Aristóteles, tal como
su maestro Platón, creía en una Tierra esférica y
quieta en el Centro del universo. También suponía
que las leyes de movimiento de los cielos eran
diferentes de las terrestres.
Dividía al universo en
dos zonas, la supralunar y la sublunar.
La primera abarcaba
todo aquello que se encontraba más arriba de la
Luna, incluyendo a la Luna misma. Su límite superior
consistía en una cáscara esférica centrada en la
Tierra que envolvía todo el universo.
Más allá no había
nada. Esta cáscara exterior era, además, el límite
del cosmos, el soporte material de las estrellas.
Poseía un movimiento
de rotación que explicaba el movimiento anual de las
estrellas.
Esta rotación, a su
vez, arrastraba a otras esferas interiores que eran
las encargadas de sostener a los restantes cuerpos
celestes: el Sol, los planetas y la Luna,
imprimiéndoles también un movimiento de giro
alrededor de la Tierra.
La otra región, la
sublunar, abarcaba desde la esfera de la Luna hasta
el centro de la Tierra.
La región supralunar
estaba constituida por una sustancia incorruptible y
eterna, pura y sin peso: el éter.
En cambio la materia de
la región sublunar estaba constituida por aire,
fuego, agua y tierra, las cuales se mezclaban y
recombinaban dando lugar a toda la variedad de
elementos que conocemos.
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