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CON-VIVENCIAS EN PUNTA ALTA (1940-1965) |
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SUMARIO CHICOS PRIVILEGIOS DE CHICOS DE BARRIOS CHICOS GRANDES CASTIGOS DE LOS GRANDES SIN GRANDEZA LA REALIDAD ES LA ÚNICA VERDAD” Y “LOS SUEÑOS, SUEÑOS SON |
Frente a la Estación Almirante Solier, dónde los eucaliptos gigantes se levantan tras durmientes de quebrachos, en travesaño con Avellaneda y Pueyrredón, en paralelo a la Rosales, con esquina de Almacén, se reunían los muchachos de "Cañonero" posiblemente, el nombre sea de un equipo de barrio, de cuyos integrantes solo vagamente recuerdo algunos de ellos, como: Rubén Pozzo, los hermanos Ferrer, Petreli, los hermanos Miras, Cantón, los hermanos Carella, los Laquich, el Titi Moya, Juancito Castelli, Poroto, Melo, Gastón, De Dios, y seguramente muchos más que en casos no conocí y otros, que seguro olvido. Jugaban muy buen fútbol de “rompe y raja”, claro que con rudeza y la fama precedía a los resultados, bien con "los pies" y/o bien a golpes de manos". Quienes recuerden ese sector de la ciudad, en la década del 40, seguramente vieron pasar interminables trenes de carga, y sobre los techos de sus vagones, cientos de trabajadores "golondrinas" para algunos, linyeras, para otros, "crotos" y, para los más prejuiciosos, "atorrantes". Antonio Tormo populariza, por entonces, el tema "El Linyera" Los campamentos de gitanos se instalaban cómodamente en las inmediaciones de la Estación, deambulando milenarios colores y presagios por el vecindario, iban y venían detrás de la propia "suerte" muy ligada a la de los demás. Las viviendas del entorno eran propias de gente de trabajo, en tiempos que las distancias sociales eran más cercanas que las casas, y la comunicación más fluída entre vecinos. A los fondos, infaltable, un gallinero -al cual iba a parar el contenido de bolsas forrajeras, que generosamente arrojaba el tren- proveedor de huevos caseros y pollos en serio no como los de hoy, cierre habitual del "bío-circuito integrado" de calderas y sartenes. Casi siempre, por delante, un jardín, y por donde se podía, una huerta. El primero, obsequiaba al vecindario un variopinto cantero de flores y perfumes, y la segunda, enriquecía, sobre todo al mediodía, un puchero de gallina, donde nunca faltaban platos ni allegados. Las “cocinas económicas” que, en el entorno Solier, eran más "económicas", gracias a las “carbonillas" que los pibes, entre mandados y mandados, arrimábamos como expertos foguistas al calor del hogar. Las calles de tierra, sin cordones ni cunetas, revelaban un campo preexistente, que aún indómito -sobre todo en los días de lluvia- no pocas veces debía acudirse al cadenero cuarteador para ayudar a desencajar al móvil de tracción a sangre, "unimedio" de transporte, a fuerza de percherón. Los galpones, vagones de cargas y depósitos de Solier, favorecía el hábitat de lauchas, ratones y ratas que, zigzagueantes entre tamariscos y eucaliptos, no siempre, eludían la tenacidad felina de gatos hambrientos mezclados, en parranda, con variados componentes de la fauna de potrero ferroviario: Caballos, teros, perros, gallinas, vacas y ovejas, tanto dentro como fuera de los vagones jaulas. Y a lo lejos, sobre todo en noches cálidas con esperanzas de lluvias "los sapos, redoblando en la laguna" (Manzi) alentaban el vuelo de luciérnagas entreveradas con faroles, candiles y linternas propio de galpones de estación. Noches de Irigoyen y Pueyrredón. Las maniobras de trenes, era todo un espectáculo: como los largos convoyes llegaban, por única vía, desde Rosario, trayendo multitud de marinos, el regreso requería una serie de cambios y desvíos estratégicos, con enganches y desenganches para los que, avezados trabajadores del riel, ponían precisión y ligereza, con profesional maestría. Aunque dígase de paso que, en estos movimientos, no fueron pocos, más allá de ocasionales y confiados transeúntes, los trabajadores que perdieron la vida enlutando al vecindario. Las máquinas a vapor de entonces, requerían reabastecerse de este necesario combustible, para lo cual una "toma de manguera" proveía de agua fría, pura y de gran presión: "Agua de Estación" que no excluía al sediento pero precavido de ser "duro e boca". Las chatas y los caballos de la herrería de Avellaneda entre Irigoyen y Urquiza, de tres herreros: dos “gordos” y uno “flaco”, era de paso obligado de todos los transportistas de puerto y ferrocarril. No siempre eran mansos los caballos de tiro y algunos ponían a prueba la maestría de estos fornidos trabajadores. Tenazas en mano, delantal de cuero, pata del equino doblada sobre el muslo humano, martillo y escoplo. Quita de herraduras, rebajes, fraguado, y vuelta a herrar al rojo vivo. Finalmente clavado, con humo y olor a cornea quemada. Tal la faena que muchos, seguramente, ni sospechan, se realizaba en el hoy pleno centro y que, quizá recuerden quienes tengan mas de cincuenta años. Desde aquí, un buen día, vimos y vivimos "la inundación", de casi más de un metro de agua sobre el nivel de las calles. No pocos dejaron bien sentada la vocación marinera de la ciudad portuaria, improvisando, con bateas y tablones, ocurrentes embarcaciones. La solidaridad de la gente fue demostrativa de que, más allá de vecinos, Punta Alta -por aquella época- era una gran familia. Los de casas en alto hospedaron a los de una sola planta. Todo el mundo ayudaba en la asistencia y auxilios de emergencia. "¡Viera, que lindo mí país paisano!". Con el asfalto y las bocas de tormenta posteriores -se fue no sólo el agua, la tierra y en casos adoquines, sino también -entre otros- el herrero y el "Barrio Cañonero".
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