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¡Peligro en el tango!
Mujeres cantando
Percantas, grelas, percantinas;
papusas, paicas, namis, minas; sofaifas, naifas, milongas, milonguitas.
¿Habrá acaso otro género con tantas palabras
para nombrarlas? Hoy no le faltan una Victoria Morán
y una Patricia Noval y una Cristina Banegas y una Lidia Borda
y una Malena Muyala y una Liliana Herrero, que cantan todas
como ninguna
...me encontré de repente con que la intérprete
me devolvía un poema de aquello que yo no creía
que fuera más que un tanguito triste. No sé si
lloré, no sé si gocé; sólo recuerdo
que el corazón se me hacía nudos oyendo aquello
que ya no parecía mío.
Enrique Santos Discépolo |
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Los abandonos,
las pérdidas, las nostalgias, las desesperanzas, los ya imposibles
acasos, atraviesan como una faca todos los cancioneros. La música
del deseo y la memoria entreverados, medra en la tierra devastada
de los corazones a lo largo y a lo ancho de los tiempos y las lenguas.
Con certera sorna -y acaso con algo de envidia- Baudelaire escribió
en sus diarios acerca de un lirismo de los pobres. Justamente ese
mar de amores donde navegan, derivan o naufragan, el fado portugués,
la copla andaluza, el blues, o repertorios como los de Tom Jobim
o Edith Piaf. Pero ninguna música popular se ha identificado
tanto con los avatares del desamor como para ser definida por ellos
tal cual sucede con el tango, fiero bestiario de las formas del
adiós y de la ausencia. A tal punto, que el compositor argentino
Gerardo Gandini llegó a calificarlo a Frederic Chopin de
tanguero. La razón para endilgarle tamaño anacronismo,
es que el polaco -Chopin, no Goyeneche-, abandonado por una mujer,
juntó sus cartas envueltas con una cinta que ostentaba la
inscripción mi desgracia.
me gusta ese tajo
Además,
en el tango suele ser la mujer quien abandona / traiciona / hiere/
humilla: las mujeres siempre son las que matan la ilusión,
sentencia La casita de mis viejos, de Enrique Cadícamo. Y
no es una excepción esa línea. Las letras acostumbran
tratarlas a ellas con dureza: malvadas, calculadoras, pervertidas.
En los versos que se le dedican a tales arpías, el despecho
aprende a devenir crueldad: pelandruna abacanada, descolado mueble
viejo, juguete de ocasión... y en cualquier antología
siguen lindezas por el estilo. El derrotero que conduce las estrofas
desde la delectación morosa hacia el reproche, abunda en
imágenes táctiles: percal, raso, lamé, armiño.
Hay tantas telas nombradas en el tango como en catálogo de
Gath & Chaves. Comparaciones con pieles que ya no se puede acariciar
o que nunca se llegó siquiera a tocar. Exterioridades que
remiten a un adentro esquivo, ingobernable, y como a la pasada,
suelen subrayar los taconeos pecaminosos que llevan del percal -de
barrio, familiero y proletario- al malhabido armiño.
Las historias del género coinciden en que el tango canción
se afianza hacia 1915, y que uno de sus títulos pioneros
es Mi noche triste. Versos de Pascual Contursi sobre una música
de Samuel Castriota. Eso que cantó Gardel y arranca Percanta
que me amuraste / en lo mejor de mi vida / dejándome el alma
herida... También es ya un tópico glosar el machismo
tanguero. Otras lecturas pueden complementarlo o matizarlo. El abandono
por parte de la mujer amada, es un exilio que bien puede metaforizar
otro exilio: el de los inmigrantes que nutrieron al tango, tanos,
rusos, gallegos. Algo que una letra de Nicolás Olivari tematiza:
Con el codo en la mesa mugrienta / y la vista clavada en un sueño,
/ piensa el tano Domingo Polenta / en el drama de su inmigración
(La Violeta). Y luego, durante la década infame -según
arriesga José Pablo Feinmann en el ensayo Tangos de fin de
siglo-, la mina que se va, es, por decirlo de modo contundente,
la patria. Pocos hombres como los poetas tangueros sintieron que
vivían en una patria que no les pertenecía. Sintieron
que sus destinos se decidían siempre en otros lugares, lejos
de su voluntad. El mismo cruce entre desamparo existencial, frustración
amorosa y conciencia del sometimiento que campea en el título
de Scalabrini Ortíz: El hombre que está solo y espera.
Comprendemos que sin exilio del paraíso no habría
lenguaje. Los astutos animales nos saben incómodos habitando
este mundo de signos, escribió Rainer Maria Rilke en la Primera
Elegía del Duino, y no tenemos otra cosa que esa incomodidad.
¿Habría acaso canción si no existiera conciencia
de nuestras limitaciones, de la finitud de cualquier aspiración
humana, de la finitud del amor y de la vida misma?
La mitología no ha tratado a las mujeres mejor que el tango:
Arión, arrojado al mar tras un robo, fue rescatado por unos
delfines, admirados por la música de su lira. Orfeo, separado
por la muerte de su mujer Eurídice el mismo día de
la boda, descendió al averno para rescatarla. Los dioses,
embobados con la música -cuando no- de su lira, le permitieron
llevarla bajo condición de que no volvieran la mirada mientras
atravesaban el Tártaro. La gila de Eurídice, mujer
al fin, no hace caso, gira su cabecita y chau, de vuelta a la condena
eterna. Por suerte. Ya que gracias a esa desobediencia, a ese capricho,
podemos gozar una de las más hermosas arias de ópera
que se han escrito: Che faró senza Euridice, de Glück.
Un tangazo de aquellos. Al contrario de lo que suscitan Orfeo o
Arión con sus músicas, el canto de las sirenas pierde
a los hombres.
durazno
sangrando
La observación de Gandini acerca de Chopin, más
allá de lo anecdótico o lo risueño, es
de la mayor pertinencia. Conciertos, sonatas, estudios y preludios
aparte, el polaco trabajó mucho sobre géneros
que no son, a priori, géneros tristes, si no más
bien mundanos: valses, polonesas, mazurkas.Su música,
según el escritor Kazuo Ishiguro, celebra la vida sin
poder olvidarse de su fragilidad. ¿Acaso no sucede algo
así con el tango? |
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De
la consagrada definición discepoleana según la cual
es un sentimiento triste que se puede bailar, se ha tendido a olvidar
el irrenunciable componente de sensualidad. Tantas veces mejor percibido
por los extranjeros que por los propios argentinos. De allí
que empleen tantísimo al tango en películas, de Los
cuatro jinetes del Apocalipsis, con Rodolfo Valentino, a La lista
de Schindler, pasando por Gilda, con Rita Hayworth, o Una Eva y
dos Adanes, clásica comedia de Billy Wilder, con Marilyn
Monroe, en la que se escucha... ¡La Cumparsita!
Un episodio de la farándula -la genuina, la de Hollywood
en los años locos- ejemplifica esa apreciación del
tango como epítome de sensualidad. Louise Brooks cuenta en
sus memorias que la actriz Mayo Methoy -por entonces casada con
otro, pero futura esposa de Bogart-, en un exclusivo party, como
recurso de seducción dirigido a Bogey, fue acercándose
al fonógrafo, sin dejar de mirarlo de modo insinuante, y
puso... ¡Adiós muchachos! Pocas músicas -bien
lo saben Bertolucci o el sordo Buñuel- se prestan de tal
manera a acompañar los más intensos climax sentimentales.
Siguiendo la línea de Gandini, puede escucharse la Sinfonía
Fantástica del músico romántico francés
por excelencia, Hector Berlioz, como un tango hiperbólico
y alucinado. La obra intenta la traducción en música
de una serie de estados mentales que van de la soñadora melancolía,
matizada por irrupciones de euforia, a la pasión desbordada,
la rabia, los celos y la más honda desesperación.
Su programa refiere el encuentro de un artista con la mujer ideal,
hasta que ese encuentro se vuelve pesadilla y él, que ha
consumido opio para olvidarla, se ve en su propio funeral, rodeado
de brujas y monstruos, que festejan con una danza -presidida por
ella, por supuesto- que parodia el Dies Irae. Se trata de la primera
sinfonía explícitamente autobiográfica, dado
que el episodio al que su programa remite es el encuentro del mismo
Berlioz con la actriz shakespereana Harriet Stowe. Durante esa crisis,
Franz Liszt emplazó al inconsolable Berlioz: compusiste tu
sinfonía, olvidate de ella, cumplió su función...
Más o menos como si alguien le dijese a Homero Manzi gordo,
olvidate de Malena, ya te sirvió de inspiración, ¿qué
más te puede dar? ¿No habrá otro lugar para
las mujeres en el tango que ser objeto de amor-odio y recuerdo?
sirenas
Escasísimas fueron y son las compositoras de tango. No
es algo que pueda cargársele a lo (especialmente) machista
de su entorno, si no a generalizadas relaciones históricas
de poder, las cuales hicieron que en todos los campos de la
música sean tan pocas las que llenen pentagramas. Casos
tan célebres como extremos son los de aquellas relegadas
en su arte por atender a su hombre : Clara Schumann, Alma Mahler.
Mucho antes, en el siglo XI, Hildegard von Bingen pudo dedicarse
a la poesía y la música sólo porque era
abadesa de un convento bastante particular en el que las internas
-todas de origen noble- se consagraban a las artes y la filosofía.
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Tampoco
abundaron las instrumentistas y menos que menos las directoras de
orquesta. El lugar reservado para las mujeres fue el de cantantes.
Desde las tonadilleras de los inicios prostibularios, que se atrevían
a cantar cosas como Bartolo tenía una flauta, con un agujerito
solo... se llegó a las divas de los años ‘20
y ‘30: Ada Falcón, Azucena Maizani, Rosita Quiroga,
Sofía Bozán, Mercedes Simone, Tita Merello, cada una
de ellas con un estilo propio y reconocible.
Esas cantantes supieron hacer del tango, aparentemente tan hostil,
un cuarto propio. Ya sea gracias a letras en las que el objeto de
escarnio son los hombres -Dandy, Niño bien, Muchacho, Cobrate
y dame el vuelto- o a través de la ironía. Supieron
tomarse revancha, con humor y altura, ya sea en la voz de Mercedes
Simone cantando aquello de muchacho, que porque la suerte quiso,
vivís en el primer piso de un palacete central..., o en la
de Tita Merello, cuando con esa manera mucho más fácil
de parodiar que de imitar, zafada y a la vez sugerente, desafía
los que dicen que soy chueca no me han visto en camisón.
Buena parte de los títulos más significativos surgidos
por entonces fueron escritos para mujeres y/o estrenados por ellas.
En una audición radial de la época, Gardel le decía
a Azucena Maizani: Yo me habré puesto viejo y vos estarás
más gorda. Pero cantando tangos... ¡Primero nosotros,
petisa!”. Ese lugar de igualdad entre la voz y una cantante,
trasciende la estrategia publicitaria y vale como definición
cultural. Aunque, debe reconocerse, incluso las cantantes de más
éxito grabaron en general menos que sus colegas hombres.
Tras esa época dorada, la especie de las cancionistas bordeó
la extinción. En los ‘40 y ‘50 hubo un nuevo
cambio de ámbitos del tango: de los escenarios teatrales
o radiofónicos, a los bailongos, las milongas, los clubes.
Fueron los años de las grandes orquestas. Cada cual con sus
cantores, pero prácticamente no había voces femeninas.
El renacimiento de los ‘60 y ‘70 fue ambiguo: como si
las mujeres, para entrar en ese campo, debieran abandonar algunos
atributos. Voz ronca, cierta rudeza y mucho cigarrillo, parecían
indispensables. Como una excepción que confirmaba la regla,
surgida de un concurso televisivo, brilló -sobre todo en
versiones de tangos clásicos y a pesar de arreglos tan fechados
como su corte de pelo o su maquillaje- la malograda Rosanna Falasca.
Inmensos ojos celestes enmarcados por pestañas selváticas,
minifaldas y botas, en un mundo de peluquines.
Hoy, en parte definitoria gracias al arrojo de las protagonistas,
la situación se ha revertido. Abundan las instrumentistas
y hasta hay grupos íntegramente formados por mujeres. Surgieron
directoras de orquesta y compositoras. Y las cantantes han logrado
abrir cancha para un abanico de voces que va desde la soprano blanca
de una Lidia Borda, a la contralto trasnochada de Cristina Banegas,
para la diversidad de estilos que abraza desde los aires jazz-rockeros
de Patricia Noval, a las guitarras camperas que acompañan
a Victoria Morán. ¿Hay mejor aviso para los navegantes
del tango que la presencia desafiante de estas sirenas? Sin ellas,
no hay mar que sea mucho más que un charco demasiado grande.
Victoria
o el lino
De entrada sorprende la textura de la voz. Como de otro tiempo.
De victrolas. Como hecha para los valsecitos criollos. Y ella
misma confirma: “En mi familia siempre se escuchó
folklore, pero por parte de mis abuelos tengo una gran influencia
relacionada con el tango y los valsecitos, que me encantan”.
Desde el ‘96 se dedica profesionalmente a cantar. En la
elección del tango, pesó también su gusto
por la literatura: “Además de poder bailarse tiene
algo para decir. Cosas bellísimas como las de Manzi,
Discépolo, García Giménez”. |
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Gardel
está en el altar de sus preferencias, pero no el de las postales
más obvias, sino el que junto a Razzano tiene grabadas cuecas,
zambas, chacareras. “Nunca dejo de relacionar tango y folklore.
Me parece que están íntimamente ligados. Lo que a
mí me gusta más es la línea de cantores nacionales.
Descubrir a Nelly Omar fue descubrir el camino. Lo que yo quería
hacer, ese sonido criollo y campero”. De los cantantes actuales
no duda en mencionar a Lidia Borda. “Se ha tomado el trabajo
de rescatar un repertorio que ya no se cantaba. Y lo hace con un
gusto y un refinamiento increíbles”.
En su disco Aquellas cartas, la acompañan las guitarras de
Carlos Juárez y en algunos temas -como una hermosa versión
de Trenzas- el bandoneonista Antonio Pisano. Hoy pulsan las cuerdas
en sus presentaciones Julián Hermida, Omar Medina, Nicolás
Pacheco y Oscar Marcheti. También intervino en el espectáculo
y el disco Danza maligna, con la dirección de Andrés
Linetzky: “Fue fantástica esa experiencia, pero a mí
me sigue enamorando el formato con guitarras”.
Por su embarazo, debió rechazar ofrecimientos para salir
de gira: a Francia integrando el elenco de Danza Maligna, a Japón
con el guitarrista Juanjo Domínguez. Mientras tanto, aprovecha
para ir escribiendo “un musical de tangos como los que se
hacían antes” junto a Raimundo Marmori, su “representante
y compañero de aventuras”. Como un folletín
que trata de ir retratando una época y el paso del amor en
la vida de una mujer. “Queremos innovar desde el lado del
reencuentro con melodías que hace mucho no se escuchan. Aunque
quizás incorpore una milonga de uno de los guitarristas;
o tal vez meta yo algún valsecito”.
“A mí me gusta mucho desafiar al público cantándole
algo que desconoce. Porque está acostumbrado a ir a un recital
y que le canten una que sepamos todos… Cuando yo comencé
a hacer Aquellas cartas, le decía a la gente les voy a estrenar
un tango. Lo canté esa noche... realmente no lo conocía
nadie. ¡Un tango que cantaba Gardel!”, no deja de sorprenderse,
con esa voz de victrola, pero bien de hoy, de valsecito, pero modelo
2003, Victoria Morán.
Patricia o el raso
Dan ganas de imaginarla a sus doce años como un monstruito
de grandes rulos y ojazos claros, leyendo concentradísima
La crencha engrasada, de Carlos De la Púa, en una casa donde
sonaban Pugliese, Troilo, Piazzolla. Ella misma da pie para las
fantasías: “Mi padre era un tanguero de ésos
fanáticos. El intérprete que lo mataba era Goyeneche.
Me regalaba poesía lunfarda... Yo tenía contradicciones
con la gente de mi edad. En ese momento se escuchaba Sui Generis.
A mí el rock nacional me gusta mucho, ahora en casa suena
bastante la Bersuit por mis hijos, y yo escucho siempre Almendra,
que me encanta. Pero lo mío es el tango”.
En el ‘90 comenzó profesionalmente. Sus innovaciones
desde entonces no suelen pasar por los títulos: “Me
gusta el repertorio clásico. Me parece que la poesía
de Cadícamo, Homero Manzi, los hermanos Expósito,
no ha sido superada. Tocan los temas que involucran más al
hombre: el amor, el poder, la muerte. Uno escucha esos tangos treinta
años después de haberlos conocido y todavía
emocionan. De distinta manera, porque se trata de otro momento de
la vida, pero siguen emocionando”.
La primer pista de su primer compacto -Contramarca (2000)- puede
ser una experiencia terrible para oídos poco afectos a las
alquimias sonoras: Oro y plata, de Homero Manzi y Charlo, arranca
con guitarra eléctrica tirando a Mahavishnu Orchestra, batería,
y la murga uruguaya Falta y resto. Electricidad y percusión
recorren todo el disco. “La culpa es de Juan”, se ríe
ella. Es que puede afirmarse que canta con alma y vida, o por lo
menos, con uno de los pilares de ese grupo fundacional del jazz-rock
argentino: el guitarrista Juan Barrueco, autor de sorprendentes
arreglos que funcionan pasmosamente bien con la voz tanguerísima
de ella.
Sin embargo, para el segundo -Tangos brujos (2003)-, ya quiso otra
cosa: “Igual se puede ser original con una guitarra criolla.
Juan demostró que también así puede buscar
vueltas armónicas muy interesantes. Voy cada vez más
hacia lo acústico, que tiene una calidez tan especial. ¡Nada
que se enchufe!”, y se ríe, cómo se ríe.
“Para el próximo disco ya tengo cuatro o cinco temas.
Uno de ellos, un tangazo que tocaba Pugliese y cantaba Abel Córdoba:
Se tiran conmigo”. Uno se queda recordando esa parte de la
letra que dice la mina no quiere lola, se entreveró con un
gil… Tal vez recuerde algo así, mientras sonríe,
casi más con los ojos que con la boca, Patricia Noval.
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Cristina
o el lamé
De cerca, luce más pequeña, más frágil
de lo que su presencia escénica impone. Y la voz suena
fatigada. “Me gusta encarnar arrabaleras, sumergirme en
mundos de los excluídos y tratar de desentrañarlos”,explica,
como si fuera necesario justificar un pasaje de la actuación
al canto. Un pasaje que, si es tal, es de permanente ida y vuelta,
como sucedía con las mujeres cantantes de los ’20
y ’30. Aquellas a quienes estudió con amorosa minucia
a través de discos, películas, fotos. |
Cuando Juan José Saer publicó su policial-problema
La pesquisa, declaró no vuelvo a los orígenes con
la intención de parodiarlos, sino para ver qué nuevos
caminos pueden emprenderse desde ellos. Eso es lo que ella hace
con el tango. Sus discos pueden ser apreciados como obras de montaje
(incluso el primero -La morocha, de 1999, con dirección musical
del guitarrista Ubaldo de Lío- tuvo origen en una puesta
teatral). En ellos, en lugar de seguir la estrategia de volver sobre
las letras más poéticas, se bandea hacia los tangos
bajos, a los que es fiel de la mejor manera: subvirtiéndolos
con distancia, con humor, y con la proximidad a textos de Urondo,
Gelman, Macedonio Fernández, Luis Luchi, que si en su cercanía
pueden ser leídos como tango, a su vez modifican la recepción
de aquellos viejos títulos.
Liliana Herrero se ha planteado explícitamente no cederle
lo nacional a ciertos nacionalistas. Parafraseándola, puede
decirse que ella despega la criollez del conservador criollismo.
Es en tal sentido que sus discos son políticos. Deconstrucción
y reconstrucción, entonces, pero a la vez autobiografía
sentimental: esa contigüidad entre el poema Amor se fue, de
Macedonio Fernández, con la milonga que le dedicara a su
esposo muerto, Cacho Vázquez, el guitarrista Ubaldo De Lío,
resulta ejemplar al respecto. Pero de ese juego significante participa
cada tango, milonga o poema que en el torrente de la memoria, la
sangre recuerda, como ella misma escribe en la introducción
a La criollez (2003) .
Ahora cuenta de los discos que había en casa, cuando era
chica; Troilo y Grela, dice. Y pronuncia esos nombres como saboreando,
y la voz se le anima. Cuenta del canto en las reuniones familiares
, en los viajes. “Quiero encontrar quién habla en cada
tango. Quién es, qué le va pasando, desde que comienza
hasta que termina”, desgrana. Se para, piensa, dispara: “Cada
tango como una pequeña obra de teatro”, se entusiasma.
Y ahora ya sí, la voz puede ser a la vez cansada y firme,
frágil y poderosa, sensible y burlona, esa que nos acecha
desde los discos. La voz de Cristina la morocha Banegas.
Lidia o el percal
Estaban sentados en una habitación del hotel, mientras se
estiraban los minutos en la pálida mañana boreal.
¿Cuánto tiempo habrá que esperar?, preguntó
ella. El, primer violín del grupo, convocado como intérprete,
opinó: si es noruego, ya va a llamar. Sonaron campanadas
de todas las iglesias de Bergen, como en un cuento de hadas, y después,
el teléfono. No se trataba de una broma.
No mucho después -el 16 de octubre del 2002- estaba cumpliendo
con esa propuesta, estaba cantando en la reinauguración de
la biblioteca de Alejandría, cantando Será una noche
junto a su pianista. Al momento de los aplausos, quizás se
le hayan venido encima todos los recuerdos: las primeras giras por
Brasil, España, Portugal, con el cuarteto de Esteban Morgado;
las presentaciones en Alemania con su hermano Luis, guitarrista
y director musical del primer disco, Entre sueños (1997);
o aquella vez que el hermano le dijo vas a ver qué cantante
te hago escuchar, y se fueron en barra a La Taberna de Arturito,
en Parque Patricios, cerca de casa, donde asombrados, conmovidos
por Luisito Cardei, antes de su periplo triunfal de Chiclana pa’Corrientes,
no tocaban un raviol, una lasagna. Y su hermano que sale deschavándola,
mi hermana canta. La invitación de Luisito, su reconocimiento,
y las invitaciones que siguieron cuando él ya tenía
su sitio donde hay luces y hay tovén. La búsqueda
de repertorio en añejos discos de 78 r.p.m., Winco mediante,
con Luisito como baqueano. Los estudios de repertorio camarístico
francés con Guillermo Oppitz. Y alguno, olvidado de la historia,
que le dijo ¿con esa voz de soprano querés cantar
tango?
El Winco sigue ahí. Y ella, sentada en la cocina de casa,
recapitula: “Alguna vez me tentó el rock, me gustaba
escucharlo, pero no me veía en un escenario así. Además
hay algo que a mí me interesa mucho, el desarrollo de la
voz como instrumento, un aspecto que trabajé con Nora Fainmann.
Los cantantes de rock van para otro lado. Escuchás Spinetta
y es mucho más importante la palabra. Y está bien:
la voz de Spinetta me parece super-atractiva para lo que hace. Totalmente
identificable y bella a su manera”.
Acerca un compacto para mostrar cómo sigue su búsqueda.
Lo carga en el equipo y advierte: “Primero quise que fuera
un doble, después dos discos”. Se conformó con
esto que va a llamarse Acaso será su voz, listo para salir
en noviembre. Cinco temas con el pianista Diego Schissi, del Quinteto
Urbano, una de las formaciones jazzísticas más interesantes
surgidas en los últimos tiempos, siete con la orquesta El
arranque. Pone play, y suena Tu pálida voz... ¡Es un
perfecto lied sin dejar de ser un valsecito! Una demostración
de qué música tan nueva puede hacerse con viejas composiciones.
“Cuando Diego se apareció con la grabación de
sus partes, fue tal la impresión que le dije yo ahí
no pongo la voz, dejalo así que está perfecto y sacalo
como un disco tuyo...”. Pero aceptó el desafío
y se la ve orgullosa. “¿Tenés un rato más?
Escuchá, escuchá Yuyo verde”, invita entusiasmadísima
Lidia Borda.
Malena
o el terciopelo
El nombre ya era cosa convenida con mamá. Pero apenas
llegó la botijita al mundo, papá corrió
al registro civil y se volvió con un papel donde decía
Malena. Es que papá era el coleccionista de tango más
fervoroso de San José, República Oriental del
Uruguay. Las gracias de ella, entonces, desde chiquita, fueron
ese nombre y los fragmentos de tango chapurreados. A los doce,
una tía a la que acompañaba a sus ensayos teatrales,
les dijo a sus compañeros que la nena cantaba. Le inventaron
un papelito: otra nena, de conventillo. Pronto estuvo en el
elenco y así cantó su primer tango en público. |
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Estuvo en la Antimurga BCG, participó de La Bandita Teatrera,
donde en poco más de una hora hacía ocho personajes.
A los veinte ganó un certamen de tango: “Sólo
sabía Los mareados y Canción de Buenos Aires. Para
la final me tuve que aprender de apuro una letra y elegí
La última curda. Al cantarlo, me comí un verso, pero
lo actué de manera que nadie se diera cuenta. El teatro me
sirvió”, hace memoria y balance.
Vinieron los recitales, muchos en ámbitos tan infrecuentes
como pueden ser las playas de Montevideo. Algo que sumado a su actitud
de chica que canta sin disfraz, al gancho de los arreglos, a su
voz -grave, seductora- y de su canto, le permitieron crearse un
público más allá del ghetto. Y vinieron los
discos: Temas pendientes (1998), Puro verso (2000). En ellos, se
alternan clásicos con títulos nuevos; algunos, propios.
Con hallazgos tales como Garúa en versión para voz
y cello (Juan Rodríguez), profundizando la línea bachiana
del Mano a mano grabado por Caetano Veloso junto a Jacques Morelenmbaum.
“Soy como una cuentista que narra cantando”, se define.
“Como compositora, dejo fluir lo que me ronda y paso por etapas
de productividad, etapas de aparente quietud, algunas de desecho
y otras de definiciones. Con respecto a los arreglos, si bien estoy
abierta a todas las sugerencias, especialmente las de Bernardo Aguerre,
que es mi guitarrista y quien pone en partitura las ideas, tengo
el papel de definir la instrumentación, el espíritu
del arreglo, su concepción. Cuando grabamos meto cuchara
en cada una de las notas. Lo que menos escucho es tango. Me gustan
diferentes cantantes, aunque no los definiría como referentes:
Naná Caymmi, Elvis Presley, Rosario Flores, Fito Páez.
”.
“¿A qué llamamos tango a comienzos del siglo
XXI? ¿Sólo a aquel de principios a mediados del siglo
pasado? ¿O tango es algo que refleje nuestra cultura y nuestras
raíces pero evolucione con el tiempo?”, se pregunta,
y se responde cantando, componiendo, Malena Muyala.
Liliana o la seda
“¿Qué puedo yo decir de tango?”, dice.
Ella no ha vivido una novela familiar tanguera. En su Gualeguay
natal, “si iba alguien como Jorge Sobral se llenaba, pero
si iba Atahualpa era un acontecimiento”, diferencia. “Y
yo siempre fui a los conciertos de Atahualpa”. Pero, ¿cómo
no va a poder hablar de tango alguien que canta Naranjo en flor
como ella? “Me largué por esa especie de surrealismo
en la letra de Expósito. Era más blanda que el agua,
que el agua blanda… Es extrañísimo y es precioso.
Jugando con Fito lo sacamos, pa’joder”, se defiende
o coquetea. Lo que empezó pa’joder se hizo manía.
Lo cantó con Páez, lo cantó con Néstor
Marconi, lo grabó con Estebán Morgado para Endemoniado
(2002). Hasta llegar a esa versión maravillosa con Adrián
Iaies en Las cosas tienen movimiento (2003).
Ahora cede, matiza: “Decir desconozco el tango, es imposible.
El tango es como una condena. Gardel, por ejemplo, es una voz ya
inevitable. A veces me asusta ese canto exquisito y de tal perfección,
tan antiguo y tan contemporáneo. El dicho de que cada día
canta mejor no es exagerado. Siento que Lidia Borda se acerca a
eso. Tiene… ¡una artistez!”.
Cuenta que anduvo estudiando Nieblas del Riachuelo, de Cobián
y Cadícamo. “Turbio fondeadero donde van a recalar
/ barcos que en el muelle para siempre han de quedar… ¡Increíble!
¿Cómo no me di cuenta antes? Esa forma de las melodías,
esos semitonos… Reconozco que no me puse con todo a reconocer
estos extraordinarios diseños melódicos porque ya
los tenía en el folklore. Debería haberme interesado
más. El Cuchi Leguizamón, Juan Falú -que justamente
hace una versión fantástica de Nieblas- se han interesado
por el tango. Atahualpa en los ’30, cuando trabajó
como periodista en Buenos Aires, tuvo un gran contacto con la noche
tanguera. Conocía a los músicos, los instrumentistas,
los poetas”.
Con Iaies se embarcaron en un disco a dúo. Estarán
María, Nostalgia, Nieblas del Riachuelo, Soledad. Pero también
Y me debes creer, del Cuchi Leguizamón; Laura va, de Spinetta;
11 y 6, de Páez. Gandini y ella andaban con ganas de más,
desde que grabaron Milonga triste, de Homero Manzi. No encontraban
el repertorio. El guitarrista y productor Gustavo Margulíes
–integrante del Quinteto Ventarrón- aportó la
idea: Gardel. Ella casi se cae de espaldas. Gandini saltó:
¡qué bueno! Hubo intercambio de partituras, encuentros,
pruebas, hasta que una tarde entraron al estudio. Metieron en dos
horas Soledad, Por una cabeza y Volvió una noche.
Ella también viene remando con otro proyecto que posiblemente
se llame Litoral. Para él, su guitarrista, Diego Rolón,
le acercó una obra perdida de Piana y Manzi. “Se llama
Noches provincianas. Es una reflexión sobre la infancia y
una especie de despedida. De una melancolía y de una tristeza
infinitas”, dice, pensativa, Liliana Herrero.
Juan
Bautista Duizeide
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