Prólogo de
"Puro Cuento y los Relatos de Speedy"
Frescos, espontáneos,
con la sinceridad de quien quiere expresar lo suyo, sin interferencias de
escuelas ni de técnicas, los relatos de la primera parte del libro
consiguen sin embargo, llevar al lector a mundos de nostalgia, de
intrigantes pesquisas, de amores o de lazos fraternales, en los que
siempre el ingrediente metafísico entra como colado, haciéndole un guiño
al lector, para demostrarle que con la palabra escrita, el autor también
se permite abrir rutas que pretenden llegar a metas que, como
inalcanzables, pocas veces se mencionan con el lenguaje oral.
Los relatos
de Speedy conquistan de entrada la simpatía del lector. Porque Speedy es
un gato que habla. Cosa insólita en un libro para adultos. ¿Pero a qué
adulto no le gusta entrar de cuando en cuando al mundo de la
infancia?.
Además, este
"gato común, de pelaje azul" nos cuenta de entrada que ya tuvo seis vidas
y que va por la séptima, que es la última. Y para más, ¡memoria
privilegiada! recuerda lo que le pasó en todas ellas, desde la primera, a
principios del siglo pasado.
El narrador
anota que, Speedy cuenta lo que según dice, le tocó conocer y entender
perfectamente; porque el "gato común, de pelaje azul" es casi
humano.
Aparecen así
en sus relatos: la Boca con su malevo sentimental; el circo con sus
emociones y angustias palpitando debajo de los disfraces; una familia de
clase media atravesando etapas sentimentales y trágicas; un canal de
televisión en el que sobreviven sombras del pasado; la estancia, con
pilotos de avión y veterinarios a su servicio; el velero, que por sí solo
puede despertar sueños, unido a una lámpara de Aladino amarrándonos en el
misterio.
La última
intervención de Speedy no es para adelantarla. La del narrador sí, porque
la adivinamos de entrada: su cariño por los gatos, los que indudablemente
le transmiten, sino los cuentos, el clima que necesite para
redactarlos.
Hebe
Bussolari de Levene