamente. -Dices-interrumpió-, que esa gente fue curada por milagro, pero no sabes que la fuerza de la imaginación es capaz de curar todas las enfermedades que vosotros atribuís a lo sobrenatural, a causa de cierto bálsamo natural disperso en nuestros cuerpos, y que contiene todas las cualidadés contrarias a las de cada mal que nos ataca: lo que ocurre cuando nuestra imaginación, advertida por el dolor, es que va a buscar a cierto lugar del cuerpo el remedio específico y lo enfrenta al veneno. De ahí viene que un hábil médico de nuestro mundo pretiere aconsejar al enfermo que elija un médico ignorante que luego será tenido por muy hábil, antes de elegir a uno hábil al que luego se estimará ignorante. El se figura que nuestra imaginación, trabajando para nuestra salud siempre que sea ayudada con remedios, es capaz de curarnos, y sabe que los más poderosos son muy débiles, cuando la imaginación no los ayuda. "¿Te asombras de que los primeros hombres de nuestro mundo viviesen durante tantos siglos sin tener ningún conocimiento de medicina? No. ¿Y qué es, según tu parecer, la causa de esto, si no su naturaleza plena de fuerza y ese bálsamo universal que aún no se ha disipado por las drogas con las que tus médicos lo consumen? Para llegar a la convalecencia no tenían más que desearlo fuertemente e imaginarse que ya estaban curados. Así, su fantasía vigorosa, hundiéndose en este óleo vital, extrayendo el elixir y aplicando el activo al pasivo, los hacía encontrarse en un abrir y cerrar de ojos, tan sanos como antes. Esto es algo que, a pesar de la depravación de la naturaleza, no deja de hacerse aún hoy, aunque algo raramente, es verdad; pero, el vulgo lo atribuye a un milagro. Por mi parte, yo no lo creo en absoluto y me fundo en que es más fácil que todos esos doctores se equivoquen, antes de que ésto sea muy dificil de conseguir. Yo les pregunto: este enfermo, que acaba de ser curado, ha deseado fuertemente, durante su enfermedad coma es probable, verse sano y ha hecho promesas; de manera que era necesario o bien morir, o seguir enfermo, o curarse. Si hubiera muerto, dirían que Dios ha querido recompensarlo por sus dolores, o equívoca y maliciosamente dirían, que, oyendo las oraciones del enfermo, ha querido curarlo de todos los males; si hubiera seguido enfermo, dirían que es porque no tiene fe; pero como ha sido curado, no caben dudas de que se trata de un milagro. ¿No es más verosímil que su fantasía, excitada por violentos deseos de salud, haya hecho el trabajo? Porque quiere sobrevivir. ¿Por qué gritar milagro, si vemos morir a muchas personas, miserablemente, a pesar de sus promesas? ` -Pero, al menos -respondí-, si lo que dices de ese bálsamo es cierto, es una señal del raciocinio de nuestra alma, ya que, sin servirse de los instrumentos de nuestra razón y sin apoyarse en la ayuda de la voluntad, se sitúa fuera de nosotros y hace que se aplique el activo al pasivo. Ahora bien, si el hecho de estar separados de ella nos parece razonable, es necesario que ella sea un ente espiritual; y si aceptas que lo es, concluyó en que es inmortal, ya que la muerte no afecta al animal sino mediante el cambio de las formas, del cual solamente la materia es capaz. Este joven, entonces, se incorporó en el lecho y, luego de hacerme sentar, habló más o menos así: -En cuanto al alma de los animales, que es corporal, no me extraña que muera, dado que no es posible más que con una armonía de las cuatro cualidades, una fuerza de sangre, una proporción de órganos bien concertados. Pero me sorprende enormemente que la nuestra, intelectual, incorpórea e inmortal se vea obligada a salir de nosotros por la misma causa que hace perecer el alma de un buey. ¿Ha hecho un pacto con nuestro cuerpo de, cuando tuviera una estocada en el corazón, una bola de plomo en el cerebro o un disparo a través del cuerpo, abandonar de inmediato su morada perforada? ¡Entonces, faltaría a menudo al contrato, ya que algunos mueren por una herida de la que otros escapan! Sería necesario que cada alma tuviese un contrato particular con su cuerpo. Sin exagerar, ella que tiene tanto talento por lo que nos hacen creer, se pone muy furiosa por tener que salir de su morada cuando ve que al partir le van a adjudicar un lugar en el infierno. Y si esta alma fuese espiritual, razonable por sí misma, como dicen que es, tan capaz de inteligencia cuando está separada de nuestro cuerpo, que cuando está revestida de él, ¿por qué los ciegos de nacimiento, con todas las bellas ventajas de esta alma intelectual, no podrían imaginar cómo es ver? ¿Por qué los sordos no oyen? ¿Es porque aún no están privados, por la muerte, de todos sus sentidos? ¿Qué! ¿No podría yo entonces utilizar mi mano derecha a causa de que tengo una izquierda? Alegan, para probar que no podría actuar sin los sentidos, por más espiritual que sea, el ejemplo de un pintor que no podría hacer un cuadro si no tuviese pinceles. Sí, pero esto no quiere decir que el pintor que no puede trabajar sin sus pinceles, cuando los tenga, y haya perdido sus colores, sus lápices, sus telas y sus paletas, podrá hacerlo mejor. ¡Todo lo contrario! Cuantos más obstáculos se opongan a su labor, más dificil le será pintar. Sin embargo pretenden que esta alma que no puede actuar sino imperfectamente a causa de la pérdida de uno de sus útiles, en el curso de la vida, pueda entonces trabajar con perfección cuando, luego de la muerte, los haya perdido todos. Si me vuelven a repetir que no necesita de esos instrumentos para cumplir con sus funciones, contestaré que deben azotar a los ciegos del hospicio, que aparentan no ver nada. -Pero-le dije-, si nuestra alma muriese, como veo que quieres decir, la resurrección que esperamos no sería más que una quimera, porque sería necesario que Dios la volviera a crear, y eso no sería resurrección. Me interrumpió con un cabeceov -Eh, ¡Por los cielos! -gritó-, quién te ha ilusionado con esa quimera? ¡Qué! ¿Tú? ¡Qué! ¿Yo? ¡Qué! ¿Mi sirvienta resucitará? -No es -le respondí- un cuento inventado por placer; es una verdad indudable que te probaré. -Y yo -dijo-, ¡te probaré lo contrario! Para empezar, vamos a suponer que te comes a un mahometano; en consecuencia, lo conviertes en tu sustancia. ¿No es cierto que este mahometano, una vez digerido, se transforma una parte en carne, otra en sangre, otra en semen? Abrazas a tu mujer y con el semen extraído por completo del cadáver del mahometano, moldeas un pequeño cristiano. Te pregunto: ¿el mahometano tendrá su cuerpo? Si lo tiene, el pequeño cristiano no tendrá el suyo, ya que él no es más que una parte del cuerpo del mahometano. Si me dices que el pequeño cristiano tendrá su propio cuerpo, Dios habrá quitado entonces al mahometano lo que el pequeño cristiano ha recibido exclusivamente de él. Así ¡es totalmente necesario que a uno o al otro le falte el cuerpo! "Me responderás tal vez que Dios reproducirá un poco de materia para suplir al que no tenga suficiente. Sí, pero otra dificultad nos detiene, y es que el mahometano condenado, al resucitar, y al darle Dios un cuerpo nuevo a causa de que el suyo le ha sido robado por el cristiano, ya no será el mismo individuo porque el cuerpo solo o el alma sola no hacen un hombre, sino los dos juntos en un mismo sujeto. Pues el cuerpo y el alma son partes tan integrantes del hombre el uno como la otra, si Dios provee a este mahometano de un cuerpo que no sea el suyo, ya no será el mismo. Así Dios condena a un hombre que no ha merecido el infierno; así ese cuerpo ha vivido lujuriosamente, ha abusado criminalmente de todos sus sentidos y Dios, para castigar a ese cuerpo, echa a otro al fuego, el cual es virgen, es puro y nunca ha prestado sus órganos para cometer el menor de los crímenes. Y lo que sería aún más ridículo es que ese cuerpo mereciese a la vez el paraíso y el infierno ya que, en tanto es mahometano, debe ser condenado, y en tanto es cristiano, debe ser salvado. De manera que Dios no podría llevarlo al paraíso sin ser injusto, recompensando con gloria los males que merecería por ser mahometano y tampoco puede ponerlo en el infierno sin ser injusto, recompensando con muerte eterna la beatitud que merecia como cristiano. Entonces, es necesario, si quiere ser justo, que condene y salve eternamente a este hombre. Entonces, tomé yo la palabra: -No tengo nada que responder -dije- a tus argumentos sofisticos contra la resurrección, ya que es Dios quien lo ha dicho, Dios que no puede mentir. -No vayas tan rápido-me replicó-, ya llegaste a "Dios lo ha dicho" y antes de eso hay que probar que hay un Dios, cosa que yo niego rotundamente. -No me entretendré -dije- recitando las demostraciones evidentes que los filósofos expusieron para establecerlo: habría que repetir todo lo que han escrito hasta ahora los hombres razonables. Solamente te pregunto qué inconveniente hallas para creerlo. Estoy bien seguro de que no podrás pretextar ninguno. Ya que si lo crees, no puedas obtener más que utilidad de esa creencia, ¿por qué no te persuades? Porque si hay un Dios, además de no creerlo, estarás equivocado, habrás desobedecido al precepto que ordena creer en él y, si no lo hay, ¡no serás mejor que nosotros! -Sí, lo seré -me contestó-, seré mejor que ustedes, ya que si no existe, tú y yo estaremos ambos en el mismojuego; pero, si por el contrario existe, no habré podido ofender algo que yo creía inexistente, porque para pecar es necesario saber o querer hacerlo. ¿No ves que un hombre, aún siendo poco sabio, no se sentiría enojado ante la injuria de un bruto, si éste lo hubiera hecho sin intención, si lo hubiese tomado por otro o si hubiera sido el vino el que lo hizo hablar así? Con más razón, Dios, completamente inquebrantable, ¿se enojará con nosotros por no haberlo conocido, si es él mismo el que nos ha negado los medios de conocerlo? Pero, por los cielos, mi pequeño animal, si la creencia en Dios nos fuese tan necesaria, es decir si nos proporcionase etemidad, ¿Dios mismo no nos habría infundido a todos luces tan claras como las del sol, que no se esconde ante nadie? Porque suponer que ha queridojugar a las escondidas entre los hombres, hacer como los niñas: "Hiuju, ¡acá está!", es decir, ora esconderse, ora mostrarse, disfrazarse ante unos para manifestarse a otros, es haberse forjado un, Dios o tonto o malicioso, ya que si he logrado conocerlo por la fuerza de mi genio, es él el que merece el calificativo y no yo, y además porque podria haberme dado un alma y no los órganos imbéciles que me hicieron desconocerlo. Y si, por el contrario, me hubiera dado un espíritu incapaz de conocerlo, no sería culpa mía, sino de El, porque podría haberme dado úno mejor, con el que yo habría podido comprenderlo. Estas opiniones diabólicas y ridículas me provocaron un escalofrío en todo el cuerpo; comencé entonces a contemplar a este hombre con un poco más de atención y me asombré bastante al notar en su rostro un no sé qué terrible que aún no habia percibido: sus ojos eran pequeños y hundidos, la tez curtida, la boca grande, el mentón velludo, las uñas negras. -Oh, Dios -recordé de inmediato-, este miserable está ya condenado en esta vida y es posible incluso que sea el Anticristo del que tanto se habla en nuestro mundo. No quise sin embargo, descubrirle mis pensamientos a causa de la estima que tenía por su talento y en realidad, los favorables dones que la naturaleza había depositado en su cuna, que me habían hecho sentir una cierta amistad por él. De todos modos, no pude contenerme lo suficiente como para no explotar con imprecaciones que lo amenazaron con un mal fin. Pero él, contestando a mi cólera: -Sí, -gritó-, por la muerte... No sé qué quiso decir, porque, en ese momento, golpearon a la puerta de nuestra habitación y vi entrar un hombre negro, corpulento y totalmente velludo. Se aproximó a nosotros y, agarrando al blasfemo con toda su fuerza, se lo llevó por la chimenea. La pena que sentí por la suerte de este desgraciado me obligó a abrazarme a él para arrancarlo de las garras del etíope, pero era tan robusto que nos alzó a los dos, de tal modo, que en un momento, estábamos en las nubes. Ya no era el amor al prójimo lo que me obligaba a apretarlo fuertemente, sino el temor de caerme. Luego de haber pasado no sé cuántos días atravesando el cielo, sin saber qué sería de nosotros, me di cuenta de que nos aproximábamos a nuestro mundo. Ya distinguía Asia de Europa y Europa de Africa, ya mis ojos, al caer, no podían ir más allá de Italia, cuando el corazón me dijo que este diablo sin duda llevaba a mi huésped a los infiernos, en cuerpo y alma y que era por eso que pasaba por nuestra tierra, ya que el infierno está justamente en el centro de ella. De todos modos olvidé esta reflexión y todo lo que ocurrió después de que el diablo nos transportó, por el terror que me dio la visión de una montaña totalmente en llamas, que casi tocamos. Este ardiente espectáculo me hizo gritar "¡Jesús María!". Apenas había pronunciado la última letra cuando me encontré tendido sobre unos brazos, en la cima de una pequeña colina, con dos o tres pastores alrededor de mí, recitando letanías y hablándome en italiano. -¡Oh! -grité-, ¡Dios sea loado! Por fin encontré cristianos en el mundo de la Luna. Eh, díganme, amigos míos, en qué província de su mundo estoy ahora? -En Italia-me respondieron. -¡Cómo! -interrumpí-, ¿también hay una Italia en el mundo de la Luna? Había reflexionado tan poco sobre este incidente hasta ese momento, que no me daba cuenta que me hablaban en italiano y yo respondi en el mismo idioma. Cuando me desengañé por completo y nada me impidió reconocer que estaba de vuelta en este mundo, me dejé conducir adónde estos campesinos quisieron Ilevarme. Pero no habíamos llegado aún a las puertas de..., cuando todos los perros de la ciudad vinieron a precipitarse sobre mí y, si el miedo no me hubiese lanzado dentro de una casa, poniéndome a buen recaudo, habría sido infaliblemente devorado. Un cuarto de hora después, cuando descansaba en ese alojamientc, se oyó en los alrededores un sabbat producido por todos los perros del reino; desde el dogo hasta el maltés estaban aullando con furia horripilante, como si estuviesen festejando el cumpleaños de su primer Adán. Esta aventura causó no poca admiración en todas las personas que la precedieron, pero en cuanto disipé mis ensueños creados en torno a estas circunstancias, pensé inmediatamente que estos animales estaban enfurecidos conmigo a causa del lugar de donde yo venía. -Porque-decía para mis adentros-, como están acostumbrados a ladrar a la luna por el dolor que ella les provoca desde lejos, sin duda quisieron lanzarse contra mí porque huelo a luna y el olor les molesta. Para purgarme de ese feo olor, me expuse al sol totalmente desnudo sobre una terraza. Me tosté allí durante cuatro o cinco horas, al cabo de las cuales bajé. Y los perros, al no sentir ya la influencia que me había transformado en su enemigo, volvieron cada uno a su casa. Fui al puerto a preguntar cuando saldría un barco para Francia. En cuanto me embarqué, mi espíritu se dedicó a rumiar las maravillas del viaje. Admiré mil veces la Providencia de Dios que había aislado a esos hombres, naturalmente impíos, en un lugar en donde no pudiesen corromper a sus bienamados, y los había castigado por su orgullo, abandonándolos a su propia vanidad. Tampoco dudo que haya diferido hasta ahora el mandar a su predicador del Evangelio, porque sabía que iban a abusar de él y que esta resistencia no serviría más que para hacerles merecer un castigo más duro en el otro mundo. fin de "viaje a la luna" bajado de http://www.advance.com.ar/usuarios/trimegis e-mail: trimegisto@infovia.com.ar pp