José Llorente está enfermo, hace años que está en cama, allí escribe poco, traduce mucho y lee como un demonio, en realidad todo lo hace como un demonio. No nos fue fácil convencerlo para que haga esta antología. Incluye con desprejuicio y buen olfato piezas tanto de Kafka como de un perfecto desconocido. Debemos confesar que sus traducciones fueron agregadas por nosotros sin consultarlo, no nos arrepentimos porque creemos que valía la pena, también incluimos aquí un bello y extraño poema que él había seleccionado, no sabemos con qué destino, de una autora que se llama Marianela González.  

La tarde

Cuando la tarde calla

y el sol se estremece

parece que no es

ni tan fría la muerte

ni tan espinoso el rosal

Llorente es un lunático inofensivo, sabemos igual la discusión que nos espera cuando vea la página; eso no nos preocupa, hace más de treinta años que venimos discutiendo y reconciliándonos. Sabemos también que a Llorente lo disgustará que reproduzcamos las líneas que tenía subrayadas en un libro sobre Beethoven, un subrayado íntimo, una intimidad que quebrantamos ahora pero con afecto y que si no fuéramos tan prejuiciosos diríamos que con admiración: 

¿Cómo me iba a ser posible ir revelando la debilidad de un sentido que debería ser en mí más perfecto que en los demás?, un sentido que en otro tiempo he poseído con la más grande perfección, con una perfección tal que indudablemente pocas personas de mi oficio han tenido nunca. ¡Esto no puedo hacerlo! Perdonadme pues si me veis vivir separado cuando debería mezclarme en vuestra compañía. Mi desdicha es doblemente dolorosa, puesto que le debo también ser mal conocido. Me está prohibido encontrar un descanso en la sociedad de los hombres. 

Para nosotros es un gusto poner a disposición de los lectores esta selección de nuestro amigo. Aquí reproducimos la introducción, que nos dictó el día que nevó sobre Buenos Aires. José estaba bastante malhumorado, porque quería mirar a través de la ventana y repetía a cada rato: —Voy a tener que esperar más de setenta años para que vuelva a nevar.

Raúl Ludueña - Ricardo Maneiro

           

El sueño de Rip (sobre el criterio de esta selección)

José Llorente

            El cuento breve está de moda,  pero antes que esta existiera, en El molino de pimienta nos estábamos anticipando; en efecto, hace veintitantos años, publicábamos miniaturas inolvidables en la versión en papel, algunas de ellas se reproducen ahora. Asimismo en entregas anteriores de esta página se pueden encontrar piezas notables que bien podrían integrar esta antología, pero que me parece absurdo repetirlas, es tarea del lector saber cuáles son. El propósito de esta selección es acercar un puñado de textos que por diversas razones me interesaron. El capricho, creo, condujo como muchas veces a buen puerto.

Al releer los textos ocurrió algo que no lo tenía previsto, no sé si de verdad hice una pequeña antología o si el azar casi me fue dictando mi historia. Es bueno que mi vida aparezca cifrada, prefiero no hablar de ella, pero quizá estemos condenados a no hacer otra cosa; ya que no podemos evitarlo hagámoslo lo más sutilmente posible. Leopoldo Marechal decía “...todo gesto humano tiene un valor ‘intencional’ y una lectura simbólica”. Don Leopoldo tan recordado, tan falsamente admirado y tan poco leído.

¿De qué hablamos cuando hablamos de narrativa breve o de cualquier narrativa? Estamos hablando de nuestras vidas. En este instante me estoy acordando de mi amigo Papagiorgiou, el Navegante Solitario, el fundador de la Universidad Libre de la Boca, quién una vez me dijo: “Desde que tuve uso de razón fui descubriendo y admirando la ‘teatralidad’ del Hombre. Siendo yo un muchacho, durante las cenas y tertulias de mi casa, uno de mis juegos consistía en mirar a los asistentes como si yo hubiera sido un espectador y ellos los actores de una comedia: la sensación teatral que me daban era tan viva, que algunas veces me pareció advertir en los actores una indecible ‘falta de naturalidad’. El segundo paso del juego lo di más tarde cuando entendí que no era yo un simple mirón del sainete humano, sino que me hallaba comprendido en él hasta la verija, como un actor más. Y di el tercer paso de mi juego al sentir, ¡cosa extraña!, que no difería yo mucho de los otros actores, y que todos ellos, en lo sublime o en lo ridículo eran otras tantas versiones ‘posibles’ de mi propia entidad. Entonces, y recién entonces, conseguí amar al Monstruo Humano. ¿Saben por qué? Porque sólo entonces pude amarlo bíblicamente ‘como a mí mismo’.” No sé si recuerdo textualmente las palabras de mi amigo, en mi memoria y en mi sensibilidad suenan como las reproduje y cada vez que las rememoro me parece estar aprendiendo algo nuevo.

En esta antología no aparecen muchas piezas que son más que conocidas, que sin duda son ejemplares y que es muy sencillo encontrarlas en otra parte, no obstante, incluyo textos de Kafka, Borges, Cortázar, Rulfo y Monterroso que son, o al menos debieran ser, muy conocidos. No está incluido el archifamoso y ejemplar: “Cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” del recordado don Tito, texto que sin prejuicios lo publicó dentro de “Obras completas y otros cuentos” junto  a Mister Taylor, por ejemplo, sin hacer ningún tipo de distinción, ni aclaración.

Sería inútil intentar siquiera mencionar lo que no está incluido, la lista sería inagotable.

Antes de que me olvide, quisiera agregar que “El cautivo” en la edición definitiva de las obras completas, en lugar de Tapalqué dice Tapalquén, decidí no hacerle caso a la corrección de Borges y preferí tomar el texto de aquella primera versión que leí con placer hace casi cincuenta años, en un librito de la Colección Piragua.

Volviendo a lo que está y lo que no está incluido en esta selección; supongamos que observo con una lupa “Retorno al hogar” y de allí extraigo estas dos líneas:  

¿Te resulta esto familiar? ¿Te sientes en casa?

No sé. Me siento muy inseguro.

Sin duda este fragmento funciona como un texto independiente, por lo tanto ¿está o no está en esta pequeña antología? La pregunta es menos absurda de lo que parece. El cuento brevísimo a veces se muestra con nitidez en textos que han sido escritos con ese propósito, otros están maravillosamente ocultos como al que llamé “La construcción de un destino” o “La sorpresa” con la enorme ayuda de Dostoyevski y Flaubert. Siento una gran inclinación a descubrir esos tesoros ocultos, no soy original, sé que no soy el primero que gusta dedicarse a la búsqueda de perlas, la fiesta es cuando alguna aparece. En efecto, estas dos líneas de Kafka cobran nueva vida al extraerse del original. La grandeza de Kafka está en lo que sencillamente muestra y sobre todo en lo que hábilmente esconde. La búsqueda de perlas es menos sencilla de lo que parece, a veces se nos presenta en forma de espejismo, como sin duda son las tres o cuatro líneas que siguen al texto de Nabokov que llamé Albinus, y no sin pena tuve que decidirme entre la perfección y lo apenas espléndidamente bello. 

            Hace mucho, cuando era joven, mis prejuicios me hacían tener una fórmula exacta de lo que debía ser un cuento brevísimo, hoy ya lejos de aquellos prejuicios, seguramente reemplazados por otros que no alcanzo a ver, me pregunto ¿cuál es el límite de un cuento breve? Dos líneas, cuatro, una página, ¿estará bien incluido Mujina de unas sesenta líneas? Estoy casi convencido que no, pero dos razones me asisten para introducirlo, la primera es, repito, cuál es el límite exacto; cuál la razón para que un texto de doce líneas sea brevísimo y el de trece simplemente breve; no me fue posible conseguir el reglamento que lo aclare. La segunda por algo que ya fue dicho al principio, el simple capricho. También y no por simple capricho de poeta, agregué “la mano que firmó...” de Dylan Thomas, que si bien es cierto, es un poema, no es menos cierto que también es un relato y para los clásicos, es sabido, esta distinción sería totalmente innecesaria. También está “La novela más corta de todas” de Norman Mailer quien le tiene poco menos que desprecio a la narrativa breve y brevísima. Qué difícil es entender a los seres humanos y a los escritores un poco más todavía. “La novela más corta de todas” está porque es horrorosamente divertida y perfecta. 

            El molino siempre fue difícil de encasillar. Bernard Shaw decía a fines del siglo diecinueve, que para hablar de música era necesario invadir otros territorios como los de la literatura, la filosofía, la política, la economía; así entiendo también que para hablar de lo que estoy hablando es preciso no dar vuelta la cara a ninguna de estas disciplinas. Tenía intención de incluir un breve y bello texto de Héctor Tizón, del escritor Héctor Tizón, pero el juez Héctor Tizón me hizo rever lo que tenía decidido, aunque no haya una razón literaria, la razón pertenece al campo de la ética, o vaya a saber a qué campo; más allá del veredicto, las palabras del señor juez todavía retumban, su curioso intento por justificar la violación amparada en las costumbres, es como mínimo fantástico, digno de esta antología. Se me ocurre una pregunta tonta: ¿La constitución y las leyes están subordinadas a las costumbres? A las costumbres de una pequeña región. La exclusión del texto de Tizón, esta pequeña injusticia (me gustan las palabras graciosas y casi sin significado) hacia la literatura y hacia esta antología, es la manera que está a mi alcance de expresar un saludo, un gesto de solidaridad tardío y seguramente inútil, a la desdichada Romina Tejerina. Cuánta pena, cuánta pena que se pudo haber evitado.

 Lo que tenía que decir, ya lo dije, y cierro, no con las palabras de Borges, sí con su idea, seguramente vamos a volver a encontrarnos y entonces, está muy bien que en las despedidas no haya énfasis.

 

Volver